La obra maestra (Gabriel Allon 25) Capítulo 5 Rialto
8%

Capítulo 5 Rialto

Durante el viaje de vuelta desde tierra firme, Gabriel logró convencerse de que estaba equivocado.

Sí, había una joven en el bar Dogale esa tarde en cuestión —una tarde de hacía aproximadamente dos semanas— y, sí, los niños y él estaban sentados en una mesa contigua.

Eran las tres y media y hacía un calor bochornoso.

Irene y Raphael estaban merendando tramezzini y hablando de lo que les había pasado ese día en el colegio.

La joven, que había llegado antes que ellos, estaba tomando un capuchino.

Vestía vaqueros, un jersey de algodón sin mangas y zapatillas de lona.

Sus ojos azul claro recorrían el campo como si esperara a alguien.

Parecía inquieta, como si no estuviera disfrutando en absoluto de su visita a Venecia.

Miró varias veces el teléfono, que sostenía con la mano derecha, de largos dedos.

Gabriel no mencionó a la mujer del bar Dogale durante el trayecto por la laguna. De hecho, no dijo ni una palabra. El coronel Baggio le preguntó por fin cuánto tiempo tardaría en tener listo el boceto. Gabriel respondió ambiguamente que necesitaba una semana, como mínimo.

—Cuanto antes, mejor.

—Haré todo lo posible.

Lo dejaron en la parada del vaporetto en San Tomà y se fue derecho al palazzo. Arriba, encontró el piso desierto. Se acordó entonces de que era jueves, el día en que Raphael tenía clase con su tutor en la universidad. Tenía la casa para él solo casi hasta las seis.

Entró en su estudio y cerró la puerta. El patólogo lo había permitido quedarse con las tres radiografías del cráneo y con una fotografía de la cabeza y los hombros del cadáver.

Las examinó solo un instante antes de tomar un bloc Strathmore Serie 300 y un lápiz Faber-Castell.

Su método era rudimentario: un simple óvalo dividido por tenues líneas horizontales para los ojos y la boca.

A pesar de lo que le había dicho al coronel Baggio, solo lo llevó unos minutos acabar el boceto.

Era la chica del bar Dogale.

Arrancó la hoja del bloc y la dejó sobre su mesa de trabajo.

No podía ser, se dijo. Sencillamente, le había puesto a la mujer muerta la cara de una joven en la que se había fijado.

Era comprensible, teniendo una memoria casi perfecta para las imágenes visuales.

Además, ¿qué probabilidades había de que fueran la misma persona?

Solo su hijo podía responder a esa pregunta, pensó.

De algún modo tenía que borrar de su memoria a la nerviosa joven del bar Dogale.

Lo hizo ocultándola bajo una capa de pintura imaginaria.

Después pasó un buen rato observando las cuatro fotografías.

Puso la mano sobre la radiografía frontal del cráneo y palpó los catorce huesos de la cara como si leyera una página en braille.

Por fin tomó el bloc Strathmore y se puso a dibujar, deslizando rápidamente la punta del lápiz por la tersa superficie del papel Bristol.

El resultado fue una copia casi perfecta del primer boceto.

Para hacer el tercer y último boceto, utilizó lápices de colores.

Dibujó a su modelo con el pelo un poco largo, a la altura de los hombros, unas cuantas pecas esparcidas por la nariz, un lunar encima del labio y una medalla dorada con el Dios de Miguel Ángel concediéndole la chispa de la vida a su creación.

La mujer tenía una expresión seria, precavida.

El hueco entre los dos dientes delanteros quedaba oculto a la vista.

Le hizo una foto al boceto terminado con su iPhone y luego recortó la imagen digital y la oscureció.

No, se dijo al mirar la pantalla, no se había equivocado.

Exactamente nueve días antes de que sacara el cadáver de una mujer de veintitantos años de las aguas de la laguna, esa misma mujer estaba sentada a su lado en Campo dei Frari, esperando ansiosamente a alguien que llegaba tarde.

Chiara llamó minutos antes de las seis para avisarle de que estaba saliendo de la universidad con los niños.

Luego añadió que estaba muy cansada para ponerse a cocinar y que iban a cenar fuera.

Gabriel propuso que fuesen a Vini da Arturo, una trattoria al otro lado del Gran Canal, en San Marco.

Llegaron en traghetto y se dieron un festín de antipasti y chuletas de ternera.

Irene y Raphael se pasaron toda la cena hablando entusiasmados de la magnífica actuación de su padre en la Salute.

Al parecer, su charla era la comidilla de la scuola primaria.

Al salir del restaurante, decidieron volver a casa a pie por el puente de Rialto, en vez de usar otra vez el cómodo y rapidísimo traghetto.

Gabriel animó a Irene y Raphael a adelantarse.

Luego, en voz baja, le contó a Chiara su visita forzosa a tierra firme, su breve reencuentro con el cadáver que había descubierto en la laguna y la conclusión a la que había llegado sobre la joven con la que había coincidido nueve días antes en el bar Dogale.

—Imposible —dijo Chiara.

—Improbable, no imposible. —Gabriel le dio su teléfono—. Échale un vistazo.

—Es guapa —comentó Chiara.

—No mucho. La mayoría de la gente no se habría fijado en ella.

—Pero tú sí te fijaste.

—Porque yo me fijo en todo.

—¿Hasta en el lunar de su labio superior?

—Y en las pecas —añadió Gabriel—. Recordaba que tenía algunas.

—¿Qué hay de la medalla?

Gabriel le dijo que ampliara la imagen.

—Puede que sea la copia más pequeña del mundo de La creación de Adán.

—La llevaba puesta cuando la mataron.

—¿La chica del bar Dogale llevaba una medalla parecida?

—No —respondió Gabriel—. Llevaba exactamente la misma medalla.

Habían llegado a Campo San Bartolomeo. Los niños se detuvieron para orientarse y luego doblaron una esquina y se perdieron de vista. Chiara le devolvió el teléfono y preguntó:

—¿Por qué crees que estaba esperando a alguien?

—Instinto profesional.

—¿Y cuál es su profesión, maestro Allon?

—Dibujante forense, al parecer. —Doblaron la esquina y entraron en Salizzada Pio X. Gabriel buscó a Irene y Raphael entre la gente—. Parece que hemos perdido a los niños.

—Estamos en Venecia, amor. Es imposible perderse. Además, conocen el camino.

—¿Adónde han ido?

—A Venchi, imagino.

Venchi era una heladería y chocolatería gourmet, en Rialto.

—¿Desde cuándo llevan dinero nuestros hijos?

—Los hijos del maestro Allon no necesitan dinero. Los tenderos saben que tú pagas sus deudas.

—Menuda vida.

—¿La tuya o la suya? —Chiara lo sujetó de la mano mientras pasaban junto a los puestos del puente de Rialto—. Pongamos por caso, solo por especular, que tienes razón sobre la chica del bar Dogale.

—La tengo.

—Entonces, no debería ser muy difícil averiguar quién era. ¿Quién sabe? Quizás incluso descubramos el nombre de la persona con la que había quedado.

—No es que quiera ponerme puntilloso, pero ¿eso no es tarea de las autoridades?

—Las autoridades han acudido a ti en busca de ayuda.

—Me han pedido que haga un retrato robot, no que resuelva el caso.

—¿Quién ha dicho nada de resolver el caso? Solo digo que tomemos un café en el Dogale mañana por la mañana, después de llevar a los niños al colegio.

Habían llegado al lado del puente que da a San Polo. Irene y Raphael no estaban por ninguna parte.

—Hablando de los niños . . . —dijo Gabriel.

—Sígueme.

Atravesaron el mercado de Rialto hasta llegar a la Ruga dei Spezieri, donde encontraron a Irene y Raphael comiendo helado de chocolate en la puerta de Venchi. Chiara sacó un billete del bolso y se lo dio a Gabriel.

—Y otro helado de chocolate para mí, maestro Allon.

La risa de los niños resonó en la callejuela.

—¡Y galletas de mantequilla, maestro! —gritó Irene—. Trae galletas de mantequilla para el camino.