Capítulo 8 Londres-Roma
Penelope Radcliff había realizado sus primeras prácticas en el laboratorio de restauración de la Galería Courtauld y su número de móvil figuraba aún en los archivos de la institución.
Gabriel lo marcó por primera vez mientras estaba parado en la concurrida acera del Strand.
Saltó el buzón de voz, igual que las tres veces siguientes.
Quizá tenía el dispositivo apagado o se había quedado sin batería.
La explicación más probable, sin embargo, pensó Gabriel, era que el teléfono se hallaba ahora en el fondo de la laguna de Venecia.
Llamó entonces a Chiara para ponerla al corriente de sus averiguaciones.
—El mundo es un pañuelo —comentó ella—. ¿Dónde crees que hizo ese sorprendente descubrimiento?
—Se negó a decírselo a Amelia por correo electrónico, pero deberíamos partir de la hipótesis de que fue en el Vaticano.
—¿Y ahora está muerta?
—Eso tendrá que determinarlo el coronel Baggio.
—¿Cuándo piensas decírselo?
—En cuanto colguemos.
—¿Puedo sugerirte otra vía de actuación?
—Por supuesto.
—Deberías ir a Roma y avisar a tu amigo de que el Vaticano está a punto de verse envuelto en otro escándalo.
—¿Qué te hace pensar que va a recibirme?
—Eres uno de sus amigos más leales. Además, no sería papa de no ser por ti.
—Razón de más para que se niegue a verme.
—Muy bien, pero debes avisarle de que tiene otro problema entre manos.
—Sus problemas siempre acaban convirtiéndose en mis problemas.
—Y viceversa —repuso Chiara.
Gabriel pasó la noche en el hotel Sloane Square y a primera hora de la mañana tomó un vuelo a Roma. Al salir de la pasarela en Fiumicino, vio a Luca Rossetti, vestido con traje oscuro y camisa con el cuello desabrochado, esperándolo en la puerta de llegadas.
—¿Cuándo pensabas decírnoslo? —preguntó.
—Deciros ¿qué?
—Lo de la chica del bar Dogale.
—Veo que has estado hablando con mi amigo Paolo Caruso.
—Me pasé por la Salute ayer por la tarde para ver si habías avanzado algo con el boceto y como no estabas . . .
—Te fuiste directamente a mi bar de siempre en Campo dei Frari.
Rossetti asintió.
—Paolo me contó lo del boceto de la joven inglesa que se había sentado a tu lado un día que estabas allí con los niños.
—Y sumaste dos y dos.
—Las mates siempre fueron mi asignatura favorita.
—¿Cómo te has enterado de que estaba en Londres?
Rossetti hizo gesto de teclear con los dedos de una mano, indicando que había buscado en las listas de pasajeros de los vuelos que salían de Venecia.
—Ni que decir tiene —añadió— que me sorprendió bastante la segunda parte de tu itinerario.
—¿Sabe Baggio que estás aquí?
Luca Rossetti negó con la cabeza.
—Entonces, ¿quién te manda?
—¿Quién crees tú?
La sede de la Brigada Arte se hallaba situada en un ornamentado palazzo amarillo, en la tranquila Piazza di Sant’Ignazio de Roma.
El espacioso despacho de techos altos del veterano comandante de la unidad, el general Cesare Ferrari, estaba en la primera planta.
Sentado detrás de su mesa, con el elegante uniforme azul y dorado de los Carabinieri, Ferrari contemplaba el boceto forense abierto en el teléfono móvil de Gabriel.
El general sostenía el aparato con la mano izquierda, debido a que le faltaban el tercer y el cuarto dedos de la derecha, arrancados por el estallido de un paquete bomba que recibió cuando dirigía la división de los Carabinieri en Nápoles.
El intento de asesinato, perpetrado por miembros de la violentísima organización criminal conocida como la Camorra, también le había costado el ojo derecho.
Su prótesis ocular, con su pupila inmóvil y su mirada inflexible, inquietaba por igual a sus subordinados y a sus adversarios.
Incluso a Gabriel, que había colaborado con Ferrari en varios casos muy sonados, le costaba soportar su mirada.
—¿Cuándo te diste cuenta de que era ella? —preguntó por fin el general.
—En cuanto palpé los huesos de su cara. El vídeo de la cámara del bar Dogale confirmó mis sospechas.
—Y aun así no informaste de tus hallazgos al coronel Baggio.
—¿Eso es un delito?
—Y bastante grave, además. —El general se volvió hacia Rossetti—. ¿No te parece, Luca?
—Como mínimo, ha interferido en una investigación oficial. Me temo que no tenemos más remedio que denunciarlo y llevarlo ante un juez.
Ferrari asintió con gesto solemne.
—Lamentablemente, tienes razón. Sin embargo, concurren circunstancias atenuantes. Al fin y al cabo, la conducta de nuestro amigo común, por deplorable que sea, nos ha proporcionado una información valiosa.
—Una información —añadió Gabriel— que bien podría permitir a la Brigada Arte asumir el mando de la investigación. —Con una sonrisa, añadió—: ¿No le parece, general Ferrari?
Ferrari se llevó la mano al corazón con gesto de inocencia.
—Ni se me ha pasado por la cabeza. Dicho esto, lo que dices tiene sentido. La delegación de Venecia no puede ocuparse de un caso delicado que atañe al Vaticano. Esto requiere a alguien con mi experiencia. —Hizo una pausa y añadió—: Y con la tuya.
—¿Puedo introducir otro matiz? —preguntó Gabriel.
—Por favor.
—Todavía no sabemos si la mujer a la que encontré en la laguna es Penelope Radcliff.
El general fijó su mirada monocular en Rossetti.
—Quizá deberías averiguar dónde vivía.
—¿Llamo al Vaticano?
—No, Luca. Todavía no.
Luca Rossetti solo tardó unos minutos en averiguar que Penelope Anne Radcliff, de veintisiete años de edad, nacida en la ciudad de Bristol, en el oeste de Inglaterra, tenía su domicilio en un apartamento alquilado en Prati, un elegante barrio art nouveau de Roma situado junto al extremo norte del Vaticano.
El general Ferrari, con el dedo índice de su maltrecha mano derecha, pulsó al azar varios botones del portero automático del edificio hasta que un vecino, sobresaltado, les abrió el portal.
Arriba, Rossetti aporreó la puerta de su apartamento y, al no obtener respuesta, probó a girar el pomo. La llave estaba echada.
—Permíteme —dijo Gabriel, y sacó dos finas herramientas metálicas que solía llevar en el bolsillo interior de la americana. Se agachó, las insertó en el bombín de la cerradura y comenzó a manipular los pasadores con mano experta.
—¿Hay algo que no sepas hacer? —preguntó Ferrari.
—No voy a poder abrir esta cerradura si te empeñas en hablar. —Gabriel giró la cerradura hacia la derecha y el resbalón cedió. Luego miró a Luca Rossetti y dijo—: Adelante.
Rossetti sacó una gruesa Beretta Cougar de la pistolera que llevaba en el hombro y entró, con Gabriel y el general Ferrari un paso por detrás.
El cuarto de estar estaba en penumbra. Rossetti, atento a cualquier peligro, movió la Beretta a izquierda y derecha, agarrándola con las dos manos.
El general observaba sus movimientos con expresión ligeramente divertida.
—Ya vale, Luca. Guarda eso, no vayas a hacerle daño a alguien.
Rossetti enfundó la Beretta mientras Gabriel iba por la habitación encendiendo las luces.
El registro había sido minucioso pero poco profesional: una chapuza.
Los cojines del sofá estaban torcidos, había una silla volcada y el cajón de arriba del escritorio estaba entreabierto.
Había un cable de alimentación de Apple enchufado a una toma de corriente, pero no había a la vista ningún ordenador.
Encima de la mesita baja había una pequeña colección de monografías.
Giotto, Botticelli, Miguel Ángel, Rafael: cuatro gigantes de la escuela florentina.
—Qué curioso —comentó el general Ferrari.
—¿El qué?
—No hay ningún libro sobre Leonardo.
Las puertas del armario de la pequeña cocina americana estaban entornadas y el contenido de dos cajones estaba esparcido por la encimera. Gabriel arrancó una hoja del rollo de papel de cocina y la usó para abrir la nevera. El general Ferrari contempló la comida estropeada que había en los estantes.
—Quizá deberíamos echar un vistazo al resto del apartamento.
Entraron en el dormitorio y encontraron a Luca Rossetti con los brazos en jarras, observando el desorden circundante.
Habían quitado las sábanas de la cama y el suelo estaba cubierto de ropa y efectos personales; entre ellos, una colección de pinceles Winsor & Newton de pelo de marta y varios frascos de pigmentos y médiums, comprados en L.
Cornelissen & Son, una tienda de material artístico situada en Great Russell Street, en Londres. Gabriel era cliente habitual.
—¿Habéis visto suficiente? —preguntó.
—Sí —contestó el general—. Creo que sí.
El sumario oficial del caso afirmaría después que el general Ferrari llamó al comandante de los Carabinieri a las doce y cuarto de esa misma mañana para facilitarle el nombre y la dirección en Roma de la desafortunada joven cuyo cadáver había pescado de las aguas de la laguna de Venecia por nada menos que Gabriel Allon, el famoso restaurador de arte y exespía.
El general se abstuvo de explicarle cómo había obtenido esa información, aunque le dio a entender que procedía de una fuente de la máxima confianza.
Esa fuente, añadió, también lo había informado de que la joven trabajaba con un contrato en prácticas en el laboratorio de restauración de los Museos Vaticanos.
—¿Debo suponer —preguntó el comandante— que la Brigada Arte desea hacerse cargo de la investigación?
—Creemos que es lo mejor.
El comandante de los Carabinieri era de la misma opinión.
—¿Cómo piensas plantearle el asunto al Vaticano? —preguntó.
—Con el mayor tacto posible. De lo contrario, cerrarán filas y se negarán a cooperar.
—El jefe de la Gendarmería Vaticana es buen amigo mío. Estaré encantado de llamarlo de su parte.
—Según mi experiencia, es mejor empezar por arriba.
—¿El secretario de Estado?
—El hombre de blanco.
—¿Su santidad? Te deseo suerte, Cesare.
—No la necesito —respondió el general—. Tengo a Gabriel Allon.