LA NOVICIA Y EL HIGHLANDER TRAIDOR (AMORES PROHIBIDOS DE LAS HIGHLANDS nº 1) Capítulo 36. Amanecer en el paso
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Capítulo 36. Amanecer en el paso

No le preguntó por qué lloraba. Se lo preguntó después, a media ladera, cuando ella ya se había secado la cara con la manga y caminaba delante con la nariz roja y la espalda muy recta.

—Es el sol —dijo Elspeth sin volverse—. Me hace cosquillas.

Niall no insistió. Se lo había ganado.

Bajaban por el lado del otero hacia el río, por un sendero de ovejas que la tormenta había convertido en arroyo.

El aire olía a tierra abierta y a brezo mojado.

Arriba, el cielo estaba limpio. Abajo, en el fondo del valle, la niebla se había quedado a dormir sobre el agua, espesa, blanca, a la altura de un hombre a caballo.

Era como bajar a meterse en un lago de lana.

A la derecha, las paredes del paso se levantaban de la niebla como dos hombros negros. La torre vigía, allá arriba, no se veía. Una nube baja se había enganchado en la cresta y la tapaba entera.

Niall se paró al borde de la niebla. Escuchó.

Nada.

Eso era lo raro. A esa hora, en un valle así, después de una tormenta, los mirlos armaban un escándalo de feria en los espinos.

Las chovas se peleaban en las peñas. Siempre había algún cuervo quejándose de algo.

Aquella mañana no cantaba nada. El agua del río, sí, gorda y marrón, gruñendo entre las piedras. Pero ni un pájaro.

—¿Qué pasa? —preguntó Elspeth.

—Nada. Los pájaros se han quedado dormidos.

—Los pájaros no se quedan dormidos. Se quedan callados cuando hay un gato.

Niall la miró. Estaba pálida desde el alba, más pálida que en la nieve, y apretaba el libro contra el pecho con las dos manos. Llevaba toda la mañana callada. Él lo había achacado al llanto, a la noche, a lo que había pasado y a lo que no.

—Puede que haya un gato —dijo.

Olfateó el aire. Brezo. Agua. Y debajo, muy débil, algo más.

Humo de turba. No de una chimenea: de una hoguera pequeña, mal apagada, de las que se hacen en un hoyo para no ser vistas.

Venía de la izquierda, del otro lado del río, de una hondonada donde en verano había una majada de pastores y en noviembre no debería haber nadie.

«Pastores rezagados», se dijo. «O la guardia de la torre, que ha bajado a buscar leña. O Torquil.»

Torquil.

Había escrito el mensaje en la cocina de la hermana Morag, a la luz de una vela de sebo, con Eachann comiéndose una torta a su lado.

Lo había escrito en la cifra, porque era la única que su hermano leería sin dudar.

Y como la cifra ya no era solo de los tres, había puesto el lugar de forma que solo un hermano pudiera entenderlo.

«El día veinte. Donde Ewan perdió el diente.»

El muchacho había salido al alba del dieciséis. Por el camino de los pastores, tres días. Ayer, como muy tarde, Torquil habría tenido gente en la roca. Fingal, seguramente. Fingal era de los que llegan un día antes y se sientan a esperar con cara de haber llegado tarde.

Y no había nadie. Ni una señal en las peñas. Ni un cuerno. Ni un pastor con un plaid verde y negro fumando al pie del paso.

Llegaban un día tarde, por la tormenta. Pero Torquil no se iba de un sitio por un día. Torquil esperaba como esperan las piedras, sin moverse y sin quejarse, hasta que el que tenía que llegar llegaba o se moría.

Un día tarde. Niall sintió una punzada vieja, conocida, debajo del esternón. La de Strath Aird. La de un aviso cifrado que llegó a Dun Dorcha cuando Cormac MacKerron ya estaba enterrado.

«Otra vez», pensó. «Siempre un día.»

—¿Dónde perdió Ewan el diente? —preguntó Elspeth.

—En el río. Aquí abajo. —Señaló con la barbilla hacia la niebla—.

Hay una roca grande en la orilla, con medio cuerpo metido en la corriente, partida en dos.

Ewan tenía nueve años y le apostó a Torquil un cuchillo a que saltaba desde la roca a la otra orilla.

No saltó lo bastante. Se dio con la cara en la piedra y perdió el diente de delante.

—Pobre.

—No lo compadezcas. Durante un año contó que se lo había arrancado un salmón. Todavía lo cuenta. El salmón cada vez es más grande.

Elspeth no sonrió. Eso tampoco era normal.

—¿Y Torquil?

—Lo cargó a la espalda hasta casa. Una legua. Ewan sangrando por la boca y cantando. —Niall se colgó bien el arco—. Por eso lo elegí. Nadie más que un hermano sabe dónde está esa roca. Ni siquiera mi madre; a ella Ewan le echó la culpa a Torquil y nunca le dijo dónde.

«Nadie más que un hermano», pensó. «O alguien que ha comido en nuestra mesa.»

No lo dijo en voz alta.

Antes de meterse en la niebla, se volvió hacia ella.

—Ayer querías decirme algo. En el broch.

Elspeth se detuvo. Se le movió la garganta, como si tragara algo que no pasaba.

—En la roca —dijo—. Te lo digo en la roca.

—¿Tan malo es que necesitas una roca?

—Necesito que estemos en tu casa. Para que no puedas dejarme en el camino.

Lo dijo sin sonreír. Niall pensó que era una broma. Decidió que era una broma.

Entraron en la niebla.

Dentro, el mundo se encogía hasta caber en diez pasos.

Los espinos salían de la nada como fantasmas con las manos abiertas.

El ruido del río crecía. Niall buscó el vado de arriba, el de las piedras planas, a doscientos pasos de la roca, porque siempre, desde niño, llegaba a la roca por ese lado.

Y porque el agua borra los rastros, y en once días había aprendido a no dejar ninguno que pudiera borrar.

El vado estaba más alto que nunca. El agua bajaba marrón, rápida, con espuma sucia.

—Súbete.

—¿Qué?

—A mi espalda. Con el libro. No sabes nadar, y aquí no hay tronco ni cuerda de juncos.

Ella lo miró como se mira una indecencia. Luego se colgó el libro a la espalda con el hábito viejo, le echó los brazos al cuello y se subió. Pesaba poco. Pesaba menos que el ciervo.

El agua le llegó a los muslos y luego a la cintura, y estaba tan fría que durante un momento le borró las piernas. Tanteó cada piedra con el pie. Ella no dijo nada. Le respiraba en la oreja, corto, rápido.

—San Cristóbal —dijo él, entre dientes— cruzó un río con un niño a cuestas. Y el niño pesaba como el mundo entero.

—Yo no peso como el mundo entero.

—No. Pero hablas más.

Salió por el otro lado con las piernas de madera. La dejó en la hierba. Ella se desenganchó el libro de la espalda y lo miró, lo palpó, le quitó una gota del cuero con la manga.

Siguieron río abajo, por la orilla del paso. La niebla empezaba a levantarse a jirones. A la izquierda, las peñas. A la derecha, el agua.

Y delante, grande, gris, partida en dos por una grieta negra, la roca.

No había nadie.

Niall se acercó despacio, con una flecha en la cuerda sin darse cuenta de cuándo la había puesto.

La roca estaba mojada, con musgo en la base y una mancha blanca de excrementos de garza en lo alto.

Recordaba el sitio exacto donde Ewan se había dado con la cara: un canto a la altura de la cintura, gastado por el agua.

Justo encima, en la grieta que partía la roca, había algo metido. Atravesado, bien encajado, para que la corriente no se lo llevara.

Una pluma negra.

Larga, brillante, de cuervo. Como la del árbol, junto al ciervo muerto. Como una firma.