La obra maestra (Gabriel Allon 25) Capítulo 9 Arco de las Campanas
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Capítulo 9 Arco de las Campanas

Por lo general, Gabriel entraba en las zonas de acceso restringido del Vaticano por la Puerta de Santa Ana o por el Portón de Bronce, la entrada principal del Palacio Apostólico.

Aquella tarde, en cambio, se dirigió al Arco de las Campanas, situado en el flanco sur de la basílica de San Pedro, justo debajo de las estatuas de los apóstoles Tadeo y Mateo.

Dos guardias suizos, con sus uniformes de gala renacentistas, montaban guardia en el umbrío pasadizo, uno con una alabarda de dos metros de largo y el otro con las manos juntas y los pies separados al ancho de los hombros en ángulo exacto de sesenta grados.

Su porte era más rígido que de costumbre, sin duda porque su comandante, el coronel Alois Metzler, se encontraba parado entre los dos, vestido con traje oscuro y corbata.

El coronel Metzler era el único oficial en los cuatrocientos años de historia de la Guardia Suiza Pontificia que había matado de un disparo a un sacerdote católico.

Había cometido ese acto inconcebible para ahorrarle a Gabriel la indignidad de tener que apretar el gatillo.

Se saludaron con gesto expeditivo y formal.

Metzler preguntó a Gabriel, en el impenetrable alemán suizo de los oriundos del cantón de Uri, si llevaba algún arma de fuego.

Gabriel, en el hochdeutsch con acento berlinés de su madre, contestó la verdad: que no.

Metzler, aun así, le puso discretamente una mano en la espalda, solo para asegurarse.

—¿Qué te preocupa tanto, Alois? No sería la primera vez que llevara un arma estando con el santo padre. Soy prácticamente un miembro honorario de la Guardia Suiza.

—La pertenencia a la Guardia está reservada a varones católicos solteros de nacionalidad suiza que hayan servido en el Ejército suizo y tengan un carácter intachable. Tú, Gabriel, no cumples ninguno de esos requisitos.

—¿El gusto por la fondue y el chasselas no puntúa para nada?

Metzler le obsequió con una de sus raras sonrisas.

—Vamos. El secretario privado te está esperando.

Echaron a andar siguiendo la fachada de la basílica. Gabriel se ajustó rápidamente la corbata que había comprado al salir del apartamento de Penelope Radcliff.

—¿Nervioso? —preguntó Metzler.

—¿Por qué?

—Por volver a ver al santo padre.

—¿Tendría que estarlo?

—Es el sumo pontífice de la Iglesia católica y el vicario de Cristo.

—Da la casualidad de que también es amigo mío.

—Ya no. —Pasaron bajo un par de arcos, cerca del lado izquierdo del transepto de la basílica—. Deduzco que no se trata de una visita de cortesía.

—Me temo que no.

—¿Corre peligro el santo padre?

Gabriel negó con la cabeza.

—Es un problema de relaciones públicas.

—¿Qué ha pasado esta vez?

—Vas a enterarte muy pronto.

—Eso no suena muy alentador.

—Siento ser portador de malas noticias, Alois.

—¿Para qué ibas a romper con la tradición?

Torcieron a la izquierda y cruzaron una pequeña piazza camino de la Casa de Santa Marta, la residencia clerical de cinco plantas del Vaticano.

Había otro guardia suizo apostado delante de la puerta de cristal, y el padre Mark Keegan, secretario privado del santo padre, los esperaba en el vestíbulo.

Era un irlandés de Filadelfia, miembro de la Compañía de Jesús, al igual que su superior.

Tenía cara de monaguillo y la mirada de alguien que nunca perdía a las cartas.

Gabriel sabía que el secretario privado del papa era eficiente, implacable y, sobre todo, que carecía de sentido del humor.

El sacerdote posó un instante su mirada inescrutable en el comandante de la Guardia Suiza.

—Gracias, coronel Metzler. Yo acompañaré a la salida al señor Allon después de su audiencia con el santo padre.

Metzler salió a la piazza soleada y Gabriel siguió al padre Keegan hasta los ascensores. Había un ascensor vacío esperando. El sacerdote pulsó el botón de la primera planta y las puertas se cerraron.

—Más vale que sea importante.

—No estaría aquí si no lo fuera.

—Puedo darle diez minutos, como máximo.

—Yo que usted iría reorganizando la agenda del santo padre.

—Está tallada en piedra.

—Si usted lo dice, padre Keegan.

Las puertas del ascensor se abrieron. En el recibidor había un guardia suizo vestido de paisano. Otros dos centinelas ataviados con sencillas túnicas azules flanqueaban la puerta de la habitación 201. El padre Keegan giró el pomo sin llamar e hizo pasar a Gabriel.

Su primera aparición en el balcón de San Pedro había electrizado a los mil millones de católicos que había en el mundo, en parte porque era la primera vez desde el siglo XIV que se elegía papa a un candidato que no era cardenal.

Gabriel, en una ruptura sin precedentes del derecho canónico y la tradición de la Iglesia, estaba presente en la Capilla Sixtina cuando el decano del Colegio Cardenalicio pidió al nuevo sumo pontífice que diera el nombre por el que deseaba que se le conociera.

Su primera respuesta —que no tenía ni idea— suscitó risas bienhumoradas entre los hombres de rojo.

Con la segunda, sin embargo, mandó un mensaje nada sutil a los príncipes de la Iglesia avisándolos de que se avecinaban cambios.

Pasó la primera noche de su pontificado —y todas las noches desde entonces— no en el espacioso appartamento pontificio del Palacio Apostólico, sino en una suite de dos habitaciones de la Casa de Santa Marta.

La oficina de prensa del Vaticano, tras mucha deliberación y diversas consultas con la curia, hizo público que la suite tenía setenta y cinco metros cuadrados.

Gabriel, que tenía un ojo infalible para las dimensiones lineales, opinaba que eran más bien cincuenta.

Junto a las ventanas con vistas a la basílica había un conjunto de sillones y sofás tapizados de terciopelo, demasiado ampulosos para un espacio tan reducido.

La enorme cama papal renacentista, la misma en la que habían exhalado su último suspiro varios papas anteriores, ocupaba la mayor parte de la otra habitación.

El suelo de tarima oscura brillaba, recién encerado.

Las paredes de color crema estaban desnudas.

El santo padre estaba sentado detrás del pequeño escritorio, con el auricular de un teléfono fijo pegado a la oreja.

Llevaba una sotana blanca sencilla y una cruz pectoral de plata sin adornos, en lugar de las recargadas cruces de oro que habían llevado los papas a lo largo de los siglos.

Calzaba unos zapatos de piel corrientes, con cordones, en vez de las tradicionales zapatillas rojas.

El anillo de oro macizo del Pescador no se veía por ninguna parte.

Igual que a su predecesor, le resultaba engorroso e incómodo de llevar.

Por fin, levantó el dedo índice para indicar que aún tardaría un momento. El padre Keegan explicó en voz baja el retraso.

—El cardenal Doyle. —Luego, para aclarárselo a Gabriel, añadió—: El arzobispo de Nueva York.

—Sí, lo sé.

—Su santidad visita Estados Unidos por primera vez el mes que viene.

Con una árida sonrisa, Gabriel le hizo saber que también estaba al tanto de los planes de viaje del santo padre.

El itinerario, al que se había dado amplia difusión, incluía una reunión en el despacho oval con el presidente de Estados Unidos y sendos discursos históricos ante el Congreso y la Asamblea General de las Naciones Unidas.

Los conservadores estadounidenses estaban indignados por los planes del pontífice de visitar también la Cuba comunista, en gran medida porque su santidad había publicado hacía poco una incisiva exhortación apostólica denunciando lo que él llamaba «la tiranía invisible» del capitalismo y el mercado.

También había condenado el auge mundial de la extrema derecha, expresado su apoyo a los derechos de los migrantes y hecho un llamamiento a la acción inmediata contra el cambio climático, posiciones estas que llevaron a un periodista conservador norteamericano a bautizarlo como «su santidad el papa Che Guevara».

Los más tradicionalistas consideraban su decisión de residir en dos pequeñas habitaciones de la Casa de Santa Marta una afrenta contra la majestad del papado.

Los reparos de Gabriel al alojamiento del santo padre eran de índole más práctica.

Llevaba solo dos minutos en el diminuto apartamento pontificio y ya tenía la sensación de que las paredes lo oprimían.

El santo padre se despidió del cardenal estadounidense, colgó el teléfono y exhaló un profundo suspiro.

—¿Tan mal están las cosas? —preguntó el padre Keegan.

—A su eminencia le preocupa que yo no sea del todo consciente de la profundidad de la división política que aqueja en la actualidad a Estados Unidos. Me ha aconsejado que me ande con pies de plomo cuando hable ante el Congreso.

—¿Qué le ha contestado su santidad?

—Lo he dejado claro que no pienso morderme la lengua en Washington.

—Entiendo —dijo el padre Keegan con cautela.

El santo padre se volvió hacia Gabriel y dijo:

—A mi secretario privado le preocupa que me enemiste sin necesidad con el prelado católico más poderoso de Estados Unidos.

—¿Y lo has hecho?

—Puede que sí.

—En tal caso, quizás el padre Keegan debería llamar a su eminencia y pedirle que anote algunas ideas para tu discurso. Sin entrar en mucho detalle, eso sí. Solo temas generales.

—¿Que le siga la corriente, quieres decir?

—Exacto.

El santo padre hizo un gesto de asentimiento mirando al padre Keegan, que salió en silencio al pasillo con el iPhone en la mano. Al quedarse a solas con el sucesor de san Pedro, Gabriel paseó deliberadamente la mirada por los confines de la modesta sala de estar.

—Sé lo que estás pensando —dijo el santo padre.

—Ya me lo imagino.

—No necesito más espacio.

—Tiene el tamaño de un confesionario.

—¿Alguna vez has entrado en uno?

—Últimamente no.

—Si quieres desahogarte . . .

—Estaríamos aquí todo el día. Además, según tu secretario privado, tenemos poco tiempo.

—No te preocupes por el padre Keegan. Aunque no te lo creas, tengo un poco de mano por aquí.

El santo padre se levantó de la silla y se estiró en toda su imponente estatura. La sobria sotana blanca no restaba ni un ápice de atractivo a su apostura umbra. Ni Hollywood se habría atrevido a darle el papel de sumo pontífice.

Le tendió la mano.

—Ni se te ocurra besarla.

—No pensaba hacerlo —respondió Gabriel, y estrechó la mano que le ofrecía el papa.

Riendo, el santo padre tiró de él y le dio un fuerte abrazo.

—Empezaba a pensar que te habías olvidado de mí.

—De eso nada.

—¿Por qué no has venido a visitarme?

—Porque no se visita así como así al sumo pontífice, santidad.

—¿Cómo que no? Y, por favor, olvídate de esa paparrucha de «santidad». Insisto en que me llames por mi nombre de verdad.

—¿Todavía te acuerdas de cuál era?

—Luigi Donati —respondió—. En otro tiempo fui un humilde cura de barrio, un misionero que predicaba el Evangelio y construía escuelas y hospitales para los desdichados de la tierra. Y ahora, gracias a ti, estoy atrapado en esta jaula dorada y llevo sotana blanca.

—Sí que es una jaula, pero le vendría bien un toque dorado.

—Mis fuentes en Venecia me cuentan que vives en un palazzo con vistas al Gran Canal.

—Vivimos en una planta del palazzo, santidad.

—Luigi —dijo el santo padre—. Me llamo Luigi Donati.

—Lo intentaré, santidad.

—Ponle más empeño. —Donati señaló los recargados sillones—. ¿No te sientas?

—¿Está permitido?

—Normalmente, no, pero tratándose de ti estoy dispuesto a hacer una excepción.

Donati se dejó caer en el sofá y puso los pies encima de la mesa baja. Gabriel, tras dudar un momento, se sentó en el borde del sillón en forma de trono que había enfrente.

—No hace falta que juntes las manos en mi presencia, Gabriel. No soy un objeto de veneración. —Donati frunció el ceño—. Más bien al contrario, en realidad.

—Te quiere gente de todo el mundo, Luigi. Católicos y no católicos por igual.

—Mis enemigos me llaman «el papa estrella del rock ». Y, por supuesto, no lo dicen como un cumplido.

—Son unos envidiosos.

—Y muy decididos, también —dijo Donati—.

Me entregaron el papado en un momento de crisis y ahora hacen todo lo posible para que no me salga del camino marcado.

Si hablo sin acritud de la comunidad gay y lesbiana, claman «¡herejía!

». Si sugiero que se permita a los católicos divorciados recibir el sacramento de la eucaristía, me acusan de apóstata.

Y, si me atrevo siquiera a pronunciar la palabra «mujeres», en fin, ponen el grito en el cielo.

—¿No estarás pensando de verdad en . . .?

—No importa lo que yo piense —lo interrumpió Donati—. La Iglesia no tiene autoridad para conferir la ordenación sacerdotal a las mujeres. Desde un punto de vista doctrinal, está descartado.

—¿Roma ha hablado, punto y final?

—Ahora y por los siglos de los siglos.

—¿Y qué hay del celibato y los curas casados?

—Lo único que puedo decir al respecto es que la situación actual es insostenible.

Según los últimos datos, hay más de cincuenta mil parroquias en todo el mundo sin sacerdote.

Y hay miles que solo tienen un sacerdote a tiempo parcial o un cura inmigrante cuyo dominio del idioma y la cultura locales es muy precario, en el mejor de los casos.

A riesgo de parecer su santidad el papa Obviedades, el catolicismo no puede prosperar sin un clero entregado a su labor y enérgico que predique el Evangelio y administre los sacramentos.

Algo tiene que cambiar. Pero si presiono demasiado o actúo con excesiva rapidez, la institución más antigua del mundo podría hacerse pedazos.

—¿Qué ha de hacer un sumo pontífice reformista?

—Proceder con cautela y aguardar el momento oportuno.

En resumidas cuentas, la responsabilidad recae sobre él.

Soy bastante joven para los estándares históricos de la Iglesia, lo que significa que, salvo un percance de salud repentino, es probable que viva más que los dinosaurios tradicionalistas que ahora mismo se interponen en mi camino.

—¿Y mientras tanto?

—El sumo pontífice reformista hace el papel de papa pastoral, un cura de barrio global que atiende las necesidades de los pobres y los enfermos. Y como ha dejado claro que quiere que la Iglesia católica también sea pobre, predica con el ejemplo.

—Confinándose en una celda de cincuenta metros cuadrados.

—La oficina de prensa del Vaticano dice que son setenta y cinco.

—La oficina de prensa se equivoca.

—No sería la primera vez —dijo Donati.

—Ni la última, me temo.

Donati torció el gesto.

—¿Por qué has venido a Roma, mio amico ?

—He encontrado el cadáver de una joven en la laguna de Venecia.

—¿Y?

Gabriel miró su reloj de pulsera.

—Parece que se me ha acabado el tiempo, santidad.

—Tómate todo el tiempo que necesites. Pero, si vuelves a llamarme santidad, no respondo de mis actos.

—Perdóname, Luigi.

— Ego te absolvo. Ahora, empieza a hablar.