Capítulo 49. La elección de Elspeth
La hermana portera abrió el postigo, vio a doce hombres armados y a Elspeth sentada delante de Fingal en la silla como un saco de avena mal atado, y se santiguó dos veces.
—Te excomulgaron —dijo—. Desde el púlpito. Con velas y todo.
—Lo sé, hermana. Vengo a que me lo quiten.
—¿Y esos?
—Esos vienen a mirar.
Dos días a caballo le habían enseñado que el cuerpo tenía partes de las que ninguna vida de santos hablaba.
Se bajó como pudo. Niall se bajó peor, con la mano en el costado vendado, y la portera lo miró de arriba abajo con la cara de quien ve entrar al lobo por la puerta del corral y encima lo ve cojear.
—Es el preso.
—Era —dijo Elspeth—. Ahora es mío. Déjanos pasar.
La sala capitular olía igual que hacía diecisiete días: a cera, a piedra húmeda y a clavo. El clavo estaba sentado a la izquierda del obispo.
El obispo de Moray era un viejo seco y pequeño, con la cara llena de arrugas finas, como un pergamino que ha estado mucho tiempo doblado.
Tenía la voz cascada y los ojos muy despiertos.
A su derecha, de pie, estaba Madre Ethna.
Más delgada. Con la toca limpia y la mirada de águila intacta.
La habían sacado de su celda esa misma mañana y no parecía pensar que eso fuera motivo para sentarse.
La priora la miró al entrar. No sonrió. Movió la cabeza una sola vez, muy poco, igual que cuando le devolvía una plana sin tachaduras, y a Elspeth se le cerró la garganta de un modo que no le había cerrado ni el agua del loch.
Elspeth no miró al arcediano. Sabía dónde estaba igual que se sabe dónde está una chimenea en una habitación a oscuras: por el calor que no se quiere tocar.
Dejó el evangeliario sobre la mesa. Lo desenvolvió. El cuero rojo, la mancha de turbera en el lomo, una esquina hundida del día del vado.
—Esto es lo que hay, mi señor obispo.
El obispo lo abrió. Pasó las hojas con cuidado, sin mojarse el dedo, y se detuvo en la inicial de San Juan. El águila.
—Esto lo pintaste tú.
—Sí.
—Has gastado demasiado lapislázuli.
—Me pareció que San Juan lo merecía.
—Lo merecía. El que no lo merecía era mi bolsa. —Levantó los ojos—. Sigue.
Ella sacó el cuadernillo cosido con hilo crudo, y después, del rebaje de la tapa, la carta con el halcón negro. Niall se adelantó y leyó la cifra en voz alta, hoja por hoja, traduciendo sin prisa al latín. Fechas. Pagos. Nombres de clérigos. Cuando llegó a uno de ellos, el arcediano se puso de pie.
—Mi señor, esto es la palabra de un traidor y de una monja fugitiva...
—Sentaos, Thurstan. Ya os tocará. —El obispo no alzó la voz. No le hizo falta.
Torquil juró después. No sobre una reliquia, porque la de su casa no salía del valle, sino con la mano sobre el evangeliario, sobre el mismo cuero rojo en el que su hermano había jurado a una novicia en una hondonada del bosque.
Juró por su nombre y por el de su padre que Niall MacRannoch había sido su hombre en Castell Maubray desde el primer día hasta el último.
El obispo leyó la carta del barón tres veces. Luego la dobló por sus pliegues y se quedó un rato mirando el halcón.
—Arcediano Thurstan —dijo al fin—. Quedáis apartado de vuestro oficio.
Iréis a hacer penitencia a una abadía que yo elegiré, lejos, donde el invierno dura hasta Pentecostés y el vino se parece mucho al agua.
—Se volvió hacia Madre Ethna—. La custodia de la priora queda levantada.
La excomunión de la novicia, también, que se pronunció sin juicio y sin mí.
Y la muerte del hermano Aimeric tiene ya quien responda de ella ante Dios. El loch se ha encargado.
Thurstan se sentó. El anillo verde le temblaba en la mano blanca.
• • •
La alcanzó en el claustro, junto al pozo. Elspeth lo oyó llegar por el olor antes que por los pasos.
—Elspeth.
Era la primera vez que decía su nombre sin un púlpito delante. Ella se volvió.
De cerca parecía más viejo. Tenía el cuello blando, sudado a pesar del frío, y los ojos pequeños, y no eran grises. Nunca lo habían sido. Ella tenía los ojos de otra persona.
—Yo no sabía que el barón... —empezó él—. Cuando me llegó tu carta, pensé que te protegía. Que si Varenne los cogía antes del paso, a ti no te harían nada. Que eras una muchacha engañada. Que yo podía...
—Mentir por mí.
Él abrió la boca. La cerró.
—Hija...
La palabra se quedó entre los dos, en el aire frío del claustro.
Quince años la había esperado. La había imaginado en la sala capitular, en la puerta de la iglesia, en su lecho de muerte.
Nunca así, junto al pozo, dicha por un hombre que acababa de perder su oficio y necesitaba algo a lo que agarrarse.
No sintió odio. Le sorprendió. Sintió algo parecido a lo que se siente al terminar una página difícil: cansancio y un poco de alivio.
—No hace falta que me reconozcas ahora —dijo—. Ya no te necesito.
Se dio la vuelta y lo dejó junto al pozo.
Madre Ethna la esperaba en la puerta del scriptorium, con las manos metidas en las mangas.
—Madre.
—Dilo de una vez, niña. Tengo sesenta años y poca paciencia.
—No voy a profesar en Candelaria. —Tragó saliva—. Ni en ninguna otra fiesta.
Madre Ethna la miró un rato largo. Luego suspiró, como quien confirma una cuenta que ya había hecho.
—Lo sabía desde que te vi bajar con el pan a la cilla. —Le cogió la mano manchada de tinta y le dio la vuelta, mirando las uñas—. Nadie baja pan a un preso con tantas ganas. Ni siquiera tú.
Niall estaba sentado en el murete del claustro, al sol flaco de la tarde, con la espalda contra una columna y la mano en el costado. La vio llegar y no se levantó. Levantarse le costaba, y además la miraba venir como quien no quiere perderse nada.
—¿Ya? —preguntó.
—Ya.
—¿Y qué eres ahora?
—No lo sé. Una mujer con los dedos sucios.
Él la miró. Tenía la barba mal recortada todavía, un ojo amarillo y la boca curándose. No se parecía a ningún santo de los que ella había pintado.
—Cásate conmigo, escriba. —Levantó una mano antes de que ella hablara—. No tengo tierra. Mi nombre lo limpiará un obispo en la corte, si llega a la corte. Tenía un arco que me regaló una vieja, y se lo quedó Varenne. Me quedan siete puntos de Beathag.
—Yo tengo un vestido prestado y unos zapatos que no son míos. El mío se quedó en el bosque, huyendo de un carbonero.
—Entonces estamos igualados.
Elspeth lo pensó. Lo pensó de verdad, delante de él, para que viera que lo pensaba.
—Con una condición.
—La que sea.
—Seguiré iluminando libros. Toda la vida. Y me harás un atril.
—Sé hacer flechas. Un atril es una flecha muy gorda.
—Entonces sí.
El obispo guardó la prueba al anochecer.
Elspeth lo vio hacerlo: el evangeliario, el cuadernillo y la carta, en el cofre grande del scriptorium donde ella había guardado los panes de oro durante diez años.
El secretario del obispo echó la llave y se la colgó al cuello.
Dos hombres del obispo se quedaron en la puerta.
Mañana saldría hacia Elgin, y después a la corte.
Al volverse, el obispo los vio en el umbral. A ella y a Niall, de la mano, sin haberse dado cuenta de que iban de la mano.
—Os casaré yo mismo al amanecer —dijo, con la voz cascada llena de algo que casi era risa—. Antes de que alguno de los dos se arrepienta. O de que lo ahorquen.