Capítulo 2 Dorsoduro
— Buongiorno , signore Allon. ¿Qué tal está hoy?
—No muy bien, me temo.
—¿Se encuentra mal?
—No, padre Giovanni. Pero parece que mi esposa se ha enfadado conmigo.
—¿Otra vez? —El sacerdote soltó un suspiro de resignación—. ¿Qué ha hecho usted ahora, hijo mío?
—A estas alturas, un montón de cosas, padre. Así que no tengo ninguna esperanza de que me perdone.
—Quizá yo pueda hablar con ella.
—Yo que usted no lo haría. Es probable que solo consiga empeorar las cosas.
El viejo cura se adentró con él en la penumbra de la basílica. Seis capillas radiales rodeaban la altísima nave octogonal. Un andamio cubierto con una lona impedía la entrada a una de ellas.
—Lo dejo con su trabajo —dijo el sacerdote, y desapareció en la penumbra.
Gabriel se metió por una abertura de la lona y trepó por el andamio hasta su plataforma de trabajo.
De momento, su instrumental se limitaba a un frasco de disolvente cuidadosamente medido, un paquete de varillas de madera y cuatro bolsas de algodón, que esperaba que le bastaran para retirar el barniz sucio de casi la mitad del enorme lienzo.
Tres meses era el plazo aproximado que había dado a las autoridades culturales venecianas, más otros tres para hacer los retoques necesarios.
Podría haber terminado en menos tiempo de no ser porque la basílica, que era una de las principales atracciones turísticas de Venecia, permanecía abierta al público durante los trabajos de restauración.
Aquel no era, por muchos motivos, el método de trabajo predilecto de Gabriel.
Encendió un par de lámparas halógenas que proyectaron una luz blanca y desabrida sobre la superficie del cuadro y acto seguido enrolló un trozo de algodón en el extremo de una varilla.
Tenía la costumbre de escuchar ópera o música clásica mientras trabajaba, en un viejo reproductor de CD portátil que había sido su fiel compañero durante innumerables sesiones de restauración, pero las presentes circunstancias lo impedían.
Mojó el primer hisopo de algodón en disolvente y lo pasó suavemente, girándolo, por el ala de la radiante paloma blanca situada cerca del extremo superior del lienzo.
El barniz sucio se disolvió de inmediato, dejando a la vista la pincelada magistral de Tiziano.
— Buongiorno , signore Vecellio —murmuró—.
¿Cómo se encuentra en esta hermosa mañana?
¿No muy bien? Cuánto lo lamento. ¿Es su esposa quien le está dando quebraderos de cabeza, o acaso su hija ha incurrido en la ira del dux al intentar organizar una marcha para protestar contra la quema de combustibles fósiles?
¿Que qué son los combustibles fósiles, pregunta usted?
Quizá se lo explique en otra ocasión, mi viejo amigo. Es largo de contar.
Desechó el trozo de algodón sucio y preparó otro hisopo.
Adoptó el ritmo habitual de su oficio —mojar, girar, desechar .
. ., mojar, girar, desechar— y a las nueve de la mañana, cuando la basílica abrió sus puertas, había conseguido limpiar un rectángulo de lienzo de unos veinte centímetros por treinta.
Poco después oyó chirridos de zapatos y arrastrar de pies sobre el suelo de mármol, y a las diez se oía ya una insistente algarabía de conversaciones en múltiples idiomas.
Perseveró hasta las diez y media, cuando apagó las lámparas y bajó del andamio.
Al salir de detrás de la lona, una mujer que hablaba inglés con acento británico intentó entablar conversación con él.
Fingió no hablar su idioma y, sonriendo con aire de disculpa, se alejó por la nave central.
Fuera, se paró en la escalinata de la basílica y aspiró el primer soplo de aire fresco y seco de la temporada.
Al otro lado del Gran Canal, escondida entre las lujosas tiendas que bordeaban la calle Larga XXII Marzo, se encontraba la oficina de la Compañía de Restauración Tiepolo.
Llamó por teléfono a la directora de la empresa y le preguntó si tenía tiempo de tomar un café.
—Lo siento, cariño, no estoy disponible.
—¿Por cuánto tiempo?
—En el futuro próximo.
—¿Y si te lo suplico?
—Quizás acceda a tomar algo contigo más tarde.
Gabriel cruzó el puente de madera que atraviesa Rio della Salute y se dirigió al Caffè Poggi, un bar pequeño y coqueto cerca de la Accademia.
Era la segunda vez que visitaba el local, pero el dueño lo saludó como si llevara años yendo cada mañana.
Charlaron de esto y aquello e intercambiaron trivialidades sobre la situación mundial mientras Gabriel se tomaba dos cafés y devoraba un cornetto relleno de crema de almendras dulces.
—¿Qué tal va el Tiziano? —preguntó de pronto el dueño.
—¿Cómo lo sabe?
El hombre señaló los periódicos italianos que había a la vista.
—Lo he leído en Il Gazzettino, signore Allon.
—El Tiziano va bastante bien.
—¿Lo veré mañana?
—Imagino que sí —contestó Gabriel, y salió a la calle.
Volvió a la basílica dando un paseo y, al llegar, se encontró con una fila de turistas que se alargaba desde la puerta.
Era la hora punta de la mañana, el momento más ajetreado del día.
Por suerte, las puertas se cerraban a mediodía y así seguían tres benditas horas, durante las cuales Gabriel tenía la iglesia para él solo.
Era preferible retrasar la vuelta unos minutos, se dijo, que tener que soportar tanto alboroto.
Así pues, siguió andando por la fondamenta hasta el mirador de la Punta della Dogana.
Medio kilómetro más al este, al otro lado de una extensión de agua centelleante, se alzaba la espléndida iglesia de San Giorgio Maggiore.
Ni siquiera Gabriel, un lugareño hastiado ya de Venecia, se cansaba de aquellas vistas.
Durante unos minutos pudo disfrutarlas en soledad.
Al cabo de un rato aparecieron dos turistas —estadounidenses recién casados, al parecer— y le pidieron que les hiciera una foto.
Los hizo posar con Maggiore al fondo e hizo la foto.
La chica estaba a la izquierda de la imagen; su marido, a la derecha.
Gabriel juzgó que la foto había quedado bastante bien, aunque la estropeaba un poco una masa oscura que flotaba en la superficie del agua, cerca del hombro del chico.
Volvió a encuadrar la imagen, pulsó el icono de la cámara y les devolvió el teléfono.
Los estadounidenses se quedaron un minuto más y luego se marcharon.
Al encontrarse solo de nuevo, Gabriel buscó en las aguas orladas de blanco de la laguna el objeto que había visto un momento antes, pero aquella masa oscura flotante, fuera lo que fuese, había desaparecido.
Había un taxi acuático parado junto al muelle, delante de la basílica. Gabriel le contó al piloto lo que había visto en la laguna y el piloto, que pasaba catorce horas diarias navegando por las aguas de Venecia, le dijo que seguramente no sería nada.
Gabriel le dio cien euros.
—¿Qué le parece si echamos un vistazo, solo para asegurarnos?
—Si quiere, signore. Es su dinero.
Gabriel se situó junto al piloto cuando se apartaron del muelle y pusieron rumbo a Maggiore.
—Aquí —dijo al cabo de un momento—. Aquí es donde lo he visto.
—Aquí no hay nada, signore.
—Ponga el motor en punto muerto, haga el favor.
El piloto frunció el ceño, pero hizo lo que le pedía Gabriel y la elegante lancha de madera se detuvo. El piloto escudriñó el agua a babor; Gabriel, a estribor. Como no vio ni rastro del objeto, se metió en la cabina de pasajeros y se acercó a la popa.
—¡Ahí! —gritó—. Ahí está.
Había vuelto a emerger a unos treinta metros de la popa del taxi. Gabriel se reunió con el piloto, que encendió los motores intraborda y dio lentamente la vuelta, pero el objeto, visible un momento antes, había vuelto a desaparecer.
—Seguro que no es más que una bolsa de basura, signore. La laguna está llena de ellas.
—¿Tiene un bichero a mano?
Era un modelo retráctil, de cuatro metros de largo cuando estaba extendido del todo, con un gancho de plástico resistente a los arañazos.
Gabriel sondeó el agua a estribor de la lancha hasta dar con algo pesado.
Tras varios intentos fallidos, consiguió enganchar el objeto y subirlo despacio a la superficie.
El piloto agarró atropelladamente la radio al ver aparecer un cadáver humano, hinchado y medio descompuesto.
—No —dijo Gabriel mientras se sacaba el teléfono del bolsillo—. Ya me encargo yo.