La obra maestra (Gabriel Allon 25) Capítulo 59 Musei Vaticani
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Capítulo 59 Musei Vaticani

No estaba claro qué suerte corrió después el cuadro, pero el investigador había descubierto en Milán documentos históricos que indicaban que acabó formando parte del patrimonio de un noble milanés.

En algún momento a mediados del siglo XVII , los descendientes del noble se deshicieron del cuadro, que para entonces se encontraba sin duda muy deteriorado.

Cien años más tarde fue sometido a una restauración que acabó de destrozarlo.

El panel de nogal, sin embargo, seguía sirviendo, y un artista anónimo de la escuela milanesa lo usó para pintar una Virgen con el Niño, tapando así, sin saberlo, una obra de Leonardo.

El cuadro estuvo colgado en la capilla de una abadía próxima a Bérgamo hasta el estallido de la Primera Guerra Mundial, cuando pasó a la colección del Vaticano, atribuido erróneamente al concurrido taller de Rafael en Florencia.

Unos años más tarde perdió categoría al atribuirse su autoría a un imitador de Rafael del siglo XVIII y quedó arrumbado en un almacén, donde había permanecido hasta que una limpieza rutinaria dio lugar a uno de los descubrimientos artísticos más importantes de la historia.

Gabriel, tras revisar el informe de procedencia, se sacó un bolígrafo del bolsillo y añadió el nombre de la joven restauradora británica que había descubierto el Leonardo.

A continuación, informó a Antonio Calvesi de que cuarenta y ocho horas después el general Ferrari, de la Brigada Arte, daría una rueda de prensa para desvelar todo el asunto.

—Si lo hace —dijo Calvesi—, manchará para siempre la reputación del cuadro.

—No estoy de acuerdo, pero me temo que no tienes elección. Va a salir todo a la luz.

—Entonces, dile a tu amigo el general que puede dar la rueda de prensa aquí, en el museo.

—Él confiaba en que dijeras eso.

—¿Tú vas a asistir? —preguntó Calvesi.

—¿Por qué iba a hacerlo?

—Porque fuiste tú quien lo encontró.

—Yo no —dijo Gabriel—. Yo solo soy el restaurador.

Hizo una breve visita a su santidad en sus habitaciones de la Casa de Santa Marta y luego dio un paseo, disfrutando de la suave tarde romana, hasta el palazzo de Veronica Marchese.

Le abrió la puerta vestida con un precioso traje pantalón de color crema y sus gafas de ojo de gato.

Había adelgazado uno o dos kilos, quizá, pero Gabriel no la vio desmejorada en absoluto.

De hecho, en su opinión profesional, estaba más guapa que nunca.

Así se lo dijo mientras descorchaba una botella de Alteni di Brassica sauvignon blanc.

—Deberías verme la cicatriz —respondió ella.

—Te enseño la mía si tú me enseñas la tuya.

—A tu encantadora esposa puede que no le hiciera mucha gracia. —Veronica aceptó una copa de vino y se acomodó con cuidado en un sillón de brocado de su elegante salón—. ¿Por qué brindamos esta vez?

Gabriel levantó su copa y dijo:

—Por la vida.

—La mía os la debo a ti y a tu amigo Luca Rossetti.

—No habrás visto el vídeo, espero.

—Lo vi una o dos veces mientras estaba en el Gemelli. Lo último que recuerdo de ese día son esos ojos verdes tuyos mirándome después de que me dispararan.

—Perdiste el conocimiento enseguida.

—¿Dije algo?

—No —mintió Gabriel—. No podías hablar.

—Los médicos me dijeron que tuvieron que reanimarme en la ambulancia. Es una sensación extraña saber que has estado muerta. Aunque solo fuera unos segundos.

—Pero nunca estuviste sola.

—Me han dicho que te quedaste en el hospital toda la noche.

—Luigi también estaba allí.

—Eso sí lo recuerdo. —Bebió un poco de vino—. Por lo menos, eso creo.

—Estaba destrozado esa noche. Se culpaba a sí mismo por lo que había pasado.

—No fue culpa suya. De hecho, yo soy la culpable de todo lo que pasó.

—¿Tú? ¿Por qué?

—Porque fui yo quien reavivó nuestra amistad después de morir mi marido.

Es un milagro que hayamos podido mantener en secreto mi identidad después de que me dispararan.

¿Te imaginas el escándalo que se habría montado si la prensa llega a averiguar que la antigua novia del santo padre se estaba recuperando en su suite privada del Gemelli?

—Su santidad consiguió distraer a la prensa con bastante rapidez. Para bien o para mal, tú pasaste a segundo plano.

—Igual que tú, por lo que parece.

—Me temo que no por mucho tiempo.

—¿El Leonardo?

Él sonrió.

—¿Puedo verlo?

Gabriel le pasó su teléfono.

—Dios mío —murmuró ella—. Has hecho un trabajo maravilloso.

—He tenido una colaboradora bastante buena. Eso por no hablar de la modelo —añadió él—. No me cabe duda de que la chica de Milán pronto será la mujer más famosa del mundo.

—Mejor ella que yo. —Veronica le devolvió el teléfono—. ¿Has visto a su santidad hoy en el Vaticano?

—Solo un momento.

—¿Ha preguntado por mí?

—No ha hablado de otra cosa.

Ella suspiró.

—Es bastante patético, ¿no crees? Esta trágica historia mía.

—Pues escribe una nueva.

—Da la casualidad de que tengo entre manos un final alternativo.

—¿Alguien que yo conozca?

—Un joven y apuesto capitán que trabaja para la Brigada Arte en Venecia.

—Veronica . . .

—Lo sé, lo sé. Es muy joven.

—¿Pero?

Ella sonrió.

—Adora mi cicatriz.

Poco antes de las nueve de la mañana del jueves siguiente apareció en el sitio web de la revista ARTnews un artículo que causó enorme revuelo en el mundo del arte.

Escrito por Amelia March, detallaba el robo y la posterior recuperación de un retrato desconocido de Leonardo da Vinci.

Según ARTnews, la responsable primera del descubrimiento era Penelope Radcliff, una joven restauradora de arte cuyo cuerpo sin vida había sido hallado flotando en aguas de la laguna de Venecia el otoño anterior.

A la fuente de la noticia solo se la identificaba como «una persona vinculada a la operación».

El general Cesare Ferrari, comandante de la Brigada Arte, dio más detalles esa misma mañana en una rueda de prensa celebrada en el vestíbulo de los Museos Vaticanos.

Flanqueado por funcionarios del museo, afirmó que el cardenal depuesto Matteo Bertoli había participado en el robo del cuadro, al igual que el asesino del leonardista Giorgio Montefiore y diversos integrantes de la Camorra.

Pese a las preguntas de los periodistas, el general Ferrari se negó a revelar dónde y cuándo se había recuperado el cuadro.

Luego se apartó de los micrófonos mientras la directora de la Pinacoteca —la primera mujer al frente del museo— desvelaba la obra.

En las cuatro esquinas del mundo del arte se oyó un ahogado grito de estupefacción.

Durante los días siguientes se fueron conociendo otros detalles sobre el hallazgo del cuadro, entre ellos el nombre del destacado especialista afincado en Venecia que había llevado a cabo la restauración por encargo de los Museos Vaticanos.

La preocupación de Gabriel por cómo sería recibido su trabajo resultó infundada.

De hecho, con la excepción de una diatriba en las redes sociales por parte de un conocido tocapelotas del sector, las críticas fueron abrumadoramente elogiosas.

Las mayores alabanzas las escribió el profesor Maximillian Zeller, de Leipzig, quien declaró que «Gabriel Allon había aprendido sin duda su oficio en el ajetreado taller milanés de Leonardo, junto con Boltraffio, Luini, D’Oggiono y el resto de los leonardeschi ».

Cuando la Pinacoteca anunció por fin la fecha en que el cuadro se expondría al público, la demanda de entradas colapsó repetidas veces la página web del museo.

Solo en las primeras veinticuatro horas se vendieron más de un millón de entradas.

Al final de la semana, quienes deseaban ver la pintura debían esperar seis meses.

La víspera de la exposición pública del cuadro, un millar de invitados acudieron a la Pinacoteca para verlo en exclusiva, en una gala de etiqueta: magnates y multimillonarios, conservadores y coleccionistas, destacados marchantes de arte y celebridades varias.

Los flashes de las cámaras brillaban sin cesar cuando Gabriel y Chiara recorrieron la alfombra roja hacia la entrada del museo, acompañados por Irene y Raphael.

El cuadro colgaba en la sala IX de la galería, junto al San Jerónimo de Leonardo.

Aunque el personal del museo intentaba hacer avanzar la fila, la chica de Milán hechizaba a todos los que posaban la mirada en sus pupilas desiguales.

Gabriel se despidió de ella y acompañó a Chiara y a los niños al patio del museo para el cóctel.

Había luces en los árboles y mesas en el césped, y una orquesta de cámara tocaba a Vivaldi.

Chiara llevó a Irene y Raphael al bufé, y Gabriel se acercó a una de las barras en busca de un refrigerio.

Había ocho barras en total, pero eligió la que estaba ocupada por los británicos.

Jeremy Crabbe, de Bonhams, enfundado en tweed; el bronceado Simon Mendenhall, de Christie’s, y el erudito Niles Dunham, de la National Gallery.

Sarah Bancroft, la única estadounidense presente, se las había ingeniado de algún modo para conseguir un martini con tres aceitunas.

Le estaba susurrando algo al oído a su marido, que tenía el brazo sobre los hombros del orondo Oliver Dimbleby.

Julian Isherwood, la viva imagen de la sprezzatura, con una vieja chaqueta de etiqueta y la corbata anudada al desgaire, ocupaba su sitio de costumbre al final de la barra. Gabriel se acomodó a su lado y dijo:

—Bueno, Julian . . .

—¿Bueno qué, corazón?

—¿Qué te parece?

—¿Qué me parece qué, cariño?

—El Leonardo, hombre.

—¿Qué maldito Leonardo? —farfulló Oliver Dimbleby—. Nosotros solo hemos venido a Roma por la fiesta.

La fiesta terminó poco después de las diez y se reanudó en formato mucho más reducido en la terraza del bar del hotel Hassler.

Los niños se quedaron dormidos a medianoche, y Gabriel y Chiara dieron las buenas noches y los llevaron a su suite.

Se levantaron tarde y perdieron el tren de mediodía a Venecia.

Tuvieron que tomar el de la una y cuarto.

Gabriel se sentó junto a Raphael y estuvo escuchando el suave rasgueo de su lápiz Faber-Castell contra el bloc de dibujo Strathmore Serie 300.

Se preguntó, como había hecho ya otras veces, por qué había cambiado de opinión el chico.

Seguro que había sido obra de un cómplice interno, pensó. Siempre lo era.