Capítulo 39. Sola
Elspeth esperó a que dejaran de oírse los cascos.
Después esperó a que dejaran de ladrar los perros, al otro lado del río. Tardaron. Ladraron mucho rato a la corriente, rabiosos, y luego alguien los llamó con un silbido y las voces se fueron alejando río abajo, hacia el este, hasta que se las tragó el ruido del agua.
Después esperó un poco más. Contó hasta cien en latín. Luego hasta cien otra vez, porque la primera vez se había equivocado en el setenta y tantos y no se había dado cuenta hasta el noventa.
Luego salió.
La grieta la soltó a regañadientes: le arañó la cara, le enganchó la capa, le dejó un rasguño nuevo en el dorso de la mano. Se quedó de pie en los guijarros con el libro contra el pecho y parpadeó a la luz como un animal que sale de la madriguera.
La niebla se había ido. El paso estaba limpio, gris, mojado, y en el suelo se leía todo lo que había pasado como se lee una página mal raspada.
Las huellas de los caballos, hondas en el barro de la orilla.
Una lanza rota. Un escudo con el halcón negro, boca abajo, que nadie se había molestado en recoger.
Sangre en las piedras, mucha, en manchas y en gotas y en una raya larga donde alguien había sido arrastrado.
La capa de Niall, tirada junto a la roca de Ewan, pisoteada.
El arco no estaba. Se lo había llevado alguno de ellos, como se lleva un recuerdo de feria.
En la grieta de la roca seguía la pluma negra.
Elspeth la arrancó. La miró. Luego la tiró al río, y el río se la llevó sin interés.
Había oído. No todo. Estaba lejos y el agua hacía ruido. Pero la voz de Varenne era de patio de armas, y había subido hasta las peñas a trozos, como sube el humo.
«Monjita.» «Padre.» «Arcediano.» «Lágrimas.»
Y luego la otra voz. La de él. Rota, sin aire, con toda la fuerza que le quedaba.
«Juré llevarte viva a Glen Dubh. Sube. Está a una hora.»
Se sentó en la roca de Ewan. No decidió sentarse; las piernas decidieron por ella.
Era culpa suya.
Lo pensó así, entero, sin adornos, porque no había otra forma de pensarlo.
No del barón, no del Cuervo, no de Varenne.
Suya. Ella había escrito el nombre del paso con buena letra, cuidando la tilde.
Ella había doblado la carta con la esquina hacia dentro.
Ella se la había dado a un fraile con los pies morados y le había dicho «en mano».
Y su padre, el arcediano Thurstan, con su anillo verde y su perfume de clavo, la había leído entera, hasta la última línea, la de la niña y el salterio.
Y se la había dado a Varenne. Llorando.
La rabia le vino primero. Le subió desde el estómago como una arcada. Cogió una piedra del suelo y la tiró contra el agua con todas sus fuerzas, y luego otra, y otra, y la cuarta no llegó al agua porque se le escurrió de los dedos. Quería gritar. No gritó. Había hombres en la torre, arriba.
Luego vino la vergüenza, que era peor, porque no se podía tirar contra nada.
«Laudes», le había dicho. «Con un fraile que rezaba muy alto.» Y él había sonreído sin levantar la vista de la cuerda. Porque un hombre que no miente da por hecho que los demás tampoco.
Lloró.
No mucho. Lo que dura un padrenuestro. Lo rezó mientras lloraba, entero, en latín, con la cara entre las manos y los dedos manchados de tinta vieja mojándose de lágrimas, porque era lo único que sabía hacer con las manos vacías.
Pater noster, qui es in caelis. Le salía a trozos.
Et dimitte nobis debita nostra. Esa parte le costó.
Al llegar al amen, se calló.
Se limpió la cara con la manga. Levantó la cabeza.
El libro seguía en su regazo. Rojo, pequeño, con una mancha de turbera en el lomo. Contra su pecho, la confesión de un hombre que llevaba cinco años callándose para cumplir un juramento. Debajo del cuero, la carta de un barón que había mandado ahogar a una muchacha en un loch.
Él había jurado llevarla viva a Glen Dubh. Había jurado entregar la prueba. Estaba a una hora, y él ya no podía llevarla.
Pues iría ella. Y la entregaría ella. Y luego le exigiría a quien fuera, a su hermano el laird o al mismo Dios si hacía falta, que fueran a buscarlo.
Santa Juliana, cuando se le apareció el diablo en la celda, no se echó a llorar. Lo agarró por el pescuezo y lo sacó a rastras a la plaza. Elspeth siempre había pensado que aquella era la única santa con la que le habría gustado cenar.
Se levantó. Recogió la capa de Niall del barro, la sacudió, se la echó al hombro encima de la suya. Envolvió el libro en el hábito viejo y se lo ató a la espalda. Y empezó a subir.
El camino del paso era una escalera de piedra suelta que alguien había llamado camino por cortesía.
Subía en zigzag por la pared del tajo, entre peñas y brezo muerto, y en cada revuelta el río se hacía más pequeño abajo.
A la tercera revuelta le temblaban las piernas.
A la quinta tuvo que parar y apoyar la frente en la roca. A la octava dejó de contar.
No miró atrás. Él no había mirado atrás.
La torre vigía apareció de pronto, al coronar la cuesta. Más grande de lo que parecía desde el broch. Cuatro postes de pino, una plataforma arriba con barandilla, un cuerno colgado de un clavo y una escalera de mano. Al pie, un chamizo de turba con humo en el techo.
Y delante del chamizo, un muchacho con una lanza demasiado larga para él, las mejillas rojas de frío y los ojos muy abiertos.
—¡Alto! —La lanza le apuntó al pecho. Temblaba un poco—. ¿Quién va?
—Una mujer con muy poco aliento.
—Eso ya lo veo. ¿Qué quieres?
—Ver al laird de Glen Dubh.
El muchacho la miró de arriba abajo. El pelo trasquilado, la cara arañada, las dos capas, una de ellas de sargento normando. El bulto a la espalda.
—Esta mañana había normandos abajo, en el río —dijo—. Hemos tocado el cuerno. Se han ido. Y ahora subes tú, con capa de normando. —Apretó la lanza—. ¿Tú eres de ellos?
—Vengo de parte del hermano del laird.
—¿De cuál?
Elspeth abrió la boca para decir su nombre. Algo en la cara del muchacho la detuvo: una especie de miedo previo, como el de quien espera oír una palabra que en su casa no se pronuncia.
—Del que no está —dijo.
El muchacho se puso pálido debajo del rojo. Escupió al suelo, a un lado, y se santiguó con la mano libre, y las dos cosas a la vez le salieron torpes.
—Ese es un traidor.
—Ese acaba de dejarse coger por nueve normandos para que yo pudiera subir esta cuesta. —Se desató el bulto, lo abrió sobre el brazo y levantó con la uña el borde del cuero de la tapa trasera, lo justo para que asomara la cera—. Mira esto.
Él miró. El halcón negro. Retrocedió medio paso.
—¡Es el sello del barón! ¡Eres del barón!
—Es la prueba contra el barón. Y la llevo yo, porque no hay nadie más. —Cerró el libro—. Llévame ante tu laird, o te arrepentirás el resto de tu vida. Que puede ser corta.
El muchacho la miró. Miró el libro. Miró hacia la escalera de la plataforma, donde había asomado la cabeza de un hombre viejo con barba blanca que lo había oído todo.
—Llévala, muchacho —dijo el viejo—. Si miente, que la juzgue el laird. Si no miente, que no te juzgue a ti.
Esperaron al carro de la turba hasta media tarde. Bajaba del monte cargado de terrones, tirado por un poni con cara de mártir, y el carretero no preguntó nada. Elspeth subió encima de la turba, con el libro en el regazo. El muchacho se sentó detrás, con la lanza atravesada.
El carro cruzó la cresta. El camino empezó a bajar.
Y abajo, al fondo de un valle largo y oscuro, había un loch. Negro como él había dicho. Quieto.
Del agua, despacio, sin prisa, como el aliento de algo que dormía debajo, subía la niebla negra.