La obra maestra (Gabriel Allon 25) Capítulo 7 Portobello Road
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Capítulo 7 Portobello Road

—¿Cómo contactó contigo?

—Por correo electrónico.

—¿A tu dirección de ARTnews ?

—De Proton Mail. La suya era un galimatías total.

Habían salido de la cafetería e iban dando un paseo por Portobello Road.

Amelia avanzaba con paso parsimonioso y pensativo, como si le costara encajar las implicaciones de lo que acababa de oír.

Su trabajo giraba casi siempre en torno a ventas y adquisiciones, inauguraciones de galerías y chismorreos variados del mundillo del arte.

Gabriel estaba casi seguro de que nunca habían asesinado a una de sus fuentes.

—El galimatías exacto, por favor.

—LDV y luego ocho números. Supuse que eran sus iniciales.

—¿Y el contenido?

Amelia sacó su móvil del bolso y, tras abrir el correo en cuestión, se lo pasó a Gabriel.

La dirección del remitente era [email protected].

El texto constaba de tres frases y estaba escrito en lenguaje formal, con perfecta puntuación.

La autora anónima quería informar a Amelia de un sorprendente descubrimiento artístico que había hecho, cuya índole no podía revelar en un correo electrónico, ni siquiera cifrado.

Deseaba hablarle del asunto en persona tan pronto como fuera posible.

Si Amelia accedía a reunirse con ella, podían acordar una hora y un lugar, siempre y cuando fuera en Italia.

Gabriel le devolvió el teléfono.

—¿Qué le respondiste?

—Le pedí más información, claro.

—¿Te la dio?

—Dijo que el asunto tenía que ver con un cuadro. Daba a entender que había algún delito de por medio.

—¿Qué tipo de delito?

—No quiso entrar en detalles.

—¿Podría tratarse de un robo?

—No tengo ni la menor idea.

—¿De una falsificación?

—Sé tanto como usted, señor Allon. Pero, por lo que a mí respecta, el tema no justificaba un vuelo a Italia. Se lo dije muy claramente.

—¿Qué respondió?

—Me aseguró que estaba cometiendo el mayor error de mi carrera.

—El segundo mayor. —Gabriel tiró su café a medio beber a una papelera—. ¿Quién retomó el contacto?

—Ella.

—¿Te dio más detalles esta vez?

—Solo sobre sí misma. Sobre su formación, concretamente. Estaba claro que intentaba impresionarme.

—¿Qué te decía?

—Que había estudiado en Cambridge y que luego había hecho un posgrado en el Instituto Courtauld. No me impresionó mucho, claro está.

—¿Qué te hizo cambiar de opinión?

—Me envió otro correo. Una hora y un lugar, última oportunidad. Si no, le daría la historia a un periodista de The New York Times.

—¿En el bar Dogale, a las tres?

—A las tres y media, en realidad.

—¿Cuáles eran las reglas del encuentro?

—Dijo que me reconocería ella a mí.

—¿Por qué llegaste tarde?

—Retrasaron mi vuelo en Heathrow por un problema mecánico.

Le mandé un correo explicándole la situación y contestó que me esperaría.

Pero, cuando llegué, no había ni rastro de ella.

Pasé la noche en un hotelito cerca de la Piazza San Marco y volví a Londres a la mañana siguiente, convencida de que había sido víctima de una broma pesada bastante retorcida.

—¿Intentaste ponerte en contacto con ella otra vez?

—Varias veces.

—¿Y?

—Silencio total.

—Ahora sabemos por qué —dijo Gabriel—. Si tuviera que aventurar una hipótesis, diría que la asesinaron pocas horas después de irse del bar.

—¿Quién?

—Lo primero es lo primero, Amelia.

—¿Su identidad? —Amelia ojeó los contactos de su teléfono—. No creo que sea muy difícil averiguar quién era. A fin de cuentas, sabemos cómo era y dónde estudió.

—¿Puedo preguntar a quién llamas?

—Al director de la Galería Courtauld. Es uno de mis mejores informantes.

—No le llames, por favor —dijo Gabriel.

—¿Por qué?

—Porque las cosas buenas se hacen esperar.

Ella se guardó el teléfono en el bolso.

—No se olvide de mí, señor Allon. Si no, escribiré un reportaje muy largo sobre usted. E incluiré todo el material que me ha llegado después de publicar el artículo. Tienes un historial bastante impresionante en el mundo del arte. Sobre todo aquí, en Londres.

—Te aseguro, Amelia, que no sabes ni la mitad.

—¿Puedo citar tus palabras?

* * *

Gabriel llamó al doctor Geoffrey Holland, el ínclito director de la Galería Courtauld, mientras cruzaba a toda velocidad Bayswater Road en el asiento trasero de un taxi.

Le explicó que había llegado a Londres en visita relámpago y le preguntó si tenía un rato libre.

El director supuso que tenía algo que ver con el cuadro que ocupaba el caballete del estudio de Gabriel en Venecia. Gabriel no le sacó de su error.

—Nos vemos en la cafetería a las cuatro y media —dijo Holland antes de colgar—. Creo que ya sabes dónde está.

El prestigioso Instituto de Arte Courtauld y su galería asociada tenían su sede en Somerset House, un complejo palaciego renacentista situado en una zona del Strand que desde hacía poco tiempo era peatonal.

Gabriel pasó cuarenta y cinco minutos muy agradables recorriendo las salas de exposición antes de bajar a la cafetería.

Geoffrey Holland, con traje de Savile Row y corbata, llegó cuando estaban dando las cuatro y media. Eran puntual a más no poder.

Pidieron té en la barra y ocuparon una mesa cerca de la ventana. Gabriel le mostró una fotografía del Florigerio, tal y como estaba ahora. El director quedó claramente descontento con el ritmo al que avanzaba Gabriel.

—Me aseguraste que no tardarías más de tres meses en restaurarlo.

—Lo siento, Geoffrey, pero me han hecho una oferta mejor. Una en la que me pagan.

—¿El Tiziano?

Gabriel asintió.

—Teníamos un trato —dijo Holland—. Te dejé ver ese vídeo de las cámaras de vigilancia y a cambio accediste a limpiar mi Florigerio. Sin coste alguno, debo añadir, y en un plazo razonable.

El vídeo en cuestión se había grabado en esa misma sala e implicaba a la esposa del ministro del Interior británico en el asesinato de una historiadora del arte de Oxford.

El escándalo consiguiente había sido uno de los peores de la historia política británica.

El papel secundario que había desempeñado en el asunto el ínclito director de la Galería Courtauld nunca se había hecho público. El de Gabriel tampoco.

—No te preocupes, Geoffrey. Pienso cumplir mi parte del trato. Pero, mientras tanto, necesito tu ayuda en un asunto que no tiene nada que ver con el cuadro.

Holland suspiró.

—¿Qué es esta vez?

Gabriel le pasó su teléfono.

—¿La reconoces?

—Sí, claro. Es Penelope Radcliff, una antigua estudiante de posgrado del Instituto. Una auténtica superestrella.

—¿Historia del arte?

—Conservación, en realidad. Se especializó en los pintores de la escuela florentina.

—¿Qué ha sido de ella?

—Creo que está en Roma.

—¿Qué hace allí?

—Trabajar con un contrato de prácticas.

—¿En la Galería Borghese? ¿En la Doria Pamphili?

—En ninguna de las dos.

—¿Dónde, Geoffrey?

Holland le devolvió el teléfono.

—En el Vaticano.