LA NOVICIA Y EL HIGHLANDER TRAIDOR (AMORES PROHIBIDOS DE LAS HIGHLANDS nº 1) Capítulo 46. Cara a cara
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Capítulo 46. Cara a cara

Tenía las manos libres y no tenía nada en ellas.

Ni espada, ni arco, ni una piedra que mereciera ese nombre. Tenía las muñecas abiertas, una costilla rota que le hacía ver chispas cada vez que respiraba hondo, y delante, a seis pasos, al hombre que había matado a Mairi con un cuchillo en la garganta de Elspeth.

La niebla se había aclarado un poco. No mucho: lo justo para que Niall viera, a la izquierda del islote, la proa de una barca y en ella a Rhona de pie, con el arco tenso y la cuerda en la mejilla.

Y a la derecha, otra proa, con Fingal. Ninguno de los dos se movía.

Rhona no podía tirar. El Cuervo llevaba a Elspeth delante como un escudo, pegada a él, y era más pequeña que él por una cabeza, pero no por lo bastante.

—Diles que se queden donde están —dijo el Cuervo.

Niall levantó una mano hacia las barcas sin apartar los ojos de él. Nadie se movió.

El Cuervo tenía la manga derecha negra hasta el hombro, pegada al brazo. Olía a lana quemada. Le temblaba la mandíbula, y Niall, que lo había visto cruzar los pasillos de Castell Maubray durante años sin que le temblara nunca nada, supo que el brazo le estaba doliendo como se duele el infierno.

El bulto seguía en el suelo, donde ella lo había dejado. Alguien le había dado una patada en el revuelo y el paño se había abierto. Asomaba una esquina roja, cosida a puntadas rápidas y feas, de sanadora.

—Te propongo algo —dijo el Cuervo—. Su vida por el libro. El de verdad.

—Ya tienes el libro.

—Tengo un libro de capilla metido en una funda de arpa.

—Señaló la esquina roja con la barbilla—.

Nadie cose así un encargo de obispo. Me ofende un poco que me creáis tan tonto.

—Apretó el filo, y Elspeth levantó la barbilla—.

Pero me quedo con la carta, que es lo que el barón quiere ver ardiendo.

Y tu hermano me trae el libro rojo aquí, en una barca, él solo. Y la monja vive.

—Llévame a mí —dijo Niall.

—¿A ti?

—Yo escribí la confesión. Yo robé la carta del cofre del barón. Si quieres un testigo para la corte, no hay otro mejor. Suéltala y subo a tu barca atado, sin que nadie me empuje.

El Cuervo casi se rio. Le salió un ruido corto por la nariz, y el filo se movió con él, y Niall dejó de respirar hasta que el filo se quedó quieto.

—Tú no vales nada, MacRannoch. Nadie cree a un traidor. Esa ha sido siempre tu desgracia y mi comodidad. —Inclinó la cabeza hacia el pelo corto de Elspeth, casi con ternura—. Ella, en cambio, tiene cara de no haber mentido nunca. Los obispos adoran esa cara.

—Pues se equivocan —dijo Elspeth, con la barbilla alta y el cuello muy quieto—. Miento de maravilla. Pregúntale a cualquier posadero.

Niall lo miró. Miró la carta, que asomaba por el cuello del jubón chamuscado, contra la piel del Cuervo, donde él la había puesto como quien guarda un corazón.

Y por primera vez en toda la noche tuvo ganas de reírse.

—La carta tampoco es buena —dijo.

El Cuervo no se movió.

—La escribió ella anoche. —Niall dio medio paso, despacio, con las manos abiertas—.

Hace doce días, junto a un fuego de turba, sacó el halcón en cera de vela, del sello de la carta buena.

Yo la vi hacerlo. Me dijo que era costumbre de copista, y yo no pregunté.

Tú la has tenido en la mano, a la luz de esa lámpara.

Le oliste el sello. Y dijiste «perfecto».

No lo sabía. No lo sabía de cierto. Pero conocía a Torquil, y conocía a Elspeth, y conocía la cara con que ella había dicho «Traigo lo que pediste», que era exactamente la cara con que había dicho al guardia del puente que era la mujer de un mercader de pieles.

—Te ha engañado una novicia —dijo—. Dos veces. Con la misma mano.

El Cuervo miró hacia abajo. Hacia el jubón. Fue un instante nada más, un parpadeo, la mirada de un hombre que ha contado sus monedas y de pronto no está seguro de la cuenta.

—Mientes —dijo, y la voz le subió de tono. Por primera vez desde que Niall lo conocía, la voz le subió de tono—. Los MacRannoch mentís siempre, es lo único que sabéis hacer, llevo veinte años...

Elspeth le clavó el raspador en el muslo.

Lo hizo sin mirar, hacia atrás y hacia abajo, con toda la fuerza de su brazo corto, y el Cuervo se dobló sobre la pierna, y el cuchillo se le apartó del cuello de ella un palmo.

Un palmo bastó.

Niall se lanzó.

No pensó en la costilla. La costilla pensó por él un momento después, cuando chocó contra el Cuervo con el hombro y los dos salieron despedidos de las piedras hacia el agua, y Elspeth cayó hacia el otro lado, hacia las rocas, fuera.

Eso fue lo último que vio de ella: una mancha de capa rodando por la baba verde, lejos del cuchillo.

El agua lo cogió por el pecho.

Era la de siempre. La de los cinco años, la de la mano de su padre.

Una mano de hierro que te agarra por las costillas y aprieta, y a él le apretó la rota, y durante un momento no vio nada más que blanco.

Hacía pie. El agua le llegaba a la cintura, luego al pecho, porque el fondo del islote bajaba como una escalera rota.

El Cuervo estaba delante de él, en el agua también, jadeando, con el pelo negro pegado a la cara y el cuchillo todavía en la mano izquierda.

Se agarraron.

No fue una pelea. Fue un abrazo de dos hombres que se odian, en el agua helada, dentro de la niebla, resbalando sobre piedras que no veían.

Niall le buscó la muñeca del cuchillo. La encontró.

La perdió. Le dio con la frente en la cara y sintió algo que crujía, y no supo si era la nariz del otro o su propia frente.

El Cuervo le metió la rodilla buena en el costado malo, y Niall se dobló.

Desde las rocas, alguien gritó. El otro hombre del Cuervo, el que quedaba.

Niall lo vio de reojo, en la orilla, con un cuchillo alzado por encima del hombro, a punto de lanzarlo hacia el agua, hacia él.

Luego oyó el silbido fino de la niebla, y el hombre se sentó en las piedras de golpe, como si le hubieran quitado el suelo, y se quedó sentado, y no se levantó.

«Rhona», pensó. «Siempre tiró mejor que yo.»

Entonces sintió el golpe en el costado izquierdo.

No dolió. Eso fue lo raro. Fue un empujón, nada más, como si alguien le hubiera dado con el puño bajo las costillas para que se apartara.

Después vino el frío, un frío distinto del frío del agua, que le entraba por dentro.

Y después, el calor. Un calor que le bajaba por la cadera, que el agua se llevaba enseguida y que volvía, y volvía, y volvía.

Miró hacia abajo. El agua negra no dejaba ver nada. No hacía falta.

El Cuervo le había soltado la muñeca. Ya no tenía el cuchillo; se le había quedado dentro, o se le había caído, Niall no lo supo. Ahora le rodeaba el cuello con el brazo izquierdo, desde atrás, y tiraba.

Hacia abajo. Hacia donde el fondo dejaba de ser escalera.

Niall perdió pie. Las piedras se le fueron. La niebla, arriba, se volvió un techo gris que se alejaba, y el agua le entró por la boca con sabor a turba y a hierro, y a sangre, que era la suya.

Pensó en Mairi. En el chal. En las letras bordadas en la esquina, que nunca había sabido leer bien de lejos.

El Cuervo pesaba. El agua pesaba. Su propio cuerpo, con la costilla y el costado abierto y dos semanas de huida, pesaba más que todo junto.

Y lo arrastraba hacia el fondo, despacio, con paciencia de oficio, como había arrastrado a Mairi.