La obra maestra (Gabriel Allon 25) Capítulo 6 Bar Dogale
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Capítulo 6 Bar Dogale

Poco después de las tres de la madrugada del día siguiente, el estampido de un trueno sacudió el piso.

Gabriel se quedó en la cama una hora más, oyendo la lluvia azotar las ventanas que daban al Gran Canal, hasta que los primeros indicios de un dolor de cabeza causado por la falta de cafeína lo llevaron a la cocina en busca de café.

Se llevó la primera taza al estudio y se la bebió mientras trabajaba en el Florigerio.

Chiara se asomó por la puerta cuando pasaban unos minutos de las seis.

—Se supone que tienes que ponerte mascarilla para trabajar con esos disolventes horribles.

—Se me ha olvidado.

—Porque ya no te queda ni una neurona.

Chiara se acercó a la mesa de trabajo de su marido. Los tres bocetos estaban uno junto al otro, por orden de ejecución. Tomó, en cambio, el sobre de color marrón sin membrete.

—Yo que tú no lo haría.

—¿Qué hay dentro?

—Tres radiografías y una fotografía que no querrás ver.

Chiara sacó solo la radiografía frontal y la puso junto a los dibujos.

—Con todo respeto —dijo pasado un momento—, yo no veo el parecido.

—Evidentemente, no estás mirando bien.

—Podría ser cualquiera.

—No.

A las ocho, una acqua alta de poca altura había inundado las calles y plazas de San Polo.

Pertrechados con impermeables y botas de goma, Gabriel y Chiara llevaron a los niños al colegio y se fueron luego a Campo dei Frari, vadeando el agua.

Cuando cruzaron la puerta del bar Dogale, Paolo puso automáticamente sobre la barra dos capuchinos y una cesta de cornetti todavía calientes.

Gabriel se lo agradeció pasándole su telefonino.

—¿La reconoces?

—¿Debería?

—Estuvo aquí hace semana y media. Era un lunes por la tarde. La atendiste tú.

—Si usted lo dice, signore Allon.

Gabriel miró la cámara de seguridad que había encima de la barra.

—¿Ese chisme funciona?

—Cuando le apetece.

—¿Y la cámara de fuera?

Paolo se encogió de hombros.

—A veces.

—¿Podemos revisar la memoria?

—¿Es importante?

—Puede que sí.

El camarero los condujo a través de un almacén abarrotado hasta una oficina del tamaño de un armario.

Gabriel le dio la hora y la fecha exactas en que había visto a la joven y Paolo introdujo la información en el ordenador.

La imagen de la cámara interior del local apareció al instante en la pantalla.

—Estábamos sentados fuera —dijo Gabriel.

Paolo hizo clic con el ratón y apareció la imagen de la cámara exterior.

La disposición de las figuras era tal y como Gabriel la recordaba.

Él estaba sentado, como de costumbre, de espaldas a la entrada de la cafetería.

Irene estaba a su izquierda, y Raphael, justo enfrente.

La chica ocupaba la mesa de su derecha. Miraba hacia el campo, de espaldas a la cámara.

—¿Puedes rebobinarlo diez minutos, por favor?

Paolo lo hizo y puso la escena en marcha. Las dos mesas aparecían ahora desocupadas. Pasaron tres minutos antes de que la primera de las cuatro figuras apareciera en el encuadre.

—Páralo, por favor.

Con un clic del ratón, la imagen se congeló.

—Dios mío —musitó Chiara.

Gabriel sostuvo el teléfono junto a la pantalla del ordenador. El parecido entre la modelo de su boceto y la mujer del vídeo era asombroso.

Chiara adoptó el papel de abogado del diablo.

—Aun así, eso no demuestra que . . .

—Estoy de acuerdo —la interrumpió Gabriel.

Luego le pidió a Paolo que adelantara la grabación hasta las cuatro menos cuarto de la tarde.

Gabriel y los niños ya se habían ido a esa hora, pero la mujer siguió sentada en su mesa hasta las cuatro y cuarto, cuando dejó unas cuantas monedas encima de la cuenta y se marchó.

Paolo apareció un momento después para recoger la taza de café vacía y el dinero.

—¿Te acuerdas de ella ahora? —preguntó Gabriel.

—Vagamente.

—¿Te dijo algo?

—Me saludó y pidió un capuchino.

—¿En italiano?

Paolo asintió con un gesto.

—¿Qué acento tenía?

—Puede que británico.

A petición de Gabriel, aumentó la velocidad de reproducción del vídeo.

Cuatro clientes salieron apresuradamente de la cafetería como personajes de una película muda; luego llegaron tres más.

Una era una mujer alta y morena, con el pelo corto.

Llevaba pantalones tobilleros blancos, zapato plano y blazer azul oscuro de algodón.

Su bolso y su maleta de cabina hacían juego y parecían caros.

Llevaba unas gafas de sol grandes y modernas, que se quitó antes de sentarse en la misma silla que poco antes ocupaba Gabriel.

Paolo tomaba nota de su pedido y se lo servía en tiempo récord.

—¿Británica? —preguntó Gabriel.

—Sin duda.

—Parece que venía directamente del aeropuerto.

—Me dijo que había quedado con alguien.

—¿Y estuvo con alguien?

—Creo que no, pero deberíamos ver el vídeo, por si acaso.

Lo revisaron a la máxima velocidad de reproducción. Paolo tenía razón.

—Retrocede hasta las cuatro y veintiocho —dijo Gabriel—. Y ponlo a velocidad normal.

Paolo hizo lo que le pedía y vieron a la mujer acercarse al bar Dogale, tirando de su maleta de cabina por los adoquines del campo. En el instante en que se quitaba las gafas de sol, Gabriel dijo:

—Ponlo en pausa, por favor.

Con otro clic del ratón, la imagen se congeló.

Gabriel miró a Chiara y le preguntó:

—¿La reconoces?

—¿Debería?

Gabriel buscó una fotografía de la mujer en internet. Luego amplió la imagen y puso el teléfono junto a la pantalla del ordenador.

—¿Y ahora?

—Imposible —murmuró Chiara.

—Improbable —dijo Gabriel—. Pero no imposible.

Es cierto que Gabriel debería haber llamado a Luca Rossetti y al coronel Baggio para informarlos de sus sospechas.

Pero, en lugar de hacerlo, metió una muda en una bolsa de viaje y se fue al aeropuerto.

Por suerte, había un asiento libre en clase business en el vuelo de las once de British Airways con destino a Londres.

Esperó a pasar el control de pasaportes en Heathrow para llamar a Amelia March, de la revista ARTnews.

Saltó directamente el buzón de voz. Dejó un breve mensaje y ella le devolvió la llamada enseguida.

—¿Cuándo y dónde? —preguntó.

—Tú dirás.

—Hay una pequeña cafetería en Portobello Road, cerca de la casa de George Orwell.

—¿A las dos y media?

—Nos vemos allí.

La casita adosada del número 22 de Portobello Road no había sido en realidad de Orwell.

El escritor se había alojado allí durante el invierno de 1927, tras renunciar a su puesto en la Policía Imperial India.

Gabriel llegó a la cafetería, situada al otro lado de la calle, con quince minutos de adelanto y se sentó en una mesa del jardín.

Amelia apareció a las dos y media en punto.

Llevaba el mismo bolso de diseño y, pese a la grisura del cielo inglés, las mismas gafas de sol.

Dejó ambas cosas sobre la mesa y miró a Gabriel con una mezcla de curiosidad y recelo.

—¿Estás enfadado conmigo? —preguntó por fin.

—¿Por qué iba a estar enfadado contigo?

—Por el artículo.

—Ah, eso —respondió Gabriel.

El artículo en cuestión versaba sobre el papel que había desempeñado Gabriel en el hallazgo y restauración del Autorretrato con oreja vendada de Vincent van Gogh, que había sido sustraído de la Galería Courtauld en un atrevido robo con fuerza hacía más de una década.

La noticia, escrita en tono elogioso, describía a Gabriel como uno de los restauradores de arte más prestigiosos y solicitados del mundo.

Confirmaba, además, lo que muchos chismosos del mundillo del arte sospechaban ya: que había pasado gran parte de su extraordinaria carrera usando una identidad falsa creada por una división clandestina del servicio secreto israelí.

Se había retirado del servicio activo tras pasar cinco años tumultuosos desempeñando el cargo de director general.

A excepción de una operación aislada contra los rusos, había logrado romper limpiamente con su pasado.

Amelia March había desempeñado, sin saberlo, un papel secundario en una de sus mejores operaciones.

—¿Debería haberte pedido una declaración? —preguntó.

—¿No es lo que suele hacerse en tu oficio?

—¿Me la habrías dado?

—No seas absurda.

Ella sonrió.

—El que nace espía espía se queda. ¿No es ese el dicho?

—No soy espía, Amelia. Dirijo la sección de pintura de la Compañía de Restauración Tiepolo, en Venecia.

—¿Nada más?

—En mi tiempo libre, a veces ayudo a la policía a resolver delitos relacionados con el arte.

—¿Y ahora tienes algo interesante entre manos?

—Una investigación de asesinato, de hecho. —Gabriel le pasó su teléfono. En la pantalla había una fotografía de su retrato forense—. La encontré en el agua, cerca de San Giorgio Maggiore. De momento, la policía italiana no ha podido identificarla. Confiaba en que tú supieras quién es.

Amelia levantó la vista del teléfono.

—¿Yo? ¿Por qué?

—Porque se suponía que ibas a encontrarte con ella hace dos semanas en el bar Dogale, un pequeño local de Campo dei Frari. Y cuando por fin llegaste, ella ya se había ido.

—¿Cómo sabes eso?

—Pasa a la siguiente fotografía.

Amelia lo hizo y frunció el ceño.

—El que nace espía espía se queda. ¿No es ese el dicho, señor Allon?

—Yo no soy espía, Amelia. Soy restaurador de arte y da la casualidad de que vivo en el barrio.