Capítulo 37. Casi
Elspeth conocía aquella pluma.
No esa, exactamente. Otra igual, clavada en un árbol a la altura de los ojos, junto a un ciervo joven con una flecha en el cuello. Niall la había arrancado sin decir nada, y ella había visto cómo se le quedaba la cara: como se queda la cara de un hombre que lee su nombre en una lista.
Esta estaba encajada en la grieta de la roca con cuidado, como se mete un marcapáginas.
Alguien los esperaba.
No, se corrigió. Alguien los había esperado. Había estado allí, de pie en aquella misma piedra, y había dejado aquello para que lo vieran. Para que supieran que sabía.
Y la pregunta llegó sola, como llegan las erratas: cuando la página ya está seca y no hay forma de rasparla.
¿Cómo lo sabía?
El mensaje de Niall. El muchacho de Morag. La cifra de los hermanos, que el Cuervo leía como ella leía el latín. Sí. Podía ser eso. Tenía que ser eso.
O una carta en letra redonda, la mejor que tenía, que decía el nombre del paso con todas sus letras. «Bealach nan Sgàil.» Lo había escrito despacio, cuidando la tilde, para que no hubiera error.
Se le fue la sangre de la cara. La sintió irse, fría, hacia los pies.
Niall estaba de espaldas a ella, mirando la pluma sin tocarla. Tenía una flecha puesta en la cuerda y los hombros tensos. Movía la cabeza despacio, a izquierda y derecha, como un perro que ha olido algo y todavía no sabe qué.
«San Pedro negó tres veces antes de que cantara el gallo», pensó Elspeth. «Yo llevo dos. Y en este valle no canta nadie.»
—Niall.
—Calla.
—No. Escúchame. Tengo que decírtelo ahora.
Él no se volvió. Levantó una mano, pidiendo silencio, sin dejar de mirar las peñas de la izquierda, donde la niebla se estaba deshaciendo a jirones.
Elspeth dio un paso hacia él. Apretó el libro. Las palabras las tenía hechas desde la madrugada, ordenadas, con su principio y su súplica, y ahora se le desordenaban todas en la boca.
—Niall, anoche no... Ayer. Ayer por la mañana, yo...
El grito vino de las peñas.
Un grito de hombre, en la lengua de los normandos, corto, de mando.
Y después, todo a la vez: cascos sobre piedra mojada, el tintineo de las cotas, un caballo que relinchaba.
De detrás de las rocas, donde la niebla todavía era espesa, salieron jinetes.
Uno, tres, seis. Cota de malla. Capas grises. En un escudo, el halcón negro.
Niall se volvió, la agarró del brazo y tiró de ella.
No fue delicado. La arrastró tres pasos por los guijarros hasta la pared de peñas que cerraba la orilla, donde dos rocas grandes se habían apoyado una en otra hacía mil años y habían dejado entre ellas un hueco. Estrecho. Negro. Olía a musgo y a zorro.
—Dentro.
—Niall...
—Dentro, Elspeth. Con el libro.
La metió él mismo, empujándola de los hombros. La piedra le raspó la cara, la espalda, las rodillas. El hueco se torcía hacia dentro y hacia arriba, y al fondo había sitio para estar de pie, encogida, con el libro contra el pecho.
Santa Tecla, huyendo de los que la perseguían, se había metido en una roca que se abrió para ella y se cerró detrás. Aquella no se cerraba. Aquella tenía una boca del ancho de un hombro.
Él se agachó en la boca de la grieta. Tenía la cara muy cerca de la suya. Los ojos grises, tranquilos. Más tranquilos que nunca.
—No salgas. Pase lo que pase. Aunque me veas en el suelo. Sobre todo si me ves en el suelo.
—No puedes...
—Juré llevarte viva. —Le puso la mano en la mejilla, en el moratón amarillo, un instante—. Déjame cumplir, escriba.
Y se fue.
«Escriba», pensó ella, estúpidamente, con la piedra clavándosele en la espalda. Se lo decía siempre en el mismo tono. Nunca le había preguntado por qué.
Elspeth pegó la cara a la abertura. Veía un trozo de orilla, la roca partida, el río y un pedazo de niebla. Por ese trozo de mundo pasó todo.
Niall no corrió. Se plantó delante de la roca de Ewan, con los pies separados, y tiró.
La primera flecha salió antes de que ella la viera salir.
Un caballo gris se levantó sobre las patas traseras y el jinete se fue por la grupa, y se levantó cojeando, y ya no volvió a subir.
La segunda dio en un escudo, con un ruido seco de hacha en un tronco.
La tercera, en algún sitio que Elspeth no vio, y alguien gritó y siguió gritando, cada vez más lejos.
Los jinetes se abrieron. Eran ocho, contó.
No. Nueve. Uno más grande que los otros, en un caballo castaño enorme, con la cabeza descubierta y el pelo rubio pegado a la frente, gritando órdenes con una voz de cuartel que Elspeth había oído una vez, metida hasta el cuello en una turbera, diciendo que a la monja la colgarían junto al traidor.
Varenne.
—¡MacRannoch! —rugió el normando—. ¡Suelta el arco y te colgamos entero! ¡El barón te quiere con las dos piernas!
—¡El barón ya me tiene una horca de roble! —le contestó Niall, con otra flecha en la cuerda—. ¡No me hagáis despreciársela por una lanza!
Uno de los jinetes se rio. Varenne no.
Niall tiró otra flecha. Y otra. Luego tiró el arco al suelo, porque ya los tenía demasiado cerca, y sacó la espada del sargento muerto.
Elspeth se mordió la mano. Le temblaba todo. Quería salir. Quería gritar. Quería tener un arco, una espada, un caldero de agua hirviendo como la hermana Morag.
Tenía un raspador. Y un cinturón.
Dejó el libro en un saliente seco de la piedra, a la altura del pecho, con el mismo cuidado con que lo había dejado en el broch. Luego se desató el cinturón.
Buscó en el suelo de la grieta, a tientas, y encontró una piedra del tamaño de un huevo de gallina, lisa, fría. La metió en el lazo. Lo había hecho mil veces en el huerto de Santa Bríd, espantando cuervos de las coles. Lo había hecho en la cresta.
Un jinete estaba rodeando la roca por detrás, despacio, con la lanza baja, hacia la espalda de Niall, que peleaba con dos a la vez.
Elspeth sacó el brazo por la grieta, hasta el hombro. Hizo girar el cinturón una vez, dos, contra la piedra, raspándose los nudillos. Soltó.
La piedra le dio al caballo en el morro. El caballo chilló, se revolvió, tiró la lanza del jinete hacia un lado. Niall se volvió a tiempo. Elspeth no vio lo que pasó después, porque el jinete se había quedado mirando hacia las peñas. Hacia la grieta.
La había visto. O había visto el brazo.
Hizo girar el caballo hacia ella.
Elspeth metió el brazo dentro y se pegó al fondo, junto al libro, con el raspador en la mano, con el corazón latiéndole en los dientes. Oyó los cascos acercarse. Uno. Dos. Oyó al jinete llamar a otro.
Y entonces oyó a Niall.
Estaba en medio de la orilla, lejos de la grieta, lejos de ella, con tres hombres alrededor y la espada en alto. La levantó más todavía. Tenía sangre en la cara, no supo de quién. Se le había caído la capa. Se quedó un momento así, quieto, con el brazo arriba, a la vista de todos.
Luego echó atrás la cabeza y gritó. Un grito que rebotó en las paredes del paso y subió hasta la niebla, hasta la torre que no se veía, hasta el cielo lavado.
—¡Dorcha!
Y todos los jinetes de la orilla se volvieron hacia él.