Capítulo 47. El loch cobra su deuda
Elspeth se levantó de las piedras con la boca llena de sangre y baba verde, y vio el agua cerrarse sobre los dos.
No hubo ruido. Eso fue lo peor. Un momento estaban allí, dos cabezas negras en la niebla, dos hombres agarrados, y al siguiente solo había un círculo en el agua que se iba abriendo, abriendo, y se deshacía contra las rocas.
Las barcas estaban lejos. Veinte pasos, treinta. Oía a Rhona gritar y a Fingal gritar más fuerte, y los remos golpeando el agua con furia, y sabía, con la misma claridad fría con que sabía el orden de las horas canónicas, que no iban a llegar a tiempo.
Ella no sabía nadar.
La barca en la que había venido seguía encajada entre las rocas, torcida, con un solo remo. Y en el fondo, atravesada, la pértiga.
La cogió. Era larga, de fresno, más alta que ella dos veces. Se metió en el agua.
El frío le quitó el aire. No el frío del canal del molino; otro, más hondo, que no parecía agua sino un animal que la mordía por todas partes a la vez.
Le llegó a las rodillas, a la cintura, al pecho.
Las piedras del fondo bajaban. Clavó la pértiga delante, buscando suelo, y la pértiga encontró suelo, y ella avanzó un paso más, y otro, apoyada en el palo como una vieja en su bastón.
«San Quirino», pensó, sin querer. «Tenía la ventaja de estar ya muerto cuando lo tiraron.»
No le hizo gracia. Era la primera vez en su vida que un mártir no le hacía ninguna gracia.
El agua le llegó a los hombros.
Algo se movió delante, bajo la superficie. Una sombra. Una espalda. Luego una cabeza salió del agua, a dos brazos de ella, con el pelo negro pegado a la cara, boqueando.
No era Niall.
El Cuervo tomó aire, tosiendo, y volvió a hundirse, empujando hacia abajo algo que estaba debajo de él. Elspeth vio la manga quemada, negra, pegada a su hombro derecho.
Levantó la pértiga con las dos manos por encima de la cabeza.
No sabía hacerlo. Nadie le había enseñado a golpear a un hombre con un palo en mitad de un loch. Pero había espantado cuervos del huerto del priorato durante quince años, y había aprendido que los cuervos, como todos los bichos, tienen un sitio donde les duele más.
Le dio en el hombro. En el quemado. Con todo el peso de su cuerpo y el de la pértiga.
El Cuervo gritó. El grito salió medio en el aire y medio en el agua, un ruido de burbujas y de garganta. Se soltó. Se revolvió hacia ella.
Y de debajo de él, del agua negra, salió Niall.
Salió con la boca abierta, tragando aire como un ahogado, que es lo que era, y antes de haber terminado de tragarlo ya tenía al Cuervo agarrado. Por el cuello. Por detrás. Con los dos brazos.
Y lo hundió.
Elspeth se quedó quieta, con la pértiga en las manos y el agua en los hombros.
Niall no hizo ruido. Tenía la cara vuelta hacia arriba, hacia la niebla, con los ojos cerrados y los dientes apretados.
Los brazos le temblaban. El agua, alrededor de ellos, se movía: se agitaba, subía en borbotones, se revolvía como un caldero al fuego.
Luego se movió menos. Luego subieron burbujas, muchas, una nube de ellas que reventó en la superficie. Luego, menos burbujas.
Luego ninguna.
El agua se quedó quieta. Solo la niebla seguía moviéndose sobre ella, despacio, en volutas, como si nada hubiera pasado. Como si no pasara nunca nada.
Niall abrió los ojos. La miró.
Soltó los brazos.
Y se fue hacia atrás, sin fuerza, y el agua se le cerró sobre la cara.
Elspeth soltó la pértiga. Se lanzó hacia él sin saber nadar, sin saber nada, con los brazos por delante.
El agua le pasó por encima de la cabeza.
Tragó loch. Encontró tela con los dedos, un puñado de camisa, y tiró, y sus pies encontraron una piedra, y la piedra aguantó.
Tiró más. Salió a la superficie tosiendo, con él agarrado, y fue hacia atrás, de espaldas, tanteando el fondo con los talones, piedra a piedra, arrastrándolo por el cuello de la camisa como se arrastra un saco de avena por la cilla.
Las rocas. Las piedras con baba. Lo subió a rastras. No supo cómo. No lo sabría nunca.
Tenía sangre en el costado izquierdo. Mucha, oscura, que salía por un agujero en la camisa y se mezclaba con el agua en las piedras y la hacía rosa. Elspeth le puso las dos manos encima y apretó. Tenía los dedos manchados de tinta, de aceite y ahora de sangre, y apretó con todos ellos.
—No —dijo—. No, no, no. Hoy no. Hoy no te toca.
La proa de una barca rozó las rocas detrás de ella. Alguien saltó a tierra. Fingal. Se arrodilló al otro lado de Niall, con la nariz rota blanca de frío, y le puso encima un trapo doblado, y apretó con ella.
—¿Vive?
—Si se muere, lo mato.
Fingal la miró un instante. No dijo nada. Siguió apretando.
Niall abrió los ojos. Tosió agua. Mucha. La miró desde abajo, con el pelo pegado a la frente y los labios morados, y la reconoció.
—La carta —dijo Elspeth. Le temblaba la mandíbula. No podía pararla—. La carta a mi padre. Fue culpa mía. Todo. El paso, los sargentos, la costilla. Fue culpa mía.
—Ya lo sé.
—Niall...
—Lo leí. Varenne me la enseñó. —Tosió otra vez, y le salió una sonrisa rota, torcida, en mitad de la cara magullada—. Tienes una letra preciosa. Hasta cuando me traicionas.
Elspeth se echó a reír. Se echó a reír y a llorar a la vez, de rodillas en las piedras de un islote maldito, con las manos llenas de su sangre, y no supo parar ni lo uno ni lo otro, y él cerró los ojos y dejó que se riera.
—No cierres los ojos —le dijo, cuando pudo—. Te lo prohíbo.
—Sí, escriba.
Los abrió. Le costó. Los mantuvo abiertos, fijos en ella, como quien sostiene una puerta con el hombro.
Rhona saltó a tierra detrás de Fingal. Se quedó de pie un momento, con el arco en la mano, mirando a su hermano. Luego lo dejó en las piedras y se arrodilló.
—Niall.
Él abrió un ojo. Tardó en encontrarla.
—Te dejé ganar —dijo—. En la orilla.
—Eso llevas diciéndolo trece años. —A Rhona se le rompió la voz y la enderezó a la fuerza, como se endereza una flecha torcida con los dientes—. Me debes una revancha. Si te mueres antes, te desentierro y te la cobro.
—Hay que llevarlo con Beathag —dijo Fingal—. Ya.
Lo subieron entre los dos a la barca de Rhona, sin miramientos y sin soltarle la herida, mientras Elspeth sujetaba la proa contra las rocas con todo el cuerpo.
Niall no se quejó. Eso la asustó más que la sangre.
Rhona se sentó en el fondo, le puso la cabeza en el regazo y apretó el trapo con las dos manos, y no volvió a decir nada.
Elspeth se volvió hacia el agua.
Había algo flotando entre la niebla, a diez pasos de las rocas. Una espalda negra, boca abajo. Los brazos abiertos. Una manga quemada. El agua lo mecía despacio, como se mece una barca vacía.
Fingal ya estaba en la barca, con el remo, acercándose para cogerlo.
—Espera —dijo Elspeth.
Se levantó. Bajó a las rocas. El cuerpo había llegado casi a la orilla, empujado por los remos de Fingal. Elspeth se agachó, lo cogió del hombro y le dio la vuelta a medias. La cara no la miró. No quiso.
Le bajó la bufanda del cuello.
La media luna estaba allí.