La obra maestra (Gabriel Allon 25)
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Capítulo 1 San Polo
Las sillas de madera de respaldo recto de la sala de espera de la dottoressa Saviano eran instrumentos de tortura.
Por más que lo intentaba, Chiara no conseguía colocar sus miembros en una postura que le proporcionara ni un momento de comodidad.
Tiesa como una bailarina, tenía las manos cruzadas sobre las rodillas y los pies juntos sobre el rayado suelo de madera.
La secretaria de la dottoressa había lanzado varias miradas de admiración a sus elegantes zapatos, y también a su elegante marido.
Chiara estaba acostumbrada a que las mujeres miraran a Gabriel, que seguía siendo asombrosamente guapo.
Era, además, uno de los mejores restauradores de pintura del mundo, lo que, muy a su pesar, lo había hecho famoso en la ciudad.
Chiara dirigía la empresa de restauración en la que trabajaba.
Por suerte o por desgracia, eran una de las parejas más conocidas de Venecia.
Sus gemelos, un niño llamado Raphael —por el pintor— y una niña llamada Irene, iban a una scuola primaria pública situada a escasos minutos a pie del piso con vistas al Gran Canal en el que vivían.
La dottoressa Elenora Saviano, directora del colegio, había pedido a Chiara que se pasara por su despacho a las dos de la tarde para tratar un asunto de la máxima urgencia, cuya naturaleza se negó a revelar por el telefonino.
La dottoressa había insistido, además, en que Gabriel estuviera también presente, sin decirle por qué.
Todo indicaba que el misterioso problema era grave.
Y Chiara creía saber quién era el culpable.
La secretaria lanzó otra mirada a Gabriel, que fingió no darse cuenta.
Estaba echando un vistazo a los titulares de prensa en su iPhone nuevo, que había sustituido al que se le rompió durante una visita reciente al oeste de Inglaterra.
Su silla era idéntica a la de Chiara y, sin embargo, él parecía la viva imagen de la satisfacción.
—¿Cuál es tu secreto? —le preguntó Chiara.
—Me paso todo el día de pie delante de un cuadro. Agradezco el cambio de postura.
—¿Y tu espalda?
—Me he tomado un par de pastillitas verdes antes de salir de casa.
Chiara volvió la cabeza hacia la única ventana de la antesala.
Daba al patio central del colegio, que estaba desierto y en sombra.
Había un aparato para trepar y un espacio reservado para jugar a la pelota, pero, por lo demás, los alumnos podían moverse con libertad durante el recreo.
Así era la vida de los niños en Venecia.
Jugaban en la calle o en el campo * y después iban a la pasticceria por un bollo.
A Chiara, veneciana de nacimiento, nunca se le había ocurrido que los niños pudieran vivir de otra manera.
De pequeña, adoraba su ciudad encantada, llena de canales y puentes y de iglesias antiguas repletas de arte.
De vez en cuando iba a los giardini pubblici para tener un poco de paz y tranquilidad, pero la mayor parte del tiempo la única flora que veía eran los seis árboles de Campo di Ghetto Nuovo, la espaciosa plaza de Cannaregio donde sus antepasados habían vivido durante siglos.
Activó su teléfono y miró discretamente la hora. Aun así, la secretaria, atenta a todo, se dio cuenta.
—Seguro que ya no tarda mucho, signora Zolli.
—Nos dijeron . . .
El teléfono de la secretaria sonó antes de que le diera tiempo a acabar la frase. Al parecer, la dottoressa iba a recibirlos por fin. Y solo quince minutos más tarde de lo prometido.
Los recibió con la solemnidad de un dux, sentada detrás de su escritorio. Era una mujer baja, de unos cincuenta años, con la figura de un barril de vino. Llevaba el pelo peinado hacia atrás con severidad. Unas gafas de gran tamaño agrandaban sus ojos, que no pestañeaban.
Aquellos ojos se posaron primero en Gabriel.
—¿Es cierto, signore Allon?
—Si es cierto ¿qué, dottoressa Saviano?
—Que le han encargado restaurar el Tiziano de Santa Maria della Salute.
El cuadro, El descenso del Espíritu Santo, colgaba en una de las capillas de la basílica.
La Compañía de Restauración Tiepolo, encabezada por la muy diligente Chiara, había ganado la licitación para llevar a cabo la limpieza del lienzo, pospuesta desde hacía mucho tiempo, a condición de que se encargara de la restauración el afamado director del departamento de pintura de la empresa.
La semana anterior se había publicado la noticia en Il Gazzettino.
Pues claro que era cierto, pensó Chiara.
Todo el mundo en Venecia sabía que era cierto.
La respuesta de Gabriel fue más diplomática.
—De hecho, empecé a trabajar en el cuadro ayer.
—¿Es su primer Tiziano?
Chiara contó despacio hasta diez mientras su marido, con paciencia admirable, explicaba a la dottoressa que había restaurado numerosos cuadros de Tiziano y de su taller.
Podría haber añadido que había restaurado también los retablos de Bellini en San Zaccaria y San Giovanni Crisostomo, el Veronés de San Sebastiano y un Tintoretto de Dell’Orto.
Y luego, claro, estaba la magistral Deposición de Cristo de Caravaggio, uno de los lienzos que había limpiado en secreto para los Museos Vaticanos.
Daba la casualidad de que un viejo amigo suyo era ahora el sumo pontífice de Roma.
Pero, como era de esperar, Gabriel tampoco aludió a ello.
—¿Podría pedirle un pequeño favor? —preguntó la dottoressa.
—¿Cómo de pequeño?
—Quería preguntarle si estaría usted dispuesto a enseñarles a los niños cómo se restaura un cuadro. No nos quedaríamos mucho tiempo. Una hora o dos, quizá.
Gabriel, con una mirada, pidió socorro a Chiara.
—Lo lamento, dottoressa Saviano, pero mi marido no permite que nadie lo observe mientras trabaja.
—¿Y eso por qué, signore Allon?
De nuevo, fue Chiara quien respondió.
—Cree que los grandes artistas del Renacimiento veneciano merecen que sus obras se exhiban en estado óptimo. Se opone a que se expongan al público cuadros en mal estado.
—¿No quiere estropear la ilusión?
Chiara frunció el ceño.
—Imagino que no es por eso por lo que quería vernos.
—Ojalá lo fuera.
La dottoressa Saviano tenía encima de la mesa el expediente de los niños. Apartó el de Raphael —el niño era un prodigio de las matemáticas, que ahora estudiaba con un tutor de la universidad— y abrió el de Irene. Chiara se preparó para lo peor.
—Su hija es una niña extraordinaria, signora Zolli. Estoy muy impresionada por su rendimiento académico, eso por no hablar de la rapidez con que se ha adaptado.
Chiara levantó una ceja.
—Solo quería señalar que Irene es de alguna manera nueva en Venecia.
—Pero su madre no. La familia Zolli vive aquí desde el siglo XV .
—Pero sus hijos nacieron en el extranjero.
—Son tan italianos como sus compañeros de clase.
La dottoressa suspiró. Habían llegado a un punto muerto.
—Quizá deberíamos empezar otra vez.
—Sí, eso es. Díganos cuál es el problema.
—Irene es una líder nata. Hasta los alumnos mayores la admiran. Pero me temo que tiene opiniones políticas bastante radicales para ser tan pequeña.
—¿Desde cuándo es un problema tener opiniones?
La dottoressa Saviano abrió el expediente de Irene y sacó una hoja.
—Hace tres días aparecieron copias de esto por todo el colegio. Tenemos motivos para creer que fue Irene.
—¿Qué es?
—Échenle un vistazo —dijo la dottoressa Saviano, y les entregó el documento.
Era un panfleto llamando a los estudiantes a celebrar una jornada de huelga para protestar contra la inacción del Gobierno italiano en materia de cambio climático.
—Tengo que reconocer que está sumamente bien escrito para una niña de su edad. O quizá la ayudó usted a redactarlo.
—Yo no.
—¿Irene tiene ordenador en casa?
—Sí, claro.
—Quizá deberían vigilarlo más de cerca.
Chiara le pasó el documento a Gabriel. Él sonrió mientras lo leía.
—¿Le parece divertido, signore Allon?
—Bastante, sí.
—A mí no. Ni lo más mínimo. Evidentemente, su hija ha conseguido convencer a casi todo el alumnado de que boicotee las clases el próximo miércoles. Se proponen hacer una marcha por los seis sestieri y organizar una manifestación en la Piazza San Marco.
—¿Y qué tiene eso de malo? De hecho, puede ser beneficioso. Los jóvenes tienen derecho a preocuparse por su futuro.
—El Gobierno actual no lo ve así. El ministro de Educación opina que el calentamiento global es un montaje orquestado por la izquierda.
—Eso dicen por ahí.
—Si la huelga sigue adelante, habrá graves consecuencias.
—¿Para quién?
—Para su hija, para empezar.
Gabriel le devolvió el papel.
—¿Y si encontramos una solución elegante al problema?
—¿Se le ocurre alguna?
—Prefiero no negociar conmigo mismo.
—Ahí es donde usted y yo diferimos.
—¿En qué sentido?
La dottoressa sonrió.
—Yo nunca negocio.
La propuesta inicial de Gabriel era que la marcha se celebrara un sábado en vez de un día lectivo, que no se interrumpieran las clases ni se volvieran a colocar carteles en el recinto del colegio y que ninguno de los participantes, incluida la organizadora, fuera sancionado en modo alguno.
A cambio, el padre de la organizadora aceptaría que una pequeña delegación de alumnos lo observara trabajar mientras llevaba a cabo una de las restauraciones más importantes que se acometían en Venecia desde hacía muchos años.
—La delegación —replicó la dottoressa Saviano— estará formada por toda la scuola primaria.
—Ni hablar.
—Y la visita durará dos horas. Así tendrá tiempo de darles una charla sobre el Renacimiento veneciano antes de comenzar su demostración.
Gabriel suspiró.
—De acuerdo.
—No del todo.
—¿Qué más?
—Varios de nuestros alumnos han demostrado tener talento artístico. Creo que con la orientación adecuada . . .
Chiara hizo amago de protestar, pero Gabriel le puso una mano en el brazo.
—Nada me gustaría más. ¿Cuándo podemos empezar?
—Eso lo dejo a su criterio, signore Allon. —La dottoressa volvió a guardar el panfleto en la carpeta del expediente académico de Irene y, tras pensárselo mejor, lo tiró a la papelera—. Sé que está muy ocupado.
Chiara logró esbozar una sonrisa mientras le daba las buenas tardes a la dottoressa, pero su ira se desbordó en la planta baja, cuando salió a la calle con Gabriel.
—¡Qué cara más dura tiene esa mujer!
—Debo admitir que es una adversaria formidable.
—Es una chantajista. Y tú, por alguna razón inexplicable, te has rendido sin luchar.
—Mi locura tenía un método.
—¿Intentabas proteger a tu hija?
—Supongo que sí.
—Hablando de locura . . . —murmuró Chiara.
—Tiene mucho temperamento, que es distinto.
Como quedaba media hora para que acabara la jornada escolar, fueron andando hasta el bar Dogale, en Campo dei Frari, y pidieron dos cafés. El camarero sirvió el de Gabriel con un’ombra, un vasito de vino blanco. Chiara pidió uno también.
—¿Qué vamos a hacer con ella? —preguntó.
—¿Con la dottoressa ?
—Con tu hija.
—Disfrutar de cada minuto que pasemos con ella.
—Para ti es fácil decirlo.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Quiero decir que, por razones comprensibles, Irene hace contigo lo que quiere. Por eso, a pesar de lo mal que se porta, no la has castigado ni una sola vez.
—¿Por qué iba a castigarla?
—Dime una cosa, Gabriel, ¿crees que tu hija es una niña normal?
—Claro que no. Pero tampoco lo es su hermano.
—Ni su padre, ya que estamos —añadió Chiara en voz baja.
—Esperemos que la dottoressa Saviano no se entere. Si no, quizá se replantee lo de reclutarme como profesor de arte a tiempo parcial.
—¿Es que te has vuelto loco?
—Es algo que quería hacer desde hace mucho tiempo.
—¿Dar clases?
Gabriel asintió con un gesto.
—¿Y por qué no las das en la universidad?
—Porque no me aceptarían. A diferencia de ti, yo no tengo ningún título de una prestigiosa institución de enseñanza superior.
Gabriel, en efecto, no tenía ningún título; había abandonado sus estudios formales de pintura para emprender una misión de represalia por orden de los servicios secretos de su país. Chiara, tras completar sus estudios de posgrado en la Universidad de Padua, había trabajado para el mismo organismo.
—Quizá debería hacerme llamar dottoressa Zolli —dijo.
—Suena bien.
—Pero ¿cómo te llamarán a ti tus alumnos?
— Signore Allon, supongo.
—¿Qué tal «maestro Allon»?
—¿Te imaginas?
—La verdad es que sí. Cada día te pareces más a un maestro antiguo. —Chiara pasó la punta de su dedo índice por el cabello de color platino de Gabriel. Luego se volvió hacia el camarero y le preguntó—: ¿No te parece, Paolo?
—Desde luego que sí, dottoressa Zolli. A partir de hoy, lo llamaré siempre así. —El camarero le guiñó un ojo a Gabriel—. ¿Otro vino, maestro?
—Qué gran idea. Y otro para la dottoressa Zolli, de paso.
—No, no, yo no puedo más —protestó ella.
—He de obedecer al maestro —dijo el camarero, y puso otros dos vasitos de vino sobre la barra.
Chiara le acercó el suyo a Gabriel.
—¿Has pensado ya qué vas a decirle a tu hija?
—Pensaba dejar eso en tus eficacísimas manos.
—Esta vez no, cariño. Te toca a ti.
—¿Le leo la cartilla?
—Le explicas que lo que ha hecho está mal. Y luego le sugieres que se busque otro hobby. Salvar el mundo del apocalipsis climático que se avecina es agotador para su madre.
Gabriel miró al camarero.
—¿Tú qué opinas, Paolo? ¿Crees que debería castigar a mi hija por intentar organizar una marcha por el cambio climático?
—No, por favor, maestro Allon. Irene es una niña perfecta. Puede que sea la niña más perfecta de todo el sestiere de San Polo.
—Arreglado, entonces.
Gabriel dejó dos billetes sobre la barra y acompañó a Chiara de vuelta al colegio.
Cuando llegaron, los primeros niños estaban saliendo en tropel por la puerta.
Irene y Raphael salieron al mismo tiempo, como siempre.
Se llevaron una sorpresa al ver a su padre y a su madre esperándolos en la calle.
Irene, que era una niña extremadamente perspicaz, tuvo el impulso de agarrar la mano de Gabriel en vez de la de su madre.
—¿Sabes por qué hemos venido? —le preguntó él mientras iban por la calle dei Saoneri.
La niña asintió en silencio y empezó a hacer pucheros. Gabriel miró a Chiara con impotencia. Ella, haciendo un gesto circular con la mano, le imploró que aprovechara la ventaja que se le ofrecía.
—¿Cómo se te ocurrió? —le preguntó Gabriel.
—Me pareció que era lo correcto.
—Eso está muy bien, pero lo has hecho de manera totalmente equivocada.
—¿Por qué?
—El panfleto, para empezar. Fue un terrible error. —Gabriel secó las lágrimas de la cara de su hija—. Nunca debes permitir que tu adversario sepa lo que estás pensando.