LA NOVICIA Y EL HIGHLANDER TRAIDOR (AMORES PROHIBIDOS DE LAS HIGHLANDS nº 1) Capítulo 42. El cebo
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Capítulo 42. El cebo

Había soñado muchas veces con volver a oler Loch Dorcha. En la celda de Castell Maubray, en la de Santa Bríd, en la cueva, en la nieve. Turba, hierro, agua quieta. Ahora lo olía, y le parecía de muy mal gusto hacerlo atado a un abedul.

La cuerda le daba dos vueltas al pecho y le sujetaba las muñecas por detrás del tronco.

Las costras de los grilletes se habían abierto otra vez.

La costilla le avisaba de cada respiración, como un acreedor.

Niall había aprendido a respirar con la mitad de arriba del cuerpo, corto, como respiran los perros en verano.

El Cuervo lo había traído por el monte. No por el Bealach: por una senda de pastores que bajaba entre peñas hasta la orilla este, de noche, sin antorchas, con cuatro hombres a sueldo y un caballo que no tropezó ni una vez.

Niall conocía esa senda. La había recorrido de niño detrás de Ewan, cazando conejos que nunca cazaban. No sabía que la conociera nadie más.

El Cuervo sí. El Cuervo había elegido cada piedra.

Estaban en el bosque de abedules, a doscientos pasos del agua.

Fuego pequeño, en un hoyo, que no se veía desde la otra orilla.

Dos de los hombres jugaban a los dados con las manos sucias.

Los otros dos dormían. El Cuervo estaba sentado en una piedra junto al fuego, con la pierna mala estirada y la mano izquierda vendada con un trapo limpio.

—Te la hizo ella —dijo Niall.

El Cuervo se miró la mano, como si acabara de acordarse de que la tenía.

—En el scriptorium. Con un cuchillito de raspar. —Movió los dedos, despacio—. Llevo veinte años en este oficio y es la primera vez que me hiere una novicia. Lo cuento como una lección de humildad.

—Deberías contarlo como un aviso.

—Todo es un aviso, MacRannoch. El truco es saber para quién.

Hablaba como hablaba siempre, con aquella cortesía de mayordomo que Niall le había oído en los pasillos de Castell Maubray, cuando el Cuervo se cruzaba con él y le deseaba buenas noches y los dos sabían que mentían. Voz baja, clara, sin prisa. La bufanda gris subida hasta la mandíbula.

—Tu monja llegó a Dun Dorcha al anochecer —dijo el Cuervo—. En un carro de turba. Sentada encima, muy tiesa, con el libro en el regazo. Parecía una abadesa visitando un estercolero.

Niall no dijo nada. No se fiaba de lo que le haría la voz.

«Ha subido», pensó. «Ha subido. Está a una hora y ha subido.»

Cerró los ojos un momento. Cuando los abrió, el Cuervo lo estaba mirando con algo parecido a la simpatía.

—Te alegras. Es comprensible. Te vendió a su padre y te alegras de que esté a salvo. —Echó una rama al fuego—. Los MacRannoch siempre me habéis parecido una familia muy interesante. Poco práctica, pero interesante.

—¿Mataste tú a Aimeric?

Lo preguntó para cambiar de tema. Lo sabía de sobra.

—Con tu cuchillo. Lo cogí de tu cámara la víspera; lo tenías debajo del jergón, como un escudero. —El Cuervo se encogió de hombros—. El hermano Aimeric rezaba en voz muy alta. Eso facilita mucho el trabajo: uno sabe siempre dónde está la cabeza.

—Era un clérigo.

—Era un recadero del barón con tonsura. Le llevaba bolsas a los clérigos comprados y volvía con recibos.

Tú lo sabes mejor que yo, que se los copiabas.

—Sonrió apenas—. Necesitaba que el crimen fuera de Iglesia, para que te sacaran de Castell Maubray y te llevaran a un sitio con menos muros.

Los obispos son lentos. Me dieron tiempo.

—Tiempo para qué.

—Para ver adónde llevabas lo que habías escondido. Y lo llevaste. Muy amable.

Niall tiró de la cuerda, disimulando, contra la raíz que sobresalía detrás del tronco. Llevaba media noche buscándole un canto. La raíz era lisa como un hueso de ternera.

—Al muchacho de la monja gorda —siguió el Cuervo— lo alcancé a medio día del hospicio.

Llevaba tu mensaje cosido en el forro del jubón; su tía cose peor que tu novicia.

Lo dejé atado a un árbol. Vivo. —Hizo una pausa, como quien espera un reconocimiento—.

No soy un monstruo, MacRannoch. Soy un profesional.

—¿Y quién te enseñó a leer lo que llevaba cosido?

El Cuervo se tomó su tiempo. Removió las brasas con un palo.

—Esa es la pregunta que llevas años haciéndote.

—Esa es la pregunta que te estoy haciendo ahora.

—Un pajarito. —Levantó la vista del fuego—. Un pajarito de vuestra propia casa. Canta muy bien, muy bajo, y solo cuando le pagan.

Niall esperó. El Cuervo no dijo nada más. Sonreía con los ojos, muy oscuros, casi negros, y la sonrisa no le llegaba a la boca.

—No te lo voy a decir —dijo al fin—. No por lealtad; no tengo. Por economía. Un secreto que se cuenta ya no vale nada, y yo vivo de lo que valen las cosas.

Uno de los hombres de los dados soltó una maldición y le dio una patada al cubilete. El otro se rio. Niall aprovechó el ruido y tiró con todas sus fuerzas contra la raíz, las dos muñecas a la vez, torciendo el cuerpo.

La costilla habló primero. Luego habló el hombre de los dados, que se levantó, se acercó sin prisa y le dio una patada en el costado derecho, justo donde dolía, con la puntera de la bota, como quien endereza un saco.

Niall se quedó sin aire. Durante un rato largo solo vio chispas y oyó su propia respiración, corta, de perro en verano.

—No hacía falta —le dijo el Cuervo al hombre, sin levantar la voz—. Pero gracias.

Cuando pudo volver a pensar, Niall pensó en ella. No quería. Lo hizo igual.

La había odiado toda la tarde, sobre el caballo de Varenne, con la cabeza colgando y la sangre bajándole a los ojos.

La había odiado con la carta en la mano, con su letra redonda de copista, sus trazos limpios, su «padre» en la primera línea.

Se había repetido que lo había vendido. Que había escrito dónde iban a estar.

Que había dormido contra su pecho en el broch después de escribirlo.

Y luego, en algún momento de la noche, contando las estrellas entre las ramas de los abedules, había empezado a ver otra cosa.

Una niña de doce años delante de un anillo verde.

Una mujer que llevaba quince años sabiendo quién era su padre y sin poder decírselo a nadie.

Que había copiado cien vidas de santos en las que la verdad, al final, siempre hacía lo que tenía que hacer.

Que había escrito la carta de noche, a escondidas, porque creía que la verdad bastaba.

Él había mentido a su madre en la cara por un juramento. La había visto escupirle a los pies y no había dicho nada, porque había jurado sobre un hueso de santo que no diría nada. Y lo había vuelto a hacer al día siguiente, y al otro.

Ella había dicho la verdad a su padre por otro.

«Los dos juramos», pensó. «Y los dos nos equivocamos de a quién.»

No la perdonó. No todavía. Pero dejó de odiarla, y eso, atado a un abedul con una costilla rota, le pareció suficiente trabajo para una noche.

El Cuervo se había levantado. Se acercó cojeando, arrastrando el pie derecho, y se agachó delante de él con la rodilla buena en la hojarasca.

—He mandado recado a tu hermano. Una flecha en el poste del paso, con cuatro líneas en vuestra cifra. Para que sepa que la leo. —Le apartó a Niall el pelo de la cara con dos dedos, casi con delicadeza—. El libro, la carta y la monja. A cambio, tú. Una sola barca.

—No vendrá.

—Vendrá. Es una mujer que escribe cartas a padres que no contestan. Vendrá.

—¿Y dónde, si puede saberse, piensas hacer tu feria?

El Cuervo miró hacia el loch. Entre los troncos blancos de los abedules no se veía nada: solo negro, y encima del negro, empezando a moverse, la niebla.

—Al amanecer. En el islote de la capilla en ruinas. —Se puso de pie, apoyándose en la rodilla—. Allí donde se ahogó tu cuñada. Me gusta cerrar los círculos.