Capítulo 10 Casa de Santa Marta
Cuando Gabriel concluyó su relato, Donati se levantó y se acercó sin prisa a una de las ventanas.
Debería haber sido la ventana del despacho del appartamento pontificio, la misma ventana desde la que cada domingo al mediodía rezaba el ángelus ante la multitud congregada en la plaza de San Pedro.
Pero no estaban en la tercera planta del Palacio Apostólico, sino en un modesto cuartito de la Casa de Santa Marta, y Gabriel pensó que su viejo amigo nunca había parecido tan solo.
Dirigió sus primeras palabras a la cúpula de la basílica.
—¿Sabes lo que pasará cuando tu amigo el general Ferrari haga pública la identidad de esa mujer?
—En realidad, la hará pública un tal coronel Baggio de Venecia.
—¿Cuánto tiempo tenemos?
—El coronel Baggio está en estos momentos poniéndose en contacto con sus homólogos de la Policía Metropolitana de Londres. Los trámites llevarán algún tiempo.
—No has respondido a mi pregunta.
—Setenta y dos horas. Puede que un poco más.
—¿O un poco menos?
—Podría ser —reconoció Gabriel.
—¿Sabe ese tal coronel Baggio dónde trabajaba la fallecida?
—Ahora sí.
—¿Informará a las autoridades británicas?
—En realidad, va a dejar que los británicos lo informen a él.
Donati le lanzó una mirada de reproche papal.
—Eso no me parece muy ético.
—Con razón, pero así el Vaticano ganará algún tiempo, y le hace mucha falta.
—¿Para preparar nuestra versión de los hechos?
—Para esclarecer los hechos.
—Lo primero que quiero saber —dijo Donati— es por qué nadie en el laboratorio de conservación informó a la policía de la desaparición de esa joven.
—Estoy seguro de que hay una explicación perfectamente razonable.
—Bueno, hay una forma de averiguarlo. —Donati se acercó a su mesa y levantó el teléfono.
—¿Puedo preguntar qué vas a hacer? —dijo Gabriel.
—Esclarecer los hechos.
—Cuelgue el teléfono, santidad.
Donati puso mala cara, pero dejó el auricular en su soporte.
—Formas parte de un club muy minoritario, Gabriel Allon.
—¿El único no católico que ha asistido a la elección de un papa?
—O que se ha dirigido a un papa con insolencia —añadió Donati.
—Ha sido por su bien.
—¿De veras?
—Es esencial que no intervengas en este asunto de ningún modo, Luigi. De lo contrario, te expondrás a que te ataquen si hay indicios fundados de que alguien relacionado con el Vaticano ha cometido un delito.
—¿Negación plausible?
— Ignorantia affectata.
—¿Aquino? Empiezas a hablar como un miembro de la curia romana, mio amico.
Pero ni toda la ignorancia voluntaria del mundo servirá para protegerme si hay otro escándalo en el Vaticano.
Y menos aún si ese escándalo implica la muerte de una joven.
—Donati se dejó caer en el sofá, abatido—.
La prensa acabará acusándome de ordenar personalmente su asesinato. Debo conocer los hechos.
—Deja que los esclarezca yo por ti.
—¿Qué pudo descubrir esa joven?
—¿En el Vaticano? No hablarás en serio, Luigi.
—Tienes razón. De hecho, guardo muy buenos recuerdos de la mañana en que hicimos un descubrimiento asombroso en los Archivos Secretos. Si mal no recuerdo, tú llevabas un traje eclesiástico que no era de tu talla. Me temo que no recuerdo el nombre que figuraba en tus credenciales del Vaticano.
—Creo que era padre Benedetti. Y nunca le he dicho a nadie lo que descubrimos aquel día.
—Ni lo que le sucedió de verdad a mi predecesor. —Donati se quedó callado un momento—. Para que lo sepas, esa es la verdadera razón por la que vivo aquí y no en el Palacio Apostólico. Por lo que a mí respecta, el appartamento siempre será la casa de Lucchesi.
—No tienes por qué fustigarte por lo que ocurrió, Luigi. No fue culpa tuya.
—¿No? Si hubiera estado allí esa noche . . . —Donati cambió de tema—. Por si tienes alguna duda, lo último que necesito antes de hacer mi primer viaje a Estados Unidos como papa es un escándalo horroroso.
—No lo habrá, si yo puedo evitarlo.
—¿Por dónde piensas empezar?
—Estaba pensando en hacerles una visita a mis buenos amigos del laboratorio de conservación.
—El padre Keegan te acompañará.
—No es necesario, santidad. Creo que recuerdo el camino.
—Un club muy minoritario, sin duda —dijo Donati, y acompañó a Gabriel a la puerta.
* * *
Pasó entre los guardias suizos apostados a la entrada de la Casa de Santa Marta y rodeó la parte trasera de la basílica hasta llegar a un pequeño patio situado a los pies de un edificio de aspecto anodino con paredes de color parduzco.
La puerta, como de costumbre, estaba abierta y no había vigilancia.
Al entrar, subió un estrecho tramo de escaleras hasta la Sala Regia, la espléndida antecámara de la Capilla Sixtina.
La última vez que había estado allí, la Sixtina estaba ocupada por los ciento dieciséis cardenales electores y salía humo blanco por la chimenea, para alborozo de la enorme muchedumbre que esperaba ansiosamente en la plaza de San Pedro.
Ahora, la capilla estaba llena de turistas que, estirando el cuello, admiraban los frescos de Miguel Ángel.
Gabriel se sumó unos instantes a un grupo de peregrinos latinoamericanos que se habían congregado bajo La creación de Adán y se dirigió a continuación a una loggia repleta de tesoros que daba al patio del Belvedere.
Cuando por fin llegó a la galería de pinturas, pasó unos minutos admirando los cuadros de la sala XII , tres de los cuales había restaurado.
Después, bajó al laboratorio de conservación.
Esta vez, se topó con una puerta cerrada.
Como el código numérico que introdujo en el teclado ya no era válido, pulsó el botón del interfono.
Reconoció la voz que respondió. Era la de Donatella Ricci, una experta en el Renacimiento temprano que susurraba palabras tranquilizadoras a los cuadros que restauraba.
—¿Quién va? —preguntó.
—Soy yo, Donatella.
—¿Tú? ¿Quién?
—Gabriel.
—El único Gabriel que conozco nunca se molesta en llamar a una puerta, ni aunque esté cerrada con llave. —Sonó un zumbido y la cerradura se abrió con un golpe seco—. Bienvenido a casa.
Entró en el laboratorio y la puerta se cerró automáticamente a su espalda.
Encontró a Donatella sentada en un taburete alto, con la paleta en una mano y el pincel en la otra.
Fijada a su caballete había una obra de Bellini, Dolor por el Cristo muerto.
Gabriel sintió una insidiosa punzada de envidia profesional.
—¿Cómo te atreves a tocar mi Bellini? —murmuró.
—No es tuyo, Gabriel. Ahora me pertenece a mí. —Donatella se giró en el taburete y lo miró a través de las gafas de aumento—. ¿Eres tú de verdad?
—¿Quién iba a ser, si no?
—Un caballero italiano de cierta edad y físico suculento que vive en un enorme palazzo de Venecia con una de las mujeres más bellas del mundo.
—Solo la última parte es cierta.
—¿La encantadora Chiara aún no te ha echado?
—Estoy pendiendo de un hilo. —Gabriel le quitó el pincel—. ¿Puedo?
—Por supuesto que no.
Mojó el pincel y retocó una pequeña abrasión en la mejilla izquierda de la Magdalena.
—No está mal, Gabriel. —Donatella recuperó su pincel—. ¿Qué te trae por el Vaticano?
—Estoy buscando a una persona.
—¿Quién es esta vez? ¿Un terrorista? ¿Un sicario ruso?
—En realidad, es una de tus aprendizas. Una chica inglesa, Penelope Radcliff.
—Penny —dijo Donatella—. Odia que la llamen Penelope.
Gabriel tomó nota de que Donatella había hablado en presente.
—¿Está por aquí?
—Terminó las prácticas hará cosa de un mes. Lo último que sé de ella es que estaba buscando trabajo.
—¿Dónde?
—¿A qué vienen tantas preguntas, Gabriel?
—Quizá me interese contratarla —mintió, no sin mala conciencia. Siempre le había tenido cariño a Donatella Ricci.
—Harías un buen negocio —respondió ella.
—El director de la Courtauld me ha dicho que es una superestrella.
—Tiene mucho talento, pero le queda mucho por aprender.
—¿Habéis tenido algún problema con ella?
—Define «problema».
—Cuestión que se trata de esclarecer o que se somete a consideración, o incógnita a la que se busca solución. Motivo de perplejidad, angustia o preocupación.
—Creo que deberías hablar con Antonio —dijo Donatella, y mojó su pincel.
Antonio Calvesi, conservador jefe del Vaticano, estaba descansando en su despacho. Acababa de volver de Da Fortunato, el restaurante donde comía al menos tres veces a la semana, casi siempre a expensas de otros.
—¿Qué haces aquí? —preguntó cuando Gabriel entró sin avisar.
—Estoy bien, Antonio. ¿Qué tal tú?
—Eso depende de por qué hayas vuelto al Vaticano.
Gabriel pensó que era preferible ceñirse a la mentira que le había dicho a Donatella: que la Compañía de Restauración Tiepolo de Venecia buscaba ampliar su plantilla de conservadores. Le habían recomendado encarecidamente a Penelope Radcliff, dijo.
—¿Quién te ha hablado de ella?
—Geoffrey Holland la puso por las nubes la última vez que estuve en Londres.
—Necesita uno o dos años más de práctica. Pero sí, tiene mucho talento.
—¿Ha dado algún problema?
—Su poquito de intriga —dijo Calvesi—. Pero ningún problema.
—¿Intriga de qué tipo?
Antes de responder, Calvesi mordisqueó pensativamente la patilla de sus gafas.
—La tomé bajo mi ala cuando llegó, e hizo muchísimos progresos.
Gabriel decidió añadir un toque de falsa adulación a su relato.
—No me sorprende, Antonio. Yo aprendí mucho contigo.
—Si no me falla la memoria, rechazaste todas las sugerencias que te hice. La signorina Radcliff era una alumna mucho más receptiva. Hasta el punto de que accedí a dejarla encargarse de una restauración ella sola.
—Una restauración . . . ¿de qué?
—De un cuadro, Gabriel. ¿De qué iba a ser?
—¿No sería de un cuadro de la colección principal?
—Santo cielo, no. Buscamos algo en los almacenes para que trabajara. Una Virgen con el Niño y san Juan Bautista.
—¿Italiana?
—De la escuela florentina.
—¿Soporte?
—Tabla de nogal.
—Raro para Florencia —señaló Gabriel.
—Bastante, sí.
—¿Y la atribución?
Calvesi se encogió de hombros de forma ambigua.
—A la manera de Rafael.
Aquella era una de las modalidades de atribución más endebles. Daba a entender que la obra había sido realizada al estilo de un artista destacado, con posterioridad a su año de fallecimiento. Que, en el caso de Raffaello Sanzio da Urbino, era 1520.
—¿Cuándo se pintó?
—En algún momento del siglo XVIII , probablemente.
Dos siglos después de la muerte de Rafael.
—¿Probablemente? —preguntó Gabriel.
—La procedencia es bastante dudosa. De hecho, no estamos muy seguros de cómo llegó el cuadro a la colección papal. Si se subastara en Londres, con suerte alcanzaría las mil libras.
—Por eso era el cuadro perfecto para que una conservadora novata hiciera sus primeros pinitos.
—Conmigo llevándola de la mano —añadió Calvesi.
—¿Qué tal fue la cosa?
—Calculó muy bien la fuerza del disolvente y empezó a eliminar el barniz sucio. Y entonces descubrió el pentimento.
Se hablaba de pentimento cuando reaparecían imágenes o material descartado que el artista había cubierto con una nueva capa de pintura. Una versión distinta de una mano, por ejemplo.
—¿El pentimento era de la Virgen con el Niño ?
—Eso pensábamos hasta que lo examinamos con infrarrojos.
—¿Y?
—Era un cuadro totalmente distinto. Y bastante bueno, además.
—¿Cómo de bueno?
—Mi joven aprendiz estaba convencida de que había hecho uno de los mayores descubrimientos artísticos de la historia.
Y entonces Gabriel lo entendió de golpe.
LDV14521519 . . .
Penny Radcliff, de veintisiete años de edad, graduada en la Universidad de Cambridge y el Instituto de Arte Courtauld, estaba convencida de haber descubierto un Leonardo perdido.