Capítulo 3 San Zaccaria
La sede regional del Arma dei Carabinieri, uno de los dos cuerpos nacionales de policía de Italia, se hallaba en Campo San Zaccaria.
El capitano Luca Rossetti estaba adscrito a la División para la Defensa del Patrimonio Cultural, más conocida como Brigada Arte.
Gabriel, que de tanto en tanto actuaba como consultor de la unidad, había colaborado con Rossetti en la investigación de un sonado caso internacional de falsificación.
A pesar de un lamentable incidente de confusión de identidad en un oscuro corte de San Polo —que dejó a Rossetti con la mandíbula rota y a Gabriel con varios huesos de la mano derecha fracturados—, seguían siendo muy buenos amigos.
—¿Dónde? —preguntó el policía italiano.
—Cruza el sotoportego. No tiene pérdida.
Rossetti bajó corriendo las escaleras, salió al campo y, con el teléfono en la mano, cruzó a toda prisa el pasadizo que llevaba a la Riva degli Schiavoni, el monumental paseo marítimo que bordea el Gran Canal.
Estaban los turistas y los vendedores habituales, pero Rossetti no vio ni rastro de un cadáver.
—Lo siento, pero no te veo.
—Estoy en un taxi acuático, a unos cien metros al oeste de Maggiore.
Rossetti divisó enseguida la embarcación. Gabriel estaba inclinado sobre el lado de estribor, con el teléfono en una mano y un bichero en la otra.
—Por lo que más quieras —dijo Rossetti—, que no se te escape.
Como aquello era Venecia, los Carabinieri contaban con una importante flotilla de embarcaciones, la primera de las cuales llegó apenas tres minutos después de que Gabriel diera el aviso.
Al poco rato aparecieron cinco lanchas más, junto con varias unidades acuáticas de la Polizia di Stato, la Guardia di Finanza y hasta la Guardia Costera.
Aquella armada cercó rápido el lugar de los hechos, interrumpiendo un tiempo el tráfico en el Gran Canal y el Canal de la Giudecca.
Gabriel siguió sujetando adustamente el cadáver unos minutos más antes de dejarlo en manos de dos técnicos forenses de los Carabinieri.
Cuando sacaron el cuerpo a un pontón, el piloto del taxi acuático se giró y vomitó violentamente por encima de la borda de babor.
—¿Quiere que conduzca yo de vuelta a la basílica? —preguntó Gabriel.
—Va contra el reglamento.
—Creo que en este caso puede hacerse una excepción.
Gabriel arrancó los motores del taxi y avanzó despacio, atravesando el cerco entre dos lanchas policiales. El tráfico en el Gran Canal estaba detenido. Fue sorteando barcazas y vaporetti parados y atracó en un hueco libre junto al muelle.
—¿Se encuentra mejor? —le preguntó al piloto.
—Un poco. Pero no sé si se me olvidará alguna vez lo que he visto esta mañana.
Gabriel tampoco lo sabía. Una vez había encontrado el cadáver de un famoso saqueador de tumbas italiano metido en una cuba de ácido. Esto era peor.
Bajó al muelle y subió la escalinata de la basílica.
La nave estaba llena de turistas que no parecían haberse percatado del jaleo que había fuera.
Gabriel se alegró de su compañía. Trepó por el andamio hasta su plataforma de trabajo y encendió las lámparas halógenas, bañando el Tiziano con una luz blanca deslumbrante.
—Disculpe el retraso, signore Vecellio —dijo en voz baja mientras preparaba el primer hisopo—. Pero seguro que no adivina lo que acabo de descubrir en el Canal Grande.
Las puertas de la basílica se cerraron puntualmente a las doce del mediodía y un profundo silencio se extendió por la nave. Gabriel trabajó de seguido hasta la una y media, cuando recibió una llamada de Luca Rossetti.
—Necesitamos que hagas una declaración.
—¿Sobre qué en concreto?
—El hallazgo de esta mañana. El inspector que lleva el caso quiere que te pases por la stazione.
—Seguro que sí, pero me pillas bastante ocupado.
—Entonces, iremos nosotros.
Llegaron veinte minutos después y, conforme a las instrucciones de Gabriel, llamaron a la puerta lateral.
El inspector era un hombre alto y flaco apellidado Baggio, que lucía en los hombros las tres estrellas plateadas del rango de colonnello.
Gabriel le explicó que había visto algo flotando en la superficie de la laguna sobre las once de la mañana, que había tomado un taxi acuático para investigar el asunto y que, tal y como se temía, el objeto que había en el agua resultó ser un cadáver humano.
Su avanzado estado de descomposición impedía saber con certeza si la persona fallecida era un hombre o una mujer, pero Gabriel se inclinaba más por esto último.
—Así es, en efecto —respondió Baggio.
—Parecía llevar bastante tiempo en el agua.
—Puede ser, signore Allon, pero sé por experiencia que la laguna trata muy mal a los muertos.
—¿Algún indicio de traumatismo?
—La investigación acaba de empezar. Pero no se preocupe por esas cuestiones. A partir de este momento, su papel en este desafortunado incidente ha terminado de manera oficial.
—Les agradecería que no le mencionen mi nombre a la prensa.
El coronel Baggio se encogió de hombros con gesto ambiguo.
—Siempre hay filtraciones, signore Allon, pero le aseguro que la prensa no se enterará por mí.
Gabriel acompañó a los dos carabinieri a la puerta y siguió trabajando en el Tiziano. Los turistas regresaron a las tres y se quedaron hasta las cinco, cuando los ordenanzas los hicieron salir. Gabriel esperó a que la nave estuviera vacía para apagar las lámparas y bajar del andamio.
Al salir, cruzó el muelle hasta la parada del vaporetto. Un número 1 se acercaba por el Gran Canal en diagonal desde San Marco. Subió a bordo un momento después y entró en la cabina de pasajeros. Chiara estaba sentada en la primera fila, con los ojos fijos en el móvil.
Gabriel se sentó a su lado.
—Me prometiste una copa.
—¿Un día duro en la oficina?
—Movidito.
—Ya me he enterado —dijo Chiara, y le pasó el teléfono.
La noticia de cabecera de Il Gazzettino hablaba de un macabro hallazgo efectuado en la laguna, cerca de la iglesia de San Giorgio Maggiore.
El artículo iba acompañado de una fotografía en la que se veía a un hombre con el pelo de color platino inclinado sobre la borda de un taxi acuático, sosteniendo una pértiga retráctil.
El objeto que sujetaba contra el costado de la lancha solo se veía borrosamente.
—¿Te importaría explicármelo?
—Te invité a tomar un café. Y tú, claro, te negaste. —Gabriel le devolvió el teléfono—. ¿Lo saben los niños?
—Ha sido Irene quien me lo ha contado.
Gabriel suspiró.
—En serio, hay que limitar el tiempo que pasa delante del ordenador.
* * *
El palazzo se alzaba en la orilla norte del Gran Canal, no muy lejos de la parada de vaporetto de San Tomà.
Desde la ancha galería de su piano nobile se divisaba el puente de Rialto, al este.
El mobiliario de los espaciosos salones contiguos era moderno y confortable, y las paredes estaban decoradas con una ecléctica colección de cuadros, entre los que había varias obras de la madre y del abuelo de Gabriel, un destacado expresionista alemán, discípulo de Max Beckmann.
En el dormitorio principal había un par de desnudos de Modigliani que Gabriel había pintado respondiendo a una especie de reto.
Apoyado en el caballete de su estudio había un lienzo de Sebastiano Florigerio, un favor que le estaba haciendo gratis al director de la Galería Courtauld de Londres.
Se suponía que debía trabajar en el cuadro cuando pudiera, en sus ratos libres, pero esa noche no tenía fuerzas, así que se sentó en un taburete junto a la encimera de la cocina y se bebió una copa grande de Brunello mientras Chiara preparaba la cena.
El menú, a petición de Gabriel, era vegetariano.
Nada con huesos ni carne, ni nada salido del mar.
Su teléfono yacía boca abajo delante de él.
Le dio la vuelta y volvió a mirar la fotografía que aparecía en la pantalla.
Según Il Gaz-zettino, la había hecho un pasajero de un vaporetto que iba a Maggiore.
No estaba claro cómo se las había arreglado el periódico para identificar al hombre que sostenía el bichero, aunque lo detallado de la noticia permitía suponer que había habido una filtración de una fuente oficial bien situada.
Probablemente, el coronel Baggio, de los Carabinieri.
Gabriel le contó sus sospechas a su esposa, pero no recibió respuesta. Chiara estaba tecleando en el móvil.
—¿Quién es ahora?
—Bianca Locatelli, de La Repubblica.
—Por favor, dale la misma respuesta que a los periodistas de Il Gazzettino y el Corriere della Sera.
—Deberíamos emitir un comunicado, al menos.
—¿Por qué?
—Aunque solo sea porque podría venirnos bien para el negocio.
—Solo si nuestro negocio consistiera en pescar cadáveres. Además, esto no tiene nada que ver conmigo.
Chiara colocó una plato de antipasti variados sobre la mesa del comedor y llamó a Irene y a Raphael.
Gabriel tenía de pronto un hambre de lobo, pero perdió el apetito cuando los niños empezaron a preguntarle por los horribles acontecimientos de esa mañana.
El relato que les hizo era casi idéntico al que le había hecho al coronel Baggio, aunque omitió los detalles sobre el estado del cadáver.
—¿Dónde está ahora? —preguntó Irene.
—En la morgue, imagino.
—¿Qué es una morgue? —preguntó Raphael.
—Es un sitio donde tienen a los muertos hasta que los entierran. Un especialista llamado patólogo forense intentará descubrir qué le ha ocurrido a esa mujer.
—¿Quién era?
—La policía aún no lo sabe.
—¿La han matado? —preguntó Irene.
—Tampoco lo saben. Es muy posible que simplemente tuviera un accidente.
También cabía la posibilidad de que se hubiera quitado la vida, pero Gabriel no tenía ganas de estropear aún más la comida hablando de suicidio.
Chiara, que notaba su incomodidad, cambió hábilmente de tema y se puso a hablar de la marcha de protesta del sábado.
Había sido una idea brillante de Gabriel, pero él había tenido la sensatez de dejar la organización en manos de su esposa.
La marcha comenzaría, explicó Chiara, en Campo Santi Giovanni e Paolo, en el barrio de Castello, y terminaría —tres horas más tarde, siempre y cuando los niños mantuvieran un ritmo constante— en la Piazza San Marco.
Ocho padres más habían aceptado echar una mano supervisando el evento.
El protocolo social veneciano dictaba que la ardua caminata fuera seguida de una comida para celebrarlo. Chiara aún no había decidido el lugar.
—¿Cuántos manifestantes esperas que haya?
—Podrían ser hasta cien.
—En ese caso, habrá que comer al aire libre.
—A no ser que hagamos la comida aquí.
—¿Dónde? —preguntó Gabriel.
—En nuestro piso, cariño. Tenemos espacio más que suficiente y estoy segura de que las otras madres me ayudarán a preparar la comida. Al fin y al cabo, estamos en Venecia. Es lo normal.
Chiara entró en la cocina y volvió unos minutos después con una cazuela humeante de risotto alla milanese.
Gabriel devoró dos raciones del arroz azafranado mientras Irene y Raphael discutían animadamente los pormenores de la organización de una comida para cien compañeros de colegio.
El sonido de sus voces ahuyentó de su mente la visión espantosa del cadáver, que volvió a asaltarlo más tarde, esa noche, mientras estaba junto a la balaustrada de la galería, observando un taxi acuático que subía por el Gran Canal.
La laguna, en efecto, había tratado muy mal a aquella mujer, que ahora yacía en una mesa de frío acero, en la morgue municipal de Venecia, sola en la oscuridad.
Una mujer sin nombre. Una mujer sin rostro.