LA NOVICIA Y EL HIGHLANDER TRAIDOR (AMORES PROHIBIDOS DE LAS HIGHLANDS nº 1) Capítulo 45. El cambio
90%

Capítulo 45. El cambio

Las piedras del islote estaban cubiertas de una baba verde que no tenía nombre en ningún herbario, y Elspeth se agarró a ella con los pies como una gata a un tejado.

Tenía las manos rojas de los remos, las rodillas mojadas y un golpe en la espinilla que le latía como un tambor de feria.

El broche de Gormlaith le mordía la piel por dentro de la camisa, donde lo había prendido para no perderlo.

El raspador, en la manga izquierda. El frasco, en el seno, tibio de su propio cuerpo.

Lo vio a él primero. No quería, pero lo vio a él primero.

Atado a una columna rota en la puerta de la capilla, con la cabeza contra una cruz borrada.

Tenía un ojo casi cerrado y la boca partida, y respiraba corto, con la mitad de arriba del pecho, como respiran los que tienen algo roto dentro.

Estaba vivo. La miraba con una cara que ella no le había visto nunca: furioso. Furioso con ella.

Le pareció lo más hermoso que había visto en su vida.

—Hermana. —El Cuervo se había puesto de pie. Llevaba la mano izquierda vendada, y Elspeth sintió una satisfacción pequeña y poco cristiana al reconocer su propia firma—. Qué puntual.

—He tardado. El loch no quería.

—El loch nunca quiere. Luego se acostumbra. —Señaló el suelo delante de él—. El libro, ahí. La carta, en mi mano.

—Primero, suéltalo.

—Primero, la carta.

—Si te doy la carta primero, no tengo nada.

—Si lo suelto primero, tampoco lo tienes tú. Solo tienes a un hombre con una costilla rota en una roca en mitad del agua. —El Cuervo sonrió con los ojos—. Dicen que en los prioratos se regatea hasta el precio de las velas. Hazme ese honor.

Elspeth miró a Niall. Niall movió la cabeza, muy poco. «No.»

Sacó la carta de la capa y se la tendió.

El Cuervo la cogió con la derecha, torpe, con los dedos que no se cerraban bien.

La desdobló contra el pecho. Se acercó a la lámpara del altar y la miró a la luz amarilla, línea a línea.

Elspeth contó los latidos. Él pasó el pulgar sobre el halcón de cera, despacio, como se acaricia a un gato ajeno. Se acercó el sello a la nariz.

Niall habló desde la columna, sin apartar los ojos de él.

—Te dije que no vinieras.

—No me dijiste nada —dijo Elspeth—. Te llevaban atado sobre un caballo.

—Lo pensé muy fuerte.

—No lo oí. Estaba subiendo a tu casa, que es lo que me mandaste a gritos. Soy muy obediente cuando me conviene.

—Callad los dos —dijo el Cuervo, sin levantar la vista de la cera—. Estoy leyendo.

—El clérigo del barón adornaba la erre de Renaud —dijo el Cuervo al cabo—. Siempre me pareció una vanidad.

—A mí también.

—Perfecto. —Dobló la carta y se la guardó dentro del jubón, contra la piel—. El libro no hace falta que lo abra. Ya sé lo que dice. Lo quemaré aquí mismo, en esta lámpara, hoja a hoja. Me gusta el olor del oro pobre.

Elspeth dejó el bulto en el suelo, a sus pies. Se enderezó.

—Ahora, suéltalo.

—No.

Lo dijo sin cambiar de tono. Los dos hombres de las rocas se habían acercado un paso.

—He dicho que te daba a tu traidor a cambio del libro.

No he dicho que te dejara ir a ti. —El Cuervo inclinó la cabeza—.

Una novicia que jura ante la corte que el preso le confesó la muerte de un clérigo, en su celda, a la luz de una vela, vale más que diez sargentos.

El barón necesita testigos. Tú eres un testigo precioso.

Elspeth asintió despacio. Lo esperaba. Lo había esperado desde la cámara del consejo, con la pluma en la mano, y le sorprendió lo poco que le sorprendía.

Contó sin mover la cabeza, como contaba las líneas de una plana antes de rayarla.

Tres pasos hasta el altar. Cinco hasta la columna.

El hombre de la izquierda la miraba a ella; el de la derecha miraba la niebla, porque la niebla le daba más miedo que una novicia.

La lámpara de barro seguía encendida sobre la losa, con la llama quieta, tan quieta como la de una vela de vigilia.

—¿Sabes cómo murió San Lorenzo? —preguntó.

—Elspeth —dijo Niall, desde la columna—. Esa no.

—Perdona. Ya sé que no te gusta.

El Cuervo la miraba con una curiosidad educada. Ella dio un paso hacia el altar, hacia la lámpara, con las manos juntas delante, como una novicia que va a rezar.

—Lo asaron en una parrilla. Sobre brasas. Despacio, para que durase. —Otro paso. La mano derecha se le metió en el seno, como quien se ajusta la capa por el frío—. Y dicen que, a media tarde, con toda la calma del mundo, le dijo al verdugo: «Dadme la vuelta, que por este lado ya estoy hecho».

El Cuervo sonrió de verdad, por primera vez.

—Un hombre con sentido del humor.

—Un hombre con sentido del fuego.

Le tiró el aceite a la manga derecha.

No fue un gesto de canción. El frasco era pequeño, el tapón se le resistió y se lo tuvo que arrancar con los dientes, y la mitad del aceite le cayó a ella en los dedos.

Pero la otra mitad le dio al Cuervo en el brazo, en la lana gruesa de la manga, y antes de que él entendiera qué era aquello Elspeth barrió la lámpara del altar con el dorso de la mano, contra él.

La lana prendió con un ruido blando, como una sábana al sacudirla.

El Cuervo gritó. No era un grito de dolor todavía; era de sorpresa, el grito de un hombre al que no le pasan cosas.

Se echó hacia atrás, sacudiendo el brazo, y el fuego subió por la manga hasta el hombro, y el olor a lana quemada llenó la capilla, y debajo de ese olor otro peor que Elspeth no quiso nombrar.

Ella ya estaba en la columna.

El raspador salió de la manga. El cuero de las muñecas de Niall estaba mojado y duro como una suela, y la hoja mellada resbalaba. Serró. Serró como se raspa una errata antigua, con la muñeca, sin fuerza en el brazo, sin pensar en nada más.

—Detrás —dijo Niall.

Uno de los hombres de las rocas venía hacia ellos con el cuchillo bajo.

Y entonces la niebla silbó.

Elspeth no vio la flecha. Oyó el silbido, un sonido fino, como una aguja que pasa por la tela, y oyó el golpe, y vio al hombre pararse en seco, a tres pasos, con cara de haber olvidado algo.

Dio media vuelta. Caminó hacia las rocas como quien va a buscar lo que ha olvidado.

Resbaló en la baba verde, cayó al agua de espaldas y no volvió a salir. Solo quedó un remolino, y luego ni eso.

Remos. Muchos, rápidos, por detrás del islote, por los dos lados. Una voz de hombre, seca, dando una orden en gaélico. Otra, de mujer, que decía una palabra que no estaba en ninguna vida de santos.

El cuero cedió.

Niall sacó las manos de golpe, con un gruñido, y se quedó un instante apoyado en la columna, doblado sobre la costilla, sin aire. Elspeth le puso la mano en el pecho.

—¿Puedes...?

No terminó.

Una mano le agarró el cuello por detrás. Una mano que olía a lana quemada y a aceite, sin fuerza en los dedos pero con todo un brazo detrás, y la arrancó de la columna hacia atrás como se arranca un nabo. Algo frío se le apoyó bajo la mandíbula. Un filo. En la mano izquierda, la buena.

—Muy bien, hermana —le dijo el Cuervo al oído. La voz ya no era cortés. Era ronca, rota, sin aliento—. Muy bien.

La manga le humeaba todavía. Elspeth sentía el calor contra la mejilla.

La arrastró hacia atrás, paso a paso, arrastrando también el pie malo, por las piedras resbaladizas, hacia el borde del agua negra.