Capítulo 4 Terraferma
Durante los dos días siguientes, la vida en Venecia prosiguió más o menos a su ritmo habitual.
Los turistas deambulaban de acá para allá, los puestos del mercado de Rialto se llenaban y vaciaban y las mareas subían y bajaban sin dejar nuevos horrores a su paso.
El jueves por la mañana, Il Gazzettino publicó en la portada de su edición impresa un extenso artículo sobre el macabro descubrimiento en la laguna, pero el viernes la noticia ya había quedado relegada a la sección local.
La policía partía de la hipótesis de que había algo delictivo en el asunto, aunque la identidad de la fallecida estaba aún por determinar.
La solicitud de cooperación ciudadana no había dado resultado, de momento.
Gabriel pasó esos dos días otoñales, por lo demás tranquilos, subido a su andamio en la basílica de Santa Maria della Salute.
El Tiziano y los ruidosos turistas que atestaban la nave cinco horas al día le sirvieron de agradable distracción.
Como no tenía ganas de hablar sobre sus dudosas hazañas con el camarero del Caffè Poggi, cada mañana se llevaba un termo con café y se saltaba su habitual descanso de mediodía.
El jueves se quedó trabajando hasta última hora, pero el viernes por la tarde tomó algo con Chiara en la terraza del Monaco.
Ella lo informó de que el número de manifestantes para la marcha climática del día siguiente había aumentado a ciento veinticinco.
—¿Cómo vamos a darles de comer?
—No te preocupes, cariño. Los del cáterin se encargan de todo.
—¿Los del cáterin?
Llegaron a las ocho de la mañana siguiente y empezaron a montar mesas redondas por todo el piso.
Gabriel, tras cerrar con llave la puerta de su estudio, acompañó a Chiara y a los niños a Campo Santi Giovanni e Paolo, donde ya se habían congregado no menos de ochenta escolares.
A las nueve, hora prevista para el inicio de la marcha, eran ya ciento cincuenta.
Irene se las arregló para organizarlos en dos columnas ordenadas.
Se oyeron entonces fuertes vítores y emprendieron la marcha.
Doce padres vigilaban a los manifestantes, con Chiara al frente de la ruidosa procesión y Gabriel, que sabía un par de cosas sobre técnicas de vigilancia y protección, en la retaguardia.
Su itinerario los llevó hacia el oeste por la concurrida Strada Nova, donde, quitando un pequeño rifirrafe con un comerciante partidario de los Fratelli, fueron bien recibidos.
Pararon un momento en Campo Santa Fosca para volver a contar a los participantes, por si acaso, y enfilaron a continuación Rio Terà San Leonardo en dirección a Santa Lucia.
Llegaron solo quince minutos después de la hora prevista.
Gabriel hizo otro recuento rápido y confirmó que no habían sufrido pérdidas.
Cruzaron después el Ponte degli Scalzi y callejearon hasta llegar a la Accademia, donde corearon un eslogan delante de la entrada del museo antes de cruzar el Gran Canal por segunda vez.
Tras un último recuento, desfilaron por delante de las lujosas boutiques que bordeaban la calle Larga XXII Marzo y entraron en la Piazza San Marco en el momento en que la gigantesca campana de la torre daba las doce del mediodía.
Confiando en haber salvado al planeta del apocalipsis climático, viajaron en varios vaporetti sucesivos de San Marco a San Tomà.
La comida, al igual que la marcha, transcurrió sin incidentes y a las cuatro de la tarde los niños y los del cáterin se habían marchado, y un silencio profundo y sólido se extendió de nuevo por las habitaciones del piano nobile de la familia Allon.
Todos estuvieron de acuerdo en que, a pesar de las desafortunadas circunstancias que la habían motivado, la marcha había sido un éxito rotundo.
Gabriel pasó el resto de la tarde trabajando en el Florigerio y, a la mañana siguiente, tras consultar el pronóstico del tiempo, convenció a Chiara y a los niños para montar en su velero Bavaria 42 y pasar el día navegando por el Adriático.
Regresaron al puerto deportivo al atardecer por la misma ruta que habían tomado a la ida: a través de la concurrida ensenada del Lido.
Si el cadáver de la mujer había llegado a Venecia con la marea de la mañana, habría seguido esa misma ruta.
Mientras observaba su entorno, Gabriel pensó que era poco probable.
La mujer había tenido una muerte veneciana, se dijo, seguramente dentro de los seis sestieri históricos de la ciudad.
El lunes por la mañana había desaparecido de las páginas del diario local de Venecia, pero la imagen pavorosa de su cadáver sin rostro seguía grabada en la memoria de Gabriel.
Así pues, no lo molestó en absoluto que la dottoressa Saviano propusiera que los niños se pasaran por la Salute el jueves para la demostración y la charla que les había prometido.
Gabriel lo organizó todo para que la visita comenzara a mediodía, cuando la basílica estaba cerrada a los visitantes.
Su público permaneció atento durante toda la charla, pero a Gabriel lo distrajo la vibración insistente de su teléfono.
Esperó a que los niños se marcharan para devolver la llamada.
—¿Por qué has tardado tanto? —preguntó Luca Rossetti.
—Estaba liado. ¿A qué vienen tantas prisas?
—El Arma dei Carabinieri necesita tu ayuda.
—Me encantaría ayudaros, Luca, pero no puedo.
—Estupendo. El coronel Baggio y yo te recogemos delante de la Salute dentro de veinte minutos —dijo Rossetti antes de cortar la llamada.
La lancha policial tenía el aspecto típico de un taxi acuático veneciano: era baja y elegante, con el timón al descubierto en la proa y la cabina en la popa.
Gabriel se sentó junto a Rossetti en uno de los bancos tapizados, con el coronel Baggio enfrente.
Tras zarpar de la Salute, la embarcación rodeó la Punta della Dogana y tomó el Canal de la Giudecca.
Iban rumbo al oeste, cruzando la laguna hacia tierra firme.
—¿Alguien podría decirme adónde vamos? —preguntó Gabriel.
—A Terraferma —respondió Baggio.
—Eso ya lo veo. Pero ¿por qué?
—Tengo entendido que el capitano Rossetti le ha explicado la situación.
—Ha dicho que necesitaban mi ayuda.
—Eso es —dijo Baggio.
Atracaron en una pequeña rada cerca del aeropuerto y subieron a un Alfa Romeo sin distintivos que atravesó a toda velocidad Mestre, el mayor de los cuatro barrios de Venecia situados en tierra firme.
Al cabo de un rato, el coche los dejó junto a un lúgubre edificio administrativo sobre el que colgaba una lacia bandera italiana.
Dentro, Gabriel siguió a Rossetti y Baggio hasta una pequeña sala de reuniones.
Poco después se les unió un hombre vestido con un uniforme de hospital azul claro.
Llevaba un portafolios y olía a muerte. Baggio lo presentó como el dottore Massimo Ravello, el forense más importante del Véneto.
El patólogo abrió el portafolios y se dirigió a Gabriel con formalidad judicial.
—La mujer que encontró usted en la laguna tenía probablemente veintitantos años, treinta a lo sumo. Medía un metro setenta y calzaba un treinta y ocho. En algún momento de su breve vida, sufrió una fractura en la muñeca izquierda. La forma del cráneo indica un origen étnico del norte de Europa.
—¿Causa de la muerte?
—Determinar la causa de la muerte siempre es difícil cuando el cuerpo se encuentra en el agua, pero, en mi opinión, murió ahogada.
—¿Cuándo?
—Hace una semana, diría yo. Puede que uno o dos días antes.
—¿Fue un accidente?
—Es poco probable. —Ravello sacó una fotografía del portafolios y la puso delante de Gabriel.
Mostraba la parte inferior de la pierna derecha de la mujer, o lo que quedaba de ella—.
Parece que le ataron una cuerda al tobillo.
No puedo aventurar si fue antes o después de su muerte.
Pero es indudable que la cuerda estaba atada a un peso.
Gabriel le devolvió la fotografía.
—¿Qué pinto yo en todo esto?
El forense cedió la palabra al coronel Baggio.
—Como probablemente sabe ya, signore Allon, no hemos podido identificar a la fallecida, en parte porque nadie parece haberla echado en falta. Confiábamos en que accediera usted a ayudarnos a descubrir quién es y por qué la mataron.
—¿Cómo?
—Dándole un rostro.
—¿Un retrato robot? —Gabriel negó con la cabeza—. Lo siento, coronel Baggio, pero no tengo experiencia en ese campo. Busquen a un profesional.
—Tenemos una en plantilla. Introduce las medidas exactas del cráneo en un programa informático y el programa genera bocetos digitales. Ninguno de ellos —añadió Baggio con énfasis— ha servido nunca para identificar un cadáver.
—¿Qué lo hace pensar que yo lo haría mejor?
Baggio cruzó una mirada con Rossetti antes de responder.
—Mi colega asegura que es usted un pintor de talento excepcional, sobre todo en lo relativo a la anatomía humana.
—Puede que eso explique por qué me han contratado para restaurar el Tiziano.
—Según me han dicho, podría usted pintar una copia de ese Tiziano y nadie notaría la diferencia. —Baggio lanzó otra mirada a Rossetti—. ¿No es así, capitano ?
Rossetti dijo mirando a Gabriel:
—¿Podrías intentarlo, al menos?
Gabriel miró a Ravello y preguntó:
—¿Puedo ver las radiografías del cráneo?
El patólogo sacó tres imágenes del expediente —una frontal y dos laterales— y se las entregó.
Gabriel las examinó detenidamente. De joven, cuando estudiaba arte, había pasado horas sin fin dibujando esqueletos humanos.
Después aprendió a dibujar esqueletos dentro de sus desnudos o, al revés, desnudos alrededor de sus esqueletos.
Estaba seguro de que era capaz de producir un retrato que guardara al menos algún parecido con la mujer originaria del norte de Europa a la que había encontrado en las aguas de Dorsoduro.
Eso, no obstante, lo obligaría a pasar un rato con su modelo.
—Ha dicho algo de una muñeca rota.
El dottore Ravello le pasó otra radiografía. Se distinguía claramente la fractura del radio izquierdo.
—¿Qué edad tenía cuando ocurrió?
—Ocho o nueve años, diría yo.
La misma edad que Irene.
—¿Puede decirme algo más sobre ella?
—No llevaba ninguna joya, salvo un colgante.
—¿De qué tipo?
—Está en el laboratorio de patología —dijo Ravello—. Quizá deberíamos echarle un vistazo.
Gabriel siguió al forense por el tramo de escaleras que bajaba al sótano del edificio. El laboratorio estaba situado detrás de dos puertas cerradas con llave. Solo una de las tres mesas de acero inoxidable estaba ocupada. Una sábana blanca cubría el cadáver.
Ravello la retiró con cuidado, dejando al descubierto la cabeza y los hombros de la mujer.
Gabriel tardó en bajar la mirada. Se fijó primero en el importante hueco que tenía entre los dos dientes frontales.
Sonreiría, pensó, sin separar los labios.
El cabello que le quedaba le llegaba hasta los hombros y tenía el color del lino.
Gabriel dedujo que sus ojos habían sido de un azul pálido.
—Ha examinado el interior de los pulmones, imagino.
—Me temo que los carroñeros del mar no me han dejado mucho con lo que trabajar.
—¿Era fumadora?
—Yo diría que no.
—¿Estaba embarazada?
—No.
—¿Problemas de salud? ¿Malas costumbres?
—¿Drogas o alcohol, quiere decir? —Ravello negó con la cabeza—. El tejido restante del hígado parecía normal. Era una buena chica. No se merecía acabar así.
Nadie se lo merecía, pensó Gabriel, y menos aún la joven que yacía ante él.
—¿Puedo ver el colgante?
Estaba metido en una bolsa de plástico para pruebas: era una medalla redonda, chapada en oro, que representaba una mano de hombre tendida hacia un dedo estirado.
Gabriel lo reconoció de inmediato. Era la famosa imagen del fresco del techo de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina, el instante en que Dios otorgaba a Adán la chispa de la vida.
El grabado del dorso indicaba que la medalla procedía de una tienda de regalos de los Museos Vaticanos.
Gabriel fotografió ambos lados del colgante antes de devolvérselo a Ravello.
—Necesito tocarla.
El patólogo abrió un armario y sacó un par de guantes de necropsia de color carne. Gabriel se los puso y dijo:
—Salga, por favor, dottore.
—Este cadáver es una prueba de una investigación criminal. Debo permanecer con usted en todo momento.
—Cinco minutos —dijo Gabriel.
El patólogo soltó un suspiro de resignación y se dirigió hacia la puerta.
—¿ Dottore Ravello?
Se detuvo.
—Apague las luces al salir.
Los fluorescentes del techo se apagaron con un chasquido del interruptor. Luego se cerró la puerta y la oscuridad fue completa. Ahora estaban solos, ellos dos. Disponían de apenas cinco minutos. Gabriel no necesitaba más.
Se inclinó y posó la mano enguantada sobre la parte del hueso expuesto y los ligamentos donde tendría que haber estado la cara.
Los examinó con delicada minuciosidad, como si su modelo pudiera sentir cada movimiento de sus manos.
Los huesos de la frente y la nariz, los huesos orbitales de los ojos, los huesos cigomáticos de los pómulos, el mandibular de la quijada inferior.
Ella se le apareció de inmediato, con claridad fotográfica: una chica sencilla y pálida de veintitantos años, con el pelo rubio hasta los hombros, los ojos azules un poco hundidos, la nariz respingona y un hoyuelo bien visible en la barbilla.
Estaba sentada, sola, en una cafetería de Venecia, con una medalla dorada colgada del cuello.
La cafetería era el bar Dogale, en Campo dei Frari.
Gabriel y los niños estaban sentados en la mesa de al lado.