Capítulo 43. La falsificación
La cámara del consejo estaba en el segundo piso de la torre y tenía una sola ventana, que daba al paso. A aquella hora no daba a nada. Negro, y en el negro, el reflejo de las velas.
Estaban seis alrededor de la mesa. Torquil, de pie.
Ailsa, sentada a su izquierda, con las manos quietas.
Ewan, con las botas sobre un taburete y la cara de no haber dormido.
Rhona, en el suelo, contra la pared, con el arco sobre las rodillas.
Un hombre de nariz rota junto a la puerta, que Elspeth reconoció por lo que Niall le había dicho en el broch: «Si ves a uno que parece un perro apaleado y habla como si cada palabra le costara un penique, es Fingal. No le debas dinero».
Y ella. En el banco, con el pergamino de la flecha delante.
Torquil lo leyó en voz alta, traduciendo de la cifra sin tropezar:
El libro, la carta y la monja. Al alba, en el islote de la capilla. Una sola barca. Si veo dos, el loch se queda con el hermano.
—Escribe como un notario —dijo Fingal.
—Escribe en nuestra cifra —dijo Ewan—. Eso es lo que escribe.
Nadie contestó a eso. Elspeth vio que Torquil y Ailsa se miraban un instante, un cruce de ojos muy corto, y que luego los dos miraban a otra parte.
—No le damos el libro —dijo Torquil.
—Entonces se ahoga Niall.
—Si le damos el libro, se ahoga Niall igual, y nosotros detrás, dentro de un año, cuando el barón vuelva a la corte limpio como una patena.
—Torquil apoyó los puños en la mesa—. Ese libro es lo único que tiene mi hermano para dejar de ser un traidor.
Lo único que tenemos para tumbar a Maubray. No se lo voy a regalar a su perro.
—Yo lo mato desde la barca —dijo Rhona—. Con niebla o sin ella.
—Con niebla no ves ni la barca, hermana.
—Veo lo que tengo que ver.
—Yo iré —dijo Elspeth.
Se volvieron.
—Me quiere a mí. Lo pone ahí: la monja. —Tocó el pergamino con un dedo manchado—. Si no voy yo, no sale de la niebla. Pero no hace falta que lleve lo que pide. Solo que se lo parezca.
Metió la mano en la manga y sacó un trapo de lino doblado. Lo abrió sobre la mesa. Dentro había un disco de cera sucia, del tamaño de una moneda grande, con un halcón en hueco.
—Lo saqué hace doce días, junto a un fuego de turba, del sello de la carta. Por costumbre de copista. —Levantó la vista—. En Santa Bríd guardamos la impronta de todos los sellos que pasan por la casa. Nunca se sabe cuándo una priora va a necesitar escribir a un barón que no le contesta.
Ewan la miró de otra manera.
—¿Puedes hacer una carta que engañe al hombre que la ha tenido en la mano?
—He engañado a un puente entero con hollín y una moneda. —Se encogió de hombros—. Esto es más fácil. Tengo el original para copiar.
Torquil la estudió largo rato, con aquellos ojos que no eran los de Niall y lo eran.
—¿Qué necesitas?
Lo que necesitaba llegó en media hora, traído entre todos, como los aparejos de un parto.
Pergamino viejo: Ailsa bajó a la capilla y volvió con la hoja de guarda en blanco de un misal, cortada a cuchillo.
Detrás de ella subió la noticia de que el Padre Seumas, despertado a medias, había dicho que aquello era un sacrilegio, y luego, al saber para qué era, que si le devolvían a Niall lo absolvía él mismo de antemano.
Cera roja: Torquil sacó una barra de su cofre, de la que usaba para contestar a los normandos.
Plumas: dos de ganso, de la cocina. Elspeth las cortó con el raspador, en bisel, como le habían enseñado a los nueve años, con la regla en los nudillos cada vez que le salía una punta roma.
La tinta del barón tenía cinco años y se había vuelto parda. Elspeth aguó la suya en una concha con una pizca de hollín hasta que tuvo el color de una hoja seca.
Luego se sentó a escribir.
La letra del clérigo del barón era de cancillería, apretada, con las eses altas como horcas y una manía de adornar la R de «Renaud» con un rizo que no le hacía falta.
Elspeth la miró un rato sin tocar la pluma.
Luego dejó de mirarla. Era así como se hacía: primero se miraba, después se olvidaba uno de sí misma y dejaba que la mano de otro se le metiera en la suya.
Escribió. Nadie habló.
Oía las velas, la respiración de Ewan, el crujido del arco de Rhona.
Luego se le olvidó que estaban allí. Se le olvidó el loch, y el islote, y durante un rato solo existieron la pluma, el rizo de la R, la línea que había que dejar un poco torcida al final porque el clérigo del barón la había dejado torcida.
Que la segunda esposa del laird se reúna con su loch antes de San Juan.
Le tembló la mano en «loch». Paró. Respiró. Siguió.
Cuando levantó la cabeza, Ailsa la estaba mirando. No miraba la carta. La miraba a ella.
—Lo quieres —dijo Ailsa, en voz baja, por debajo del ruido de las velas. No era una pregunta.
Elspeth bajó los ojos a la tinta.
—He copiado las vidas de cuarenta santas vírgenes —dijo—. Ninguna explica qué se hace con eso.
—No. —Ailsa casi sonrió—. Eso no lo explican los libros.
El sello fue lo último. Elspeth pidió un cuenco de agua del loch, fría, y metió dentro la impronta hasta que la cera se puso dura como una piedra.
La sacó. La untó con un dedo de saliva para que no se pegara.
Calentó la barra roja en la llama, dejó caer un goterón en el pie de la carta, contó hasta cinco, y apretó.
Cuando levantó la impronta, el halcón negro estaba allí. Las alas abiertas, la garra, el rabo de la cinta. Rhona se levantó del suelo para verlo y se quedó de pie detrás de ella sin decir nada.
Después la envejeció. La dobló por los pliegues del original, la frotó con ceniza tibia, le ablandó las esquinas con el pulgar y la acercó al fuego lo justo para que el pergamino se encogiera en los bordes.
Fingal la puso junto a la auténtica.
—¿Cuál es cuál? —preguntó Torquil.
Fingal tardó.
—La de la izquierda es la buena —dijo al fin.
—La de la derecha —dijo Elspeth.
Fingal la miró. Por primera vez desde que había entrado, algo le cambió en la cara.
—No le debas dinero a esta —le dijo a Torquil.
El libro falso fue el evangeliario de la capilla de San Columba, del tamaño justo y negro como un cuervo. Elspeth dijo que el Cuervo lo había visto rojo, a la luz de una vela, y que lo recordaría rojo. Ewan desapareció y volvió al rato con la funda de cuero rojo del arpa de Domhnall.
—Dice el viejo que se la devolvamos con el Cuervo dentro.
Forraron el libro con ella. Ailsa cosió las esquinas con puntadas de sanadora, rápidas y feas.
Mientras cosía, Torquil explicó el plan con el dedo sobre la mesa: Fingal, con cuatro hombres, a por los que el Cuervo dejara en la orilla este, antes del alba y sin ruido.
Luego, Fingal y Rhona en dos barcas, por detrás del islote, dentro de la niebla, sin remos hasta el último momento.
Torquil y Ewan en la orilla, con el resto.
—Y ella, sola, por delante —dijo Ewan.
—Ella, sola, por delante —dijo Elspeth—. Remando mal. Si remo bien, sospechará.
—Eso no será un problema —dijo Rhona—. Te he visto andar.
Nadie vio a Elspeth guardarse en la manga izquierda el raspador. Nadie la vio, cuando bajaron a la capilla a por el libro, meterse en el seno el frasco pequeño de aceite de la lámpara del altar. O quizá alguien la vio y no dijo nada.
Estaba atando el libro en un paño cuando la puerta se abrió.
Gormlaith entró sin llamar, con un manto por los hombros. Cruzó la cámara sin mirar a nadie, se paró delante de Elspeth y le cogió la mano. Le puso en la palma algo frío: un broche de plata, redondo, gastado, con un nudo sin fin grabado en el aro.
—Me lo prendieron el día que me casé —dijo—. Si vuelves con mi hijo, te lo quedas.
Le cerró los dedos sobre la plata.
—Si vuelves sin él, no vuelvas.