LA NOVICIA Y EL HIGHLANDER TRAIDOR (AMORES PROHIBIDOS DE LAS HIGHLANDS nº 1) Capítulo 35. Tormenta en el broch
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Capítulo 35. Tormenta en el broch

Conocía la palabra.

La decían las mujeres del huerto de Santa Bríd, las legas que venían de las aldeas a escardar coles y hablaban entre ellas en la lengua de las montañas creyendo que las novicias no las entendían.

Se la decían a los niños que traían atados a la espalda.

A las gallinas que ponían bien. La hermana portera se la decía al gato, cuando creía que nadie la oía, y el gato ni siquiera se volvía.

M'eudail. Mi tesoro.

A Elspeth no se la había dicho nunca nadie.

Ni en gaélico ni en latín ni en la lengua de los normandos.

La habían llamado hermana, hija, niña, la del salterio, la de la tinta.

Madre Ethna, en los días buenos, «criatura».

Tesoro, no. Los tesoros se guardan en cofres.

A ella la habían dejado en una puerta envuelta en una manta.

Se quedó muy quieta, con los ojos abiertos en la oscuridad, y dejó que la palabra se le posara encima como se posa el pan de oro sobre el bol: sin peso, sin ruido, y sin forma de quitarlo después.

Detrás de ella, Niall respiraba. Esperaba algo.

Ella lo notaba en el brazo que le rodeaba la cintura, tenso como la cuerda de su arco.

Luego, poco a poco, el brazo se aflojó. La respiración se alargó.

Se durmió él, y ella se quedó despierta, con la tormenta dando vueltas a la torre y el fuego muriéndose en el hueco de la escalera.

Pensó en la carta.

No quería. Llevaba todo el día intentando no pensar en ella, igual que se intenta no mirar una mancha en una página recién dorada. Y como siempre, cuanto más lo intentaba, más grande se hacía la mancha.

Doce líneas. Las sabía de memoria. Las había compuesto como se compone un sermón, con su principio, su prueba y su súplica. Once hablaban de Niall. La última hablaba de ella.

Y allí, en la oscuridad, con el calor de él en la espalda, Elspeth se hizo por fin la pregunta que había esquivado la noche anterior mientras recortaba la pluma de ganso.

¿Para quién la había escrito?

Para salvarlo a él, se había dicho. Para que su padre detuviera la sentencia, mandara a los hombres del obispo, hiciera lo justo. Todo eso era verdad.

Pero había también una niña de doce años delante de un anillo verde, en el claustro, esperando que un hombre gordo con olor a clavo bajara la vista y la mirara.

Una sola vez. Que la viera. Y aquella niña había escrito la última línea con la mejor letra de todas, con más cuidado que las once anteriores juntas.

Elspeth cerró los ojos.

«Santa Inés tenía trece años», pensó, «y le dijo que no a un prefecto romano delante de todo el foro. Y yo tengo veintisiete y le he escrito a mi padre como una criada que pide que le suban el salario.»

Detrás de ella, Niall murmuró algo en sueños. Le apretó un poco la cintura. Luego volvió a aflojar.

Ella puso la mano sobre la de él. Sobre las costras de la muñeca, que se le iban cayendo, dejando debajo una piel nueva, rosada, demasiado fina.

Y entendió otra cosa. Más grande. Más sencilla.

Había elegido.

No aquella noche; él tenía razón en eso, pero se equivocaba en lo demás.

No había elegido besándolo en un broch en ruinas con la tormenta encima.

Había elegido mucho antes, sin darse cuenta, a trozos, como se elige todo lo importante.

Cuando bajó a la celda con el pan. Cuando le dijo «lo pinté yo, va conmigo».

Cuando se cortó el pelo con el raspador sin que le temblara la mano.

Cuando le cosió el brazo con puntos de encuadernadora y se quedó despierta toda la noche contándole la respiración.

En Candelaria le iban a dar un velo negro. Y ella no iba a estar allí para ponérselo.

Lo pensó así, con esas palabras, y esperó el miedo. No vino. Vino otra cosa, una especie de alivio cansado, como cuando se termina una página muy larga y se suelta la pluma y la mano se queda temblando.

No profesaría.

Pensó en Madre Ethna, encerrada en su propia celda por culpa de ella.

En cómo se lo diría. Ethna la escucharía con aquella mirada de águila, sin interrumpir, las manos metidas en las mangas.

Y al final diría algo seco, como «ya era hora» o «podías haberlo pensado antes de que gastara en ti tanto pergamino».

Y luego, quizá, cuando nadie mirara, le pondría la mano en la cabeza. Una vez. Como a los once años.

Podía decírselo. Solo tenía que volverse y despertarlo. «Ya lo he elegido. Con luz no, pero seca, más o menos.» Él se reiría. Le diría algo sobre las ortigas.

No lo despertó. Porque si le decía eso, tendría que decirle lo otro. Y lo otro no cabía en la misma frase.

La tormenta fue perdiendo fuerza pasada la medianoche. El viento dejó de aullar y se puso a gemir, y luego solo a soplar, y luego la lluvia volvió a caer derecha, como cae la lluvia decente. El fuego era ya un puñado de brasas.

De madrugada, en esa hora gris en que en el priorato tocaban a maitines, Elspeth se volvió.

Despacio. Le costó; la capa se enredaba y el libro estaba en medio. Quedó frente a él. Niall dormía con la boca un poco abierta y la frente arrugada, como si en sueños siguiera leyendo huellas. Tenía una hoja de ortiga seca enganchada en la barba.

Se la quitó. Él no se despertó.

—Niall —susurró.

Nada.

—Niall. Ayer, en la orilla del loch... el fraile... yo le di...

Él soltó un ruido que no era una palabra y le echó el brazo por encima otra vez, pesado, caliente, sin abrir los ojos. Como se echa el brazo sobre algo que es tuyo y que no quieres que se escape de la cama.

Elspeth se calló.

Lo miró dormir. Dos meses de celda y once días de huida, y ahora dormía como un niño, con una hoja de ortiga menos en la barba y la cabeza apoyada en una piedra que habían puesto unos hombres con mucho miedo.

«Déjalo», pensó. «Una noche. Que tenga una noche.»

Se lo diría en el paso.

Se quedó despierta hasta que el hueco de la torre se volvió gris.

Cuando abrió los ojos otra vez, él ya no estaba a su lado. Tenía la capa del sargento echada encima, remetida por los bordes, y el libro en los brazos. Oyó pasos arriba, en la escalera.

Subió. Descalza, con la capa por los hombros y el libro contra el pecho.

Niall estaba en lo alto del muro, de pie, con el arco a la espalda.

Había dejado de llover. El cielo estaba lavado, pálido, de un azul casi blanco, y abajo, en el valle, la niebla se arrastraba sobre el río como leche derramada.

Más allá, las dos montañas. El tajo. La torre de madera, que aparecía y desaparecía entre jirones blancos.

Él se volvió al oírla. Tenía la cara limpia de cansancio, como no se la había visto nunca. Sonreía.

—Hoy llegamos a casa —dijo.

Lo dijo sin más. Como quien dice que ha salido el sol.

Y Elspeth, que había nacido en una puerta y crecido en una celda, que no había tenido nunca una casa sino un sitio donde la habían dejado, se echó a llorar allí mismo, en lo alto del broch, con los pies descalzos en la piedra mojada y el libro en los brazos.

No supo por qué. No supo nada.

Solo que no podía parar.