Capítulo 44. La niebla negra
El Cuervo lo desató del abedul una hora antes del alba y le volvió a atar las manos por delante, bien apretadas, con cuero mojado que al secarse apretaría más.
—Para que puedas rezar —dijo.
Lo bajaron a la orilla entre dos hombres.
Niall caminaba doblado, con el brazo derecho pegado a la costilla, y cada guijarro de la playa se le metía por la suela rota como si alguien lo hubiera puesto allí a propósito.
La barca estaba varada entre los juncos.
Una barca de pescador, de las de Glen Dubh, con la proa alta y el fondo lleno de agua de lluvia.
Robada, pensó. Robada a alguien a quien él había conocido de niño.
Los otros dos hombres se quedaron en la orilla, junto al fuego apagado, con los caballos.
—Hasta el alba —les dijo el Cuervo—. Luego, lo convenido.
Lo sentaron en la popa. El Cuervo se sentó delante de él, en el banco del medio, con el cuchillo en la mano izquierda sobre la rodilla. Los dos hombres cogieron los remos.
La niebla estaba ya alta.
No era la niebla gris de las tierras bajas, la que se levanta con el sol y se va.
Era la de Loch Dorcha. Negra por abajo, allí donde tocaba el agua de turba, y gris por arriba, espesa como lana cardada, fría como un paño mojado sobre la cara.
A diez palmos de la barca no había nada.
Ni orilla, ni cielo, ni islote. Solo el ruido de los remos, amortiguado, como remos en un sueño.
Niall había nadado en aquella agua a los cinco años. Su padre lo había metido en ella en pleno otoño, de la mano, y le había dicho que en Glen Dubh se aprendía a nadar antes que a andar, porque el loch se llevaba a los que andaban.
—¿Sabes nadar, MacRannoch? —preguntó el Cuervo, como si le hubiera leído el pensamiento.
—Aquí se aprende antes que a andar. Es la única forma de sobrevivir a la familia.
—Tu cuñada no sabía.
Niall no contestó.
—Nadaba un poco. Lo justo para asustarse. —El Cuervo miraba la niebla, no a él—. Fue rápido. Te lo digo porque sé que te lo has preguntado. Los que llevamos este oficio mucho tiempo acabamos siendo limpios. Es una forma de respeto.
Llevaba años sin permitirse pensar en Mairi.
En Castell Maubray no podía: allí Mairi era un asunto del barón, una línea en un cofre.
Ahora la vio. El pelo negro, la risa demasiado alta en la mesa del salón, el chal con las letras bordadas en una esquina.
La tarde en que le había enseñado a él, a Niall, a tejer una cuerda de juncos, y se había reído de lo mal que se le daba.
Apretó los dientes hasta que le dolieron.
Detrás de ellos, en la orilla, algo se movió.
No fue un grito. Fue medio grito, cortado, como una puerta que se cierra sobre una palabra. Luego un chapoteo. Luego un golpe sordo, de cuerpo contra piedra. Y después, nada. Ni caballos, ni voces. La niebla se lo tragó todo.
Los dos remeros se quedaron quietos, con los remos en el aire, goteando.
El Cuervo silbó. Dos notas, bajas. Esperó. Nadie contestó desde la orilla.
Silbó otra vez. Nada.
—Vaya —dijo, con suavidad—. Tu hermano ha madrugado.
—Te lo dije. En esta casa no se duerme.
—Los de la orilla estaban pagados hasta el alba. —El Cuervo se volvió hacia los remeros—. Y el alba ya casi está aquí. Remad.
Remaron. Más rápido ahora, con los hombros tensos, mirando por encima del hombro una niebla donde no había nada que mirar. Niall contó las paladas. Veintiocho. Treinta. Treinta y cuatro. En la treinta y siete, la proa rozó piedra.
El islote salió de la niebla de golpe, como sale una cara en un sueño. Una joroba de roca negra, resbaladiza, con cuatro árboles torcidos que se agarraban a ella con las raíces al aire. Y entre los árboles, sin tejado, con la puerta arrancada, la capilla.
Lo subieron a rastras por la pendiente. Dentro, el suelo era de piedra suelta y hierba mojada.
El altar, una losa caída sobre sus soportes.
En el hueco de la puerta quedaba en pie una columna corta, de piedra gris, con una cruz tallada que el tiempo había dejado en un borrón.
Lo ataron a ella con la espalda contra la cruz.
«Al menos», pensó, «no es un abedul. Hay progreso.»
El Cuervo encendió una lámpara de barro sobre el altar caído. La llama se quedó quieta, sin viento. La luz amarilla no llegaba más allá de la puerta. Fuera, la niebla era una pared.
—Ahora —dijo el Cuervo, y se sentó en una piedra, y se arregló la bufanda—, esperamos.
Esperaron.
El gris de fuera se fue volviendo menos negro. No era luz todavía; era la idea de la luz. Un pájaro dijo algo en la otra orilla y se calló, avergonzado. Los dos hombres se habían apostado en las rocas de la entrada, uno a cada lado, con los cuchillos fuera.
Niall probó las cuerdas. El cuero había empezado a secarse. No cedía.
—¿Y si no viene? —preguntó uno de los hombres de la entrada.
—Entonces el loch desayuna temprano —dijo el Cuervo, sin volverse.
Entonces lo oyó.
Remos. Pero no remos como los de antes, regulares, de hombre que sabe.
Estos daban en el agua a destiempo, uno más fuerte que otro, con un chapoteo largo cada tres o cuatro paladas, como si el remo se hundiera demasiado.
Se oían más cerca. Luego más lejos. Luego más cerca otra vez, pero por la izquierda. La barca estaba dando vueltas.
El Cuervo inclinó la cabeza, escuchando.
—Rema como una monja —dijo.
Niall cerró los ojos.
La había reconocido a la tercera palada. Por lo mal que lo hacía. Por la terquedad con que lo hacía mal. Por un «ay» minúsculo, muy bajo, que se le escapó cuando el remo le golpeó en algo, probablemente en la rodilla.
La rabia le subió primero, caliente, contra Torquil.
Contra su hermano, que la había dejado venir.
Que la había mandado sola, remando en círculos, hacia un hombre que ya la había golpeado una vez.
Después llegó el miedo, que era más frío y pesaba más.
Y detrás del miedo, sin pedir permiso, algo que no tenía nada que ver con la rabia ni con el miedo, y que le apretó la garganta más fuerte que las cuerdas.
«Vete», pensó. «Da la vuelta. Por una vez en tu vida, haz lo que te dicen.»
La barca salió de la niebla.
Pequeña, de pescar, con una pértiga larga atravesada en el fondo, girando sobre sí misma como una peonza cansada.
Y dentro, una figura con capa de sargento, el pelo corto pegado a la cabeza por la humedad, los dos remos cogidos como se cogen dos escobas, la cara blanca y la boca apretada.
En el fondo de la barca, un bulto envuelto en paño.
La proa chocó contra las rocas. Elspeth soltó un remo, que se fue al agua. Lo miró irse. No hizo nada por recuperarlo.
Luego cogió el bulto, se lo apretó contra el pecho, se levantó, perdió el equilibrio, lo recuperó, y saltó a las piedras del islote. Resbaló. No se cayó.
Se enderezó delante de la capilla, delante de los dos hombres con los cuchillos, delante del Cuervo sentado en su piedra y de Niall atado a la columna, y los miró a todos con la misma cara con que miraba una página mal copiada.
—Buenos días —dijo—. Traigo lo que pediste. Y quiero que me devuelvas a mi traidor.