LA NOVICIA Y EL HIGHLANDER TRAIDOR (AMORES PROHIBIDOS DE LAS HIGHLANDS nº 1) Capítulo 38. La carta de la monja
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Capítulo 38. La carta de la monja

El jinete que había mirado hacia las peñas fue el primero en llegar.

Niall lo estaba esperando. Lo había visto volver la cabeza hacia la grieta, había visto el brazo de ella desaparecer dentro, y había sabido, con la claridad fría de las cosas que ya no tienen remedio, que aquel hombre no podía llegar a las rocas. Por eso había gritado. Para que viniera a él.

Vino. Con la lanza baja y el caballo lanzado por los guijarros.

Niall se apartó en el último momento, como le había enseñado Fingal hacía doce años en el patio de Dun Dorcha, con palos, riéndose de él.

La punta le pasó rozando las costillas. La espada del sargento muerto encontró el hueco bajo el brazo del jinete, donde la cota se abre para que el brazo se mueva.

El hombre se dobló sobre el cuello del caballo. El caballo siguió corriendo hasta el agua. Allí el jinete resbaló de la silla, sin ruido, y el río lo cogió, marrón y gordo, y le dio la vuelta una vez y se lo llevó hacia la niebla.

No salió. Niall no esperó a verlo no salir.

Había otros tres. Luego cinco. Paró un golpe con la espada y el golpe le subió por el brazo izquierdo hasta el corte cosido, y los puntos de encuadernadora le tiraron como si fueran a saltar.

Paró otro. Le dio a alguien en la pierna.

Alguien le dio a él en la cabeza con el asta de una lanza y el mundo se volvió blanco un instante y luego gris.

Cayó de rodillas en los guijarros.

Podía levantarse. Lo supo. Todavía le quedaban fuerzas para levantarse una vez más, quizá dos, y llevarse a otro por delante.

Y si se levantaba, seguirían peleando allí, en la orilla, a cuarenta pasos de las peñas. Y cuando lo tuvieran en el suelo de todos modos, tendrían tiempo de mirar alrededor.

Soltó la espada.

Le llovieron encima. Astas de lanza, botas, un puño con guante de malla.

Se hizo una bola, como hacen los perros viejos, con los brazos sobre la cabeza.

Una bota le entró por el costado derecho, bajo el brazo, y algo se partió dentro con un ruido de rama seca.

Después ya no pudo respirar hondo. Respiraba a trozos, por arriba, como si tuviera el pecho lleno de piedras.

—¡Basta! ¡Lo quiero hablando!

Varenne.

Lo pusieron de rodillas entre dos. Le ataron las manos a la espalda con una correa de silla, sobre las costras de las muñecas, que se abrieron también. Tenía sangre en la boca. Escupió. Le salió roja.

Sir Hugues de Varenne desmontó. Era como lo recordaba de Castell Maubray: cuadrado, rubio, con una nariz de ave rapaz y los ojos claros de los hombres que nunca han tenido que pensar demasiado. La cota le sonaba al andar. Se quedó de pie delante de él, mirándolo desde arriba.

—Cinco años comiendo en la mesa del barón —dijo—. Y resulta que eras un perro de Glen Dubh. Siempre te vi cara de escocés.

—Es que soy escocés.

—Eso digo. —Varenne miró alrededor—. ¿Dónde está la monja?

—Se la llevó el río. Esta mañana, en el vado de arriba.

—¿Y el libro?

—Con ella. No quiso soltarlo. —Niall tosió, y la tos le partió en dos—. Id a buscarla al mar. Llegaréis en tres días, si no os perdéis.

Al otro lado del río, en la otra orilla, se oyó ladrar a los perros.

Dos alanos, con su perrero, que habían seguido el rastro hasta el vado y allí lo habían perdido, y ahora daban voces a la corriente marrón como si la corriente tuviera la culpa.

No podían cruzar. Nadie en su sano juicio cruzaría aquel río aquella mañana.

Varenne escupió hacia los perros.

—Da igual —dijo—. Tengo lo que me mandaron buscar. —Sonrió. Tenía los dientes grandes y amarillos—. Y tengo otra cosa. Un regalo. Te lo he guardado desde Baile na Croise.

Metió la mano en la bolsa del cinto y sacó un pergamino doblado en cuatro. Pequeño. Raspado por detrás, fino como una hoja de cebolla. Con la esquina metida dentro, como ella doblaba todo lo que escribía.

—Tu monjita te vendió por amor a su padre, MacRannoch. —Lo desdobló delante de su cara, sujetándolo con dos dedos enguantados—. El arcediano me la dio con lágrimas en los ojos. De cocodrilo, como en los bestiarios. Lloró mucho. Luego pidió que no se supiera de dónde había salido.

Niall no quería leerla.

La leyó.

Padre:

Os escribe quien no tiene derecho a llamaros así, y os pide que leáis hasta el final antes de quemar esto.

Niall MacRannoch no mató al hermano Aimeric. Lo mató un hombre llamado Gilchrist, cojo, de ojos muy oscuros, que se tapa el cuello con una bufanda y sirve al barón y nos sigue desde Santa Bríd.

Tenemos pruebas escritas de ello y de los pagos del barón a clérigos de esta diócesis. Vuestro nombre está entre ellos. Sé que no sois un asesino.

Detened la sentencia. Mandad a los hombres del obispo al Bealach nan Sgàil, adonde vamos, antes de que lleguen los del barón.

Os lo pide la niña que dejaron en la puerta de Santa Bríd envuelta en una manta, con un salterio, y que os vio el anillo cuando tenía doce años.

Elspeth.

La letra era redonda, pequeña, limpia. Las eses con un rizo corto al final.

La misma mano que había visto trabajar en la posada de Rob el Gordo, con la lengua entre los dientes, antes de disfrazarse de arcediano.

La misma que había pintado el águila de San Juan.

La había visto trabajar. La reconocería en cualquier parte, en cualquier pergamino, con los ojos cerrados.

Y de golpe, sin querer, lo vio todo junto. Como se ve una página cuando uno se aparta del atril.

Los dedos manchados de tinta fresca, en la cabaña del barquero. La orilla al alba. «Laudes. Con un fraile que rezaba muy alto.» El fraile que se iba hacia el este a paso ligero. «Tengo que decirte una cosa.» «Dímelo luego.» Las lágrimas en lo alto del broch. «En la roca. Te lo digo en la roca.»

Había dormido contra su pecho. Con la carta ya en camino.

No sintió rabia. Todavía no. Sintió otra cosa, más fría y más quieta, como cuando se abre una puerta en invierno. Sintió que algo se le soltaba por dentro y se le iba, igual que el jinete se había ido por el río: sin ruido, dando una vuelta, hacia la niebla.

Varenne lo miraba, esperando algo. Un grito. Una maldición. Niall no le dio nada. Varenne pareció decepcionado. Dobló la carta y la guardó.

Entonces sonó el cuerno.

Arriba, en la cresta. La nube que tapaba la torre se había rasgado, y desde la plataforma de madera alguien había visto jinetes con el halcón en el fondo del paso. Tres toques largos. Luego otros tres. Rebotaron en las paredes de piedra como si hubiera diez cuernos.

Los sargentos se miraron entre ellos. Uno se santiguó.

—Sire —dijo otro—. Eso es Glen Dubh. Si bajan...

—Ya sé lo que es. —Varenne apretó la mandíbula—. Subidlo al caballo. Nos vamos.

Lo levantaron entre dos. La costilla le hizo ver chispas. Lo llevaron hasta el caballo castaño de Varenne y lo echaron atravesado sobre la grupa, detrás de la silla, boca abajo, como se lleva un ciervo, con la cabeza colgando a un lado y los pies al otro.

Antes de que lo ataran, Niall levantó la cabeza.

Miró hacia las peñas. Hacia las dos rocas apoyadas una en otra, con su hueco negro del ancho de un hombro. No se veía nada dentro. Musgo. Sombra. Nada.

Habló alto. Con toda la voz que le quedaba, que no era mucha, con el pecho lleno de piedras.

—Juré llevarte viva a Glen Dubh.

Varenne, que ya montaba, se volvió en la silla.

—¿Con quién hablas?

Niall no le contestó. Tomó aire, a trozos, lo que pudo.

—Sube. Está a una hora.

Le bajaron la cabeza de un empujón y apretaron las cuerdas. El caballo arrancó.

Y no volvió a mirar.