LA NOVICIA Y EL HIGHLANDER TRAIDOR (AMORES PROHIBIDOS DE LAS HIGHLANDS nº 1) Capítulo 34. La noche que no fue
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Capítulo 34. La noche que no fue

A media tarde el chubasco se cansó de ser chubasco y se hizo tormenta.

Niall subió dos veces a lo alto del muro para mirar el valle.

La primera vez vio el río desbordado, marrón, arrastrando ramas y una oveja muerta con las patas al aire.

La segunda no vio nada: una pared de agua gris que empezaba a un brazo de distancia y no acababa nunca.

El viento le arrancó la capucha y casi le arranca la cabeza.

Bajó empapado hasta los huesos.

—No podemos bajar —dijo.

Elspeth estaba sentada en la cámara del muro, con el libro en el regazo, envuelto en el hábito viejo. No discutió. Eso lo preocupó más que la tormenta.

—El camino del paso va por la garganta del río —explicó de todos modos—. Con este agua y de noche, nos lleva el río antes de llegar. Y si llegamos, la guardia de la torre verá dos sombras subiendo a oscuras y hará lo que tiene que hacer una guardia con dos sombras.

—¿Qué tiene que hacer?

—Tirarles flechas. Yo mismo les enseñé a algunos.

—Qué ironía tan limpia. Casi parece copiada.

—Mañana al alba. —Se escurrió el pelo con las dos manos—. Mi hermano tiene sábanas. No se van a escapar.

La cámara del muro era demasiado pequeña para un fuego de noche y el humo verde de las ortigas los habría ahogado.

Se mudaron al hueco de la escalera, donde el muro exterior y el interior se juntaban en un rincón con techo de losas: allí la lluvia no llegaba y el viento pasaba por encima.

Niall encendió el fuego con lo que quedaba de los palos antiguos. Olía a humedad, a piedra, a siglos.

Hacía frío. Un frío de noviembre en lo alto de un valle, que no se iba con el fuego sino que se quedaba al lado, esperando.

Lo resolvieron sin hablar. Él extendió su capa en el suelo, sobre las losas. Ella se tumbó encima, de lado, con el libro entre los brazos. Él se tumbó detrás. Luego ella echó por encima la capa del sargento muerto, que era más grande, y los tapó a los dos.

Había dormido así en la nieve, camino de la cabaña. Pegados, para no morirse. Aquella vez no había pensado en nada. Aquella vez estaba demasiado ocupado en no perder los dedos de los pies.

Ahora pensaba en todo.

En el pelo corto de ella, a un palmo de su boca, que olía a humo y a lluvia. En la curva de su espalda contra su pecho. En su respiración, que no era la de alguien dormido.

—Tienes los pies helados —dijo ella.

—Es la única parte de mí que obedece a la Iglesia. Hace penitencia.

—Pues que la haga lejos de mis tobillos.

Él apartó los pies. Un momento después ella los buscó con los suyos y se los dejó encima, sin decir nada.

—¿Qué harás tú? —preguntó Elspeth, sin volverse—. Después.

—Lo que Torquil me deje.

—Eso no es una respuesta.

—Es la única que tengo. —Miró el fuego por encima del hombro de ella—.

Llevo cinco años siendo otro. El escriba del barón.

El traidor de los MacRannoch. En Castell Maubray me llamaban «el escocés que sabe latín», y tenía que reírme de sus chistes sobre escoceses.

Hay chistes muy malos sobre escoceses, Elspeth.

Me los sé todos. No sé si me acuerdo de cómo era Niall.

Supongo que tendré que preguntárselo a mi madre, cuando termine de escupirme.

Ella se volvió.

Fue despacio, por el poco sitio que había, con el libro apretado todavía entre los dos como un escudo pequeño y rojo. Quedaron cara a cara. A la luz del fuego tenía los ojos muy abiertos, grises, y una gota de lluvia en la ceja que no se había secado.

—Yo sí me acuerdo —dijo—. Es un hombre que me contó la muerte de San Quirino en un canal de molino para que no me ahogara de miedo.

—Eso lo contaste tú.

—Tú me dejaste contarlo. Es casi lo mismo.

No supo quién de los dos se movió primero. Ella, creyó después. O él. O ninguno, y fue la capa, que se deslizó.

La besó.

No fue como en la cueva, breve, torpe, con ella echándose atrás asustada.

Fue largo. Fue lento, como se hacen las cosas cuando hay toda una noche y una tormenta que no deja salir.

Ella dejó el libro entre las losas, a un lado, con cuidado, sin dejar de besarlo, y a Niall aquello, ese cuidado, le pareció lo más íntimo que le habían hecho nunca.

Luego le puso las manos en la cara, los dedos manchados de tinta en su barba recortada.

Él le recorrió la espalda con la palma abierta. Ella le apretó la camisa en el puño. El fuego crujía. Afuera, el viento daba vueltas a la torre como un lobo alrededor de un redil.

Y en algún momento, con la boca de ella en el cuello y las manos de él buscando el borde de una ropa que no era suya, Niall se detuvo.

No se apartó. Solo se quedó quieto, con la frente contra la de ella, respirando como si hubiera subido el broch corriendo.

—¿Por qué paras? —susurró Elspeth.

—Porque tú todavía no has decidido.

—Sí he decidido. Estoy aquí.

—Has decidido esta noche. —Le apartó el pelo de la frente con dos dedos—. En Candelaria te esperan con un velo. No sé si vas a ir o no. Tú tampoco lo sabes. Y no quiero ser la razón por la que no vayas. Quiero que, si no vas, sea porque tú lo has elegido. Con luz. Seca.

Ella lo miró largo rato. Tenía los labios hinchados y la respiración rota.

—Eso es lo más decente que me ha dicho nadie en mi vida —dijo al fin.

—Lo sé.

—Y te odio un poco por decirlo.

—Eso también lo sé.

Elspeth apoyó la cara en su pecho. Él sintió cómo se le aflojaba el cuerpo contra el suyo, poco a poco, con una lentitud que le costaba más que cualquier otra cosa de aquella noche.

—San Benito —murmuró ella contra su camisa— se tiró desnudo a un zarzal para quitarse las tentaciones.

—¿Y funcionó?

—Fundó una orden. Supongo que sí.

—En el patio hay ortigas. Si quieres, voy.

La oyó reírse contra su pecho, una risa sin ruido que le movía los hombros. Después se quedó quieta.

Niall recogió la capa del sargento y los volvió a tapar. Puso el libro entre los dos, otra vez, donde ella pudiera tocarlo. Le pasó el brazo por encima.

—Duérmete, escriba.

No sabía cuándo había empezado a llamarla así.

En la posada, quizá, viéndola falsificar el sello del arcediano a la luz de una vela con la lengua entre los dientes.

Lo decía siempre en el mismo tono, y ese tono se lo había oído a su padre una sola vez, hablándole a su madre, cuando creía que los niños dormían.

Ella no contestó.

Él se quedó despierto, mirando el fuego, oyendo la tormenta. Pensó en lo que ella le había querido decir a mediodía. «Dímelo luego», le había contestado. Mañana se lo preguntaría. En el paso. Con la torre a la vista, todo lo que ella quisiera contarle pesaría la mitad.

El fuego bajó. La respiración de ella se hizo más larga, más lenta. Niall esperó hasta estar seguro. Luego inclinó la cabeza hasta que la boca le rozó el pelo corto, detrás de la oreja.

—M'eudail —dijo, muy bajo, en la lengua de su madre.

Mi tesoro. Nunca se lo había dicho a nadie.

Elspeth no se movió.

Pero dejó de respirar como respiran los que duermen.