LA NOVICIA Y EL HIGHLANDER TRAIDOR (AMORES PROHIBIDOS DE LAS HIGHLANDS nº 1) Capítulo 41. Dun Dorcha
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Capítulo 41. Dun Dorcha

El carro entró en Dun Dorcha cuando ya no quedaba luz, y Elspeth entró con él, sentada sobre los terrones de turba, con el libro en el regazo y los pies mojados hasta los tobillos.

Había visto la torre desde la última revuelta del camino.

Negra, alta, plantada en la orilla del loch como una letra trazada con demasiada tinta que nadie se hubiera atrevido después a raspar.

Debajo, el agua. Encima del agua, la niebla, subiendo sin prisa, como el vaho de una olla que nadie vigila.

«Me lo contó él», pensó. «En el broch, con la cabeza contra la piedra. Y yo me reí.»

No se rio ahora.

El centinela de la torre vigía no se había separado de ella en todo el camino.

Era un muchacho de mejillas rojas y lanza demasiado larga, y la miraba como se mira a un perro que ha aprendido a hablar: con desconfianza y con cierto interés profesional.

En el patio la ayudó a bajar del carro. Ella resbaló en las piedras mojadas y él la sujetó del codo.

—Gracias.

—No me las deis. Si sois una espía, mañana me cuelgan por haberos subido.

—Si soy una espía, soy la peor del reino. Ni siquiera sé montar a caballo.

El gran salón olía a humo de turba, a sebo y a perro mojado. Había fuego en el hogar, bancos largos, una mesa alta sobre dos escalones. Y junto al fuego, de pie, una mujer pequeña de pelo gris recogido y espalda tan recta que parecía que le hubieran cosido una lanza al vestido.

La mujer la miró de arriba abajo. El pelo cortado a raspador. La capa de un sargento muerto. El moratón de la mejilla, ya amarillo como una hoja podrida. Los dedos manchados. El bulto envuelto en el hábito viejo.

—Otra forastera —dijo—. Al menos esta trae un libro y no un cuchillo.

—Traigo también un cuchillo, señora. —Elspeth sacó el raspador de la manga y se lo enseñó por el mango, curvo, pequeño, con la hoja mellada—. Pero es de raspar pergamino. Con él he matado sobre todo erratas.

La mujer levantó una ceja. Solo una.

—Dice que trae algo del hermano del laird, señora —dijo el centinela.

—¿De qué hermano?

El muchacho tragó saliva.

—Del otro.

Elspeth entendió entonces que en aquella casa su nombre no se decía. Que llevaba años siendo «el otro».

—Niall —dijo, en voz alta, para que se oyera hasta en las vigas—. Se llama Niall. Y no se ha ido con nadie. Se lo han llevado esta mañana atado sobre un caballo, en el paso, los hombres de Varenne.

Hubo pasos en la escalera. Bajó primero un hombre grande, con el pelo negro suelto y una cicatriz que le partía la ceja izquierda y le bajaba por la mejilla. Detrás, una mujer de pelo cobrizo con un cuchillo de mango negro al cinto, el sgian dubh de las canciones.

El hombre se detuvo a tres pasos de ella. Tenía los ojos grises, y a Elspeth se le cerró el estómago: eran los mismos ojos.

—Repite eso —dijo Torquil MacRannoch.

No tuvo que repetirlo. La puerta del patio se abrió de golpe y entró un hombre corriendo, con el pelo castaño rojizo mojado y la camisa por fuera.

—¿Dónde está? —Miró alrededor, miró a Elspeth, miró el salón vacío—. Me han dicho en la puerta... ¿Dónde está el imbécil?

—No está —dijo Elspeth—. Por eso he venido yo.

Dejó el bulto en la mesa alta y deshizo el hábito.

El libro apareció a la luz del fuego, pequeño, rojo, con una mancha de turbera en el lomo que no iba a salir nunca.

Levantó con el raspador el cuero de la tapa trasera y sacó la carta doblada, con el halcón negro en la cera.

Después, el cuadernillo cosido con hilo crudo.

Torquil cogió primero las hojas. Leyó la primera en voz baja, moviendo apenas los labios. Latín. Elspeth se la sabía de memoria.

«Yo, Niall MacRannoch, no soy traidor a mi sangre.»

Él no dijo nada. Pasó a la carta. La leyó una vez.

Luego otra. Al llegar a «la segunda esposa del laird», la mujer de pelo cobrizo le puso la mano en el brazo, y él no se la apartó.

El hombre de la camisa por fuera se había quedado blanco, más blanco que su hermano, y miraba la carta como se mira una herida que uno creía cerrada.

—Juró sobre este libro traerme viva a Glen Dubh, entregaros esto y no mentirme nunca —dijo Elspeth—. Ha cumplido.

Tomó aire.

—Yo no.

Los tres la miraron. La mujer pequeña, junto al fuego, también.

Lo había ensayado en el carro de diez maneras. Todas empezaban por una excusa. Las tiró todas.

—Ayer, al alba, le di a un fraile una carta para el arcediano Thurstan.

En mano. Le decía que Niall era inocente, que teníamos la prueba y que íbamos al Bealach nan Sgàil.

—Oyó su propia voz, clara, de copista que lee en el refectorio—.

El arcediano se la dio a Varenne. Por eso en la roca del río nos esperaban ellos y no vosotros.

Silencio. La leña crujió.

—¿Por qué? —preguntó la mujer de pelo cobrizo.

—Porque es mi padre.

Nadie se movió.

—No me ha reconocido nunca. Ni me ha mirado a la cara. Pero pensé que si le ponía la verdad delante, escrita, con buena letra, haría lo justo. —Se le quebró algo en la garganta y lo dejó quebrado—. He copiado cien vidas de santos. Todas empiezan igual: alguien que cree lo que no debe.

Torquil la escuchaba sin pestañear. En su hermano, ese gesto había sido casi siempre malo.

—Dos semanas con mi hijo —dijo la mujer pequeña— y lo vendes a tu padre. Rápida.

—Madre. —La de pelo cobrizo no alzó la voz—.

Yo llegué a esta casa con un cuchillo bajo la almohada para matar a su laird.

Me dejasteis quedarme. —Se volvió hacia Elspeth.

No había ternura en esa mirada, pero tampoco desprecio—.

Lo que hiciste fue una estupidez. No una traición.

Aunque el resultado es el mismo, y eso vas a tener que cargarlo tú.

El de la camisa por fuera se sentó en el borde de la mesa. Se pasó las manos por la cara.

—Dos semanas fuera de la celda —dijo— y ya lo han vendido dos veces. Siempre fue el más solicitado de los tres.

Nadie se rio. Él tampoco. Se le había ido la voz al final, como una cuerda mal tensada.

Torquil volvió a meter la carta en el rebaje de la tapa, bajó el cuero con el pulgar y cerró el libro, con más cuidado del que Elspeth habría esperado de aquellas manos.

—Mi hermano juró traerte viva —dijo—. Ha cumplido. Ahora me toca a mí traerle a él.

A Elspeth le temblaron las rodillas. Llevaba todo el día esperando una cuerda o una celda. Se agarró al borde de la mesa.

La puerta del patio volvió a abrirse. Entró una muchacha alta con un arco al hombro y una trenza negra que le llegaba a la cintura, sin aliento, con la cara de quien ha bajado de la muralla saltando escalones.

—He oído su nombre en el patio. ¿Qué pasa con Niall?

—Luego, Rhona.

—No. Luego, no. —Vio a Elspeth—. ¿Y esta quién es?

—Tú eres Rhona —dijo Elspeth.

—¿Y tú quién eres para saberlo?

—Me dijo que te enseñó él a tirar. Que a los diez años le ganaste en la orilla y que todavía no te lo ha perdonado.

Rhona se quedó muy quieta.

—Doce —dijo al fin, en voz baja—. Tenía doce.

Y se le movió algo en la cara que no llegó a ser llanto, porque en ese momento sonaron cascos en el patio, rápidos, y una voz de hombre gritando el nombre del laird.

El jinete entró sin quitarse el barro. Venía de la torre vigía; Elspeth reconoció la capa. Traía algo en la mano: una flecha de astil negro, con plumas negras, y atado al astil con un cordel, un pergamino enrollado del tamaño de un dedo.

—Estaba clavada en el poste del paso, tighearna. Nadie vio quién la tiró.

Torquil desenrolló el pergamino junto al fuego. Elspeth vio las marcas antes de que él las leyera: letras sin sentido, palabras al revés. Las mismas de las hojas cosidas, que un preso le había leído al calor de un fuego de turba.

La cifra de los hermanos.

Torquil la leyó en silencio. Luego levantó la cabeza.

—El Cuervo —dijo—. Quiere hacer un cambio.