Capítulo 48. El juramento del traidor
Beathag cosía como hablaba: deprisa, sin adornos y convencida de que el que protestaba tenía la culpa.
—Quieto.
—Estoy quieto.
—Por fuera. Por dentro te estás quejando, y se te nota en la tripa. —Tiró del hilo. Niall vio el techo volverse blanco y luego, despacio, otra vez techo—. He cosido a tu padre, a tus dos hermanos y al primo de la nariz. Me faltabas tú. Ya tengo la colección entera.
Estaba tendido en la mesa de la cámara baja de la torre, la que olía a vinagre y a milenrama.
Le habían fajado la costilla tan apretada que respiraba a sorbos, como un pez en la orilla.
El costado izquierdo era otra cosa: era Beathag, una aguja curva y una lámpara que Calum sostenía demasiado cerca.
—Más arriba, muchacho. Si me quemas la oreja, te coso a ti.
Calum subió la lámpara. Niall lo recordaba como un crío pecoso que se caía de todos los caballos del valle. Ahora era un hombre pelirrojo con la cara verde.
—¿Te vas a desmayar? —le preguntó Niall.
—No, señor.
—Si te desmayas, cae hacia la izquierda. A la derecha está la aguja.
—Sí, señor.
Beathag anudó, cortó con los dientes y le dio una palmada en el muslo que le dolió más que los siete puntos juntos.
—La monja te cosió el brazo con doce, y más bonitos. —Miró la cicatriz del antebrazo con envidia profesional—. Esa mujer no es del oficio y me ha dejado en mal lugar.
—¿Dónde está?
—Cambiándose. Ailsa se la ha llevado a rastras. —Recogió sus cosas—. Y no te levantes. Te lo digo sabiendo que te vas a levantar.
Se levantó.
El cuerpo estaba en el patio, sobre una puerta vieja apoyada en dos barriles, tapado con una lona de barca. Alrededor se había hecho un corro que no se acercaba: guardias, mujeres de la cocina, dos niños a los que nadie mandaba a casa.
Niall bajó apoyado en Calum, que lo sostenía como se sostiene un cántaro lleno: con mucho cuidado y en la postura equivocada.
La gente se apartó como se aparta uno de un leproso. Detrás, alguien empezó una palabra y alguien le mandó callar antes de que la terminara.
«Todavía no», pensó. «Todavía soy el otro.»
Ailsa estaba junto al cuerpo. Detrás de ella, Elspeth, con un vestido prestado que le arrastraba y el pelo corto aún mojado.
En el pecho, sobre la lana gris, llevaba prendido un broche redondo de plata con un nudo sin fin.
Niall lo había visto en el pecho de su madre en todas las misas de Pascua de su infancia.
Se le olvidó un momento que tenía el costado cosido.
Ailsa levantó la lona, apartó la bufanda con dos dedos y volvió el cuello del muerto hacia la luz.
—Es él —dijo, alto, para el corro entero—. La media luna es una quemadura vieja. La vi de cerca hace años y no se me ha olvidado. El del río no la tenía. Este sí. —Dejó caer la lona—. El Cuervo está muerto. Esta vez, de verdad.
Uno de los niños preguntó si se lo iban a comer los perros, su madre le dio un cachete, y el corro se deshizo en murmullos.
Ewan se acercó. Lo miró de arriba abajo.
—Estás horrible.
—Tú has engordado.
—Estoy casado. Es lo que pasa. —Le puso la mano en la nuca un instante y la quitó enseguida—. Brenna me va a matar por no haberla llamado de Ròna para esto.
—Díselo tú. Yo ya he tenido bastantes mujeres enfadadas esta semana.
• • •
Al día siguiente, a media mañana, el gran salón estaba lleno hasta los bancos de atrás.
Torquil había reunido a la fine: los mayores de las familias, las viudas con voz, la guardia, el bardo en su rincón, el Padre Seumas. Su tío Uisdean en la mesa alta, al extremo, con sus tablillas de cera. Su madre en el banco de abajo, junto a Rhona, con las manos cruzadas sobre el regazo.
A Niall lo habían puesto de pie en el hueco entre la mesa alta y los bancos. El sitio de los acusados. Buscó a Elspeth y la encontró atrás del todo, junto a la puerta, al lado de Fingal.
Torquil bajó los dos escalones con una caja en las manos. Plata ennegrecida, del tamaño de un pan, con una cruz de cristal de roca en la tapa. La última vez que Niall la había visto fuera del altar había sido una noche de hacía años, sin testigos: dos hermanos y una vela.
—Mi hermano Niall juró sobre este hueso —dijo Torquil—, en la capilla de esta casa, delante de mí y de nadie más, que serviría al barón de Maubray.
Que le mentiría a él y a todos. Y que no diría a nadie, ni a su madre, lo que de verdad hacía allí, hasta que yo lo liberase.
Fue mi espía. Cada aviso que nos llegó de Castell Maubray, nos llegó por él.
Y cada vez que alguno de vosotros escupió al oír su nombre, yo callé. Porque se lo pedí yo.
El salón no respiraba.
Torquil le tendió la caja.
—Niall MacRannoch. Te libero de tu juramento. Delante de tu sangre.
Niall puso la mano sobre la plata fría.
—Juro sobre San Columba que nunca traicioné a mi sangre —dijo—. Que os mentí a todos. Y que lo volvería a hacer.
Buscó a su madre en el banco. El banco estaba vacío.
Su madre venía ya por el pasillo. Pequeña, gris, recta como un asta, cruzó el salón sin prisa y se detuvo delante de él.
Le dio una bofetada.
Sonó en las vigas. La costilla se movió por dentro y Niall apretó los dientes y no se movió.
—Eso —dijo Gormlaith— por dejar que te escupiera a los pies. Y no decirme nada. Y dejar que lo hiciera otra vez.
Luego lo abrazó.
Con toda la fuerza de sus brazos, contra las vendas y el costado cosido. A Niall se le fue el salón en un blanco de dolor. No la apartó.
—Lo sabía —le dijo contra el pecho, muy bajo—. Ningún hijo mío miente tan bien sin un motivo.
Rhona se había puesto de pie en el banco, roja, con los puños cerrados.
—¿Y a mí? ¿A mí nadie me lo dijo? ¡Lo he maldecido delante de la fine! ¡He tirado flechas a un saco con su nombre!
—Tenías que maldecirlo de verdad —dijo Torquil—. Si no, no servía.
—¡Pues lo maldije muy bien!
—Por eso servía.
Rhona se sentó de golpe y se echó a llorar de rabia, con la cara entre las manos. Fingal, desde la puerta, carraspeó y miró las vigas con mucho interés.
Cuando el salón volvió a llenarse de voces, Niall fue hasta Ailsa.
—Hay algo que no te he dicho nunca.
—Lo de Strath Aird. —Ailsa no apartó los ojos—. Torquil me lo contó hace mucho. El aviso que llegó un día tarde. A mi padre lo mató el barón, Niall. Tú llegaste tarde. No es lo mismo.
Detrás de ella, junto a la puerta, Elspeth lo miraba. Niall pensó en la cabaña de la nieve, en una novicia que dictaba sentencia con la cara de un juez de corte: culpable de llegar tarde, no de matar.
«Dos mujeres», pensó. «La misma sentencia. A lo mejor hasta es verdad.»
Torquil volvió a hablar. Unos pastores habían bajado de las colinas con dos noticias: que el obispo de Moray iba camino de Santa Bríd para juzgar la fuga del preso y la conducta de la priora, y que en la vertiente de San Fillan habían encontrado atado a un árbol a un muchacho de quince años, vivo y furioso, que ya estaba con su tía comiendo por tres.
—La prueba irá a Santa Bríd —dijo Torquil—. En mano, al obispo. Iré yo, con Niall, con Fingal y diez hombres.
—¿Y hasta entonces, sobrino? —Uisdean habló desde el extremo de la mesa, con su voz suave de siempre, sin levantarse—. ¿Dónde se guarda? ¿Qué día partís, y por qué camino? Lo pregunto por las provisiones. Diez hombres a caballo comen.
Torquil lo miró un instante más de lo necesario. Niall conocía esa mirada: la de un hombre que pesa qué le cuesta más, si mentir delante de toda la fine o decir la verdad.
—En mi cámara. Mañana al alba, por el Bealach. El día veinticinco, en Santa Bríd.
Uisdean asintió y apuntó algo en la cera con el punzón. Siempre apuntaba algo: el grano, las velas, las bodas. Nadie lo miró.
Cuando el salón se vació, Elspeth ya no estaba junto a la puerta.
La encontró en la capilla de San Columba. Sola, de rodillas delante del altar, con las manos juntas. No rezaba en voz alta. No se volvió al oírlo.
—Escriba.
—Espera un momento —dijo ella—. Estoy despidiéndome de alguien.