LA NOVICIA Y EL HIGHLANDER TRAIDOR (AMORES PROHIBIDOS DE LAS HIGHLANDS nº 1) Capítulo 40. El Cuervo reclama su presa
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Capítulo 40. El Cuervo reclama su presa

La odió toda la tarde.

Fue fácil. Tenía tiempo y nada más que hacer.

Iba colgado de la grupa del caballo de Varenne como un ciervo muerto, con la cabeza boca abajo a un lado y los pies al otro, y a cada paso del caballo la costilla rota le daba un aviso, y la sangre le bajaba a los ojos y le latía en las sienes.

Veía el camino pasar debajo. Barro, piedras, charcos.

El casco trasero del caballo, subiendo y bajando. Ese era todo el paisaje.

Así que la odió. Con método, como ella hacía las cosas.

La odió por la letra redonda y las eses con rizo.

Por la esquina metida dentro. Por «laudes, con un fraile que rezaba muy alto».

Por la última línea, la de la niña y el salterio, escrita con más cuidado que todo lo demás.

Por haber llorado en lo alto del broch sabiendo lo que sabía. Por haber dormido contra su pecho.

Por «en la roca, te lo digo en la roca».

La odió hasta que se le cansó el odio, como se cansa un brazo, y entonces descansó un rato y volvió a empezar.

«Me han vendido dos veces en un año», pensó. «La primera, el Cuervo, que me conocía. La segunda, una novicia que me cosió el brazo. Al menos esta vez no han cobrado en plata. Han cobrado en lágrimas de arcediano.»

Se habría reído si hubiera podido respirar.

Cabalgaron hacia el este por el camino del valle, el corto, el que Varenne había tomado gracias a una carta.

Volvió a llover. Pasaron junto a un loch pequeño y un bosque de abedules y unas chozas con las puertas cerradas.

Nadie salió a mirar. En aquel valle la gente sabía que cuando pasan jinetes con halcón es mejor no tener cara.

Al atardecer pararon a abrevar en un arroyo. Varenne desmontó, se estiró, orinó contra un árbol con la cota puesta, que era un arte, y luego se acercó a la grupa y le levantó la cabeza tirándole del pelo.

—¿Sigues vivo, escocés?

—Por no molestaros.

—Bien. El barón te quiere vivo. Quiere verte colgar desde la muralla de Castell Maubray, con su gente en el patio.

—Le soltó el pelo—. Después irá a la corte.

El rey es un crío de dieciséis años que este verano le ha regalado Northumbria y Cumbria al inglés como quien regala un perro.

Está de mal humor, y los consejeros más.

El barón quiere llegar con las cuentas limpias.

El traidor colgado. La monja ahogada, que a Dios gracias ya lo está. Y ni un papel suelto por ahí.

—¿Qué papeles?

Varenne se encogió de hombros.

—Los que dice la carta. «Pruebas escritas». —Escupió—. Me da igual lo que sean. Si están en el fondo de un río con la monja, mejor para todos. A mí me mandaron a por ti.

Niall cerró los ojos.

«No sabe lo que es», pensó. «No sabe que es un libro. No sabe lo que hay dentro.»

Lo guardó. Era lo único que tenía.

Siguieron. La luz se fue yendo, gris primero, luego azul, luego de ningún color. El camino bajó a una hondonada entre dos lomas de brezo, con un arroyo en el fondo y un grupo de pinos negros.

Allí se pararon los caballos de delante.

Niall no vio nada al principio. Oyó a Varenne maldecir en francés. Oyó a un sargento desenvainar. Torció el cuello todo lo que pudo, hasta que la costilla le gritó, y vio, entre las patas de los caballos, el camino cortado.

Cinco hombres a pie. Cuatro con lanzas y capas de lana pardas, de los que se alquilan en los mercados de Inverness por un penique al día y la comida. Y delante de ellos, un poco adelantado, apoyado en un bastón, otro.

Enjuto. Capa gris. Una bufanda gris subida hasta la mandíbula. La mano izquierda envuelta en un trapo limpio.

Dio un paso para acercarse. Arrastró el pie derecho.

—Buenas noches, Sir Hugues —dijo el Cuervo—. Qué mal tiempo para ir a Inverness.

Varenne se quedó mirándolo desde la silla un rato largo.

—Te sacaron del Ness el año pasado —dijo—. Hinchado como un odre. Lo vi yo.

—Viste a un hombre hinchado como un odre. Yo nunca he sido tan grueso. —El Cuervo se acercó, cojeando, sin prisa—. La monja escribía que yo estaba vivo, ¿no? Supongo que pensaste que deliraba.

—Las monjas deliran.

—Rara vez. Es su mayor defecto.

El Cuervo metió la mano derecha en la capa, torpe, con los dedos que no se cerraban del todo, y sacó un pergamino doblado. Colgaba de él, de un cordón, un sello de cera roja.

—Del barón. De su mano. —Se lo tendió—. El preso, vivo, para el barón en persona, entregado al portador. Tú vuelves a Inverness a contarle cómo lo cogiste. Te felicitará. Le gustan los relatos con sangre.

Varenne arrancó el pergamino. No lo leyó; Niall sabía que no sabía leer bien.

Miró el sello. Lo giró hacia la última luz.

Pasó el pulgar por encima. El halcón negro, con las alas abiertas y la muesca en la garra izquierda, la que el sello del barón tenía desde que se le cayó a un criado en la chimenea.

Niall la había visto cien veces. Era auténtico.

—Doce días —dijo Varenne entre dientes—. Doce días por estos montes del demonio. Dos hombres muertos. Uno en el río esta mañana. Perros, frío, turberas. Y ahora vienes tú, un muerto, con un papel, y te lo llevas.

—Así es el servicio de los grandes, Hugues. Unos cazan. Otros cobran.

Varenne se quedó quieto. Niall vio cómo se le hinchaba el cuello por encima de la cota. Por un momento pensó que iba a sacar la espada, y no supo si deseaba que lo hiciera o no.

No la sacó. Tiró el pergamino al barro, a los pies del Cuervo.

—Bajadlo.

Lo bajaron. Mejor dicho, cortaron la cuerda y lo dejaron caer de la grupa como se descarga un saco de harina. Niall se quedó en el barro, de lado, sin aire, viendo chispas blancas en la oscuridad.

Oyó a Varenne montar. Oyó los cascos. Oyó cómo se alejaban hacia el este, hacia Inverness, a paso de hombre furioso, que es un paso rápido.

Después, silencio. El arroyo. La lluvia fina en los pinos.

Unos pies se pararon junto a su cara. Un pie bueno y uno que se arrastraba.

—Siéntalo —dijo el Cuervo.

Dos de los hombres de alquiler lo levantaron y lo sentaron contra una piedra. El Cuervo se agachó delante de él, con la pierna mala estirada, y lo miró con aquellos ojos muy oscuros, casi negros, con una especie de interés amable.

—No te preocupes, MacRannoch. No te voy a llevar al barón.

—Qué alivio.

—El barón no te quiere a ti. Te quiere colgado, que es distinto.

A mí tampoco me interesas. —Se sacudió una gota del hombro—.

Me interesa un libro pequeño de tapas rojas.

Y la carta que hay debajo del cuero, fechada en el año cincuenta y dos, dirigida a «G.

». Es mi correspondencia. Uno tiene derecho a recuperar sus cartas.

Y me interesa la monja que se la sabe de memoria.

Niall lo miró. Y entendió dos cosas a la vez, frías, limpias, como dos piedras que caen en el mismo pozo.

Varenne no había visto el libro. No sabía que existía. Nadie se lo había contado.

El Cuervo, sí. El Cuervo sabía exactamente qué había dentro.

—La monja se ahogó.

—La monja subió la cuesta del paso con el libro a la espalda y dos capas encima, sin mirar atrás. Uno de mis hombres la vio. Muy decidida. —Sonrió con los ojos—. Tú eres el cebo, MacRannoch. Ella vendrá a por ti. Es de las que escriben cartas.

Metió la mano en la capa otra vez. Sacó algo pequeño. Un trozo de pergamino arrugado, cosido todavía por un borde a un jirón de tela de jubón, con las letras apretadas, al revés, que Niall había escrito a la luz de una vela de sebo en la cocina de la hermana Morag.

Se lo sostuvo delante de los ojos, entre dos dedos.

—«Donde Ewan perdió el diente» —leyó el Cuervo en voz baja, con cuidado, como quien lee un verso—. Qué familia más tierna.