Capítulo 33. Lo que no digo
El chubasco llegó por el valle como llega un rebaño: primero el ruido, luego el olor, luego todo encima.
Bajaron corriendo la escalera del broch. Niall encontró, a media altura, una abertura en el muro de dentro: una cámara estrecha metida en el grosor de la piedra, donde cabían dos personas si no pretendían estirarse. Los hombres con mucho miedo habían pensado en todo. Hasta en la lluvia.
Hicieron fuego con las ortigas secas del patio y unos palos negros del hogar antiguo que llevaban allí quién sabía cuántos siglos esperando que alguien los quemara. Ardían mal y humeaban mucho. Niall cortó tiras del ciervo con el cuchillo del sargento y las ensartó en dos flechas.
—Son flechas —dijo Elspeth.
—Son asadores con plumas.
—Si San Sebastián te viera...
—San Sebastián tenía más flechas que yo y ninguna la usó para comer. Eso es falta de imaginación.
Comieron con los dedos. La carne estaba quemada por fuera y cruda por dentro, y Elspeth pensó que no había probado nada tan bueno desde la cerveza de la hermana Morag. Afuera el agua caía por el hueco central de la torre como por un pozo al revés.
Niall apoyó la cabeza contra la piedra y cerró los ojos. Tenía las piernas dobladas contra el pecho porque no había sitio, y la barba recortada le brillaba de lluvia.
—Esta tarde, cuando cruces el paso —dijo sin abrirlos—, lo primero que verás será la torre. Negra. Metida en el loch hasta las rodillas. Y la niebla subiéndole por las piernas como a una vieja que no se decide a meterse en el río.
Elspeth se rio. No pudo evitarlo.
—Eso no se dice de la casa de uno.
—Uno dice de su casa lo que quiere. Los demás, no. —Abrió un ojo—. Si mi madre te oye reírte de su torre, te echa al loch.
—Tú te has reído primero.
—Yo ya estoy maldito. A mí el loch me devuelve.
Ella se quedó mirándolo mientras volvía a cerrar el ojo.
Le había cambiado la cara en aquellos días.
En la celda era una cara de hueso, sucia, con la barba de un muerto.
Ahora tenía color en los pómulos, una herida cosida con puntos de encuadernadora en el brazo y una forma de sonreír de medio lado que no le había visto nunca. La cara de un hombre que vuelve a casa.
Y ella llevaba en la manga, desde anoche, el hueco de una carta.
—Niall.
—Mm.
—Tengo que decirte una cosa.
Él abrió los dos ojos. La miró con esa atención quieta que ponía en todo, en las huellas, en las cuerdas del arco, en ella.
—¿Otra? —dijo—. Anoche me dijiste que tu padre es arcediano. No sé si aguanto más. ¿Qué es tu madre, abadesa?
Elspeth soltó una risa que le salió por la nariz. Y con la risa se le fue el valor, entero, como se va el agua de un cántaro roto.
—No sé quién es mi madre.
—Entonces puede ser abadesa. —Niall volvió a apoyar la cabeza—. Dímelo luego. Cuando esté seco. Las malas noticias, secas, pesan la mitad.
Se quedaron callados. La lluvia seguía. El fuego escupía humo verde.
Elspeth pensó en fray Anselm, en su paso ligero de hombre que lleva algo que pesa poco.
Pensó en la frase de Niall de la noche anterior: «No lo esperes».
Pensó en su padre subiendo al púlpito de Santa Bríd, con el anillo verde y el perfume de clavo, a pronunciar su nombre para excomulgarla.
La primera vez en veintisiete años que lo pronunciaba.
Y aun así.
Una cosa era callar desde lejos. Otra cosa era tener en la mano una carta de tu hija, con su letra, diciéndote la verdad.
Un hombre podía ser cobarde durante años, pero había verdades que no se podían tener en la mano sin que quemaran.
Lo decían todas las vidas de santos. Era para eso para lo que se escribían.
«Todas las vidas de santos», pensó otra voz dentro de ella, una voz que se parecía demasiado a la de Madre Ethna, «las escriben los que ganaron.»
—Cuando lleguemos —dijo Niall de pronto—, Torquil mandará aviso al obispo de Moray. No al arcediano; al obispo. Es viejo y dicen que es honrado, que en estos tiempos es casi un defecto. Habrá una indagación de verdad. Tú contarás lo que encontraste en el libro. Yo contaré lo demás.
—¿Y después?
—Después el barón tendrá un invierno muy largo. —Se frotó las muñecas, donde las costras se le iban cayendo a trozos—. Y tú volverás a Santa Bríd, con Madre Ethna, a tu scriptorium. Y en Candelaria profesarás, y te darán un velo negro, y pintarás águilas para los obispos hasta que tengas mi edad.
Lo dijo sin mirarla. Como quien lee en voz alta un documento que no ha escrito.
Elspeth dejó la flecha con la tira de carne encima de una piedra.
—¿Quieres que vuelva?
Niall no contestó.
El fuego chasqueó. Afuera, un cuervo de verdad, negro y grande, se posó en el borde mellado del muro, miró dentro, decidió que allí no había nada que le interesara y se fue.
—Te he hecho una pregunta.
—Ya lo sé.
—Juraste no mentirme.
—No te estoy mintiendo. Te estoy dejando sin respuesta. Es distinto; lo sabe cualquier escriba de un barón. —Se volvió, por fin, y la miró—. Si no fueras a ser esposa de Dios, Elspeth, te pediría que fueras la mía. Eso sí te lo puedo decir. Lo otro, no, porque no es mío.
Lo dijo sin adornos, con la voz de siempre, seca, de hombre que se ha acostumbrado a decir las cosas importantes como si fueran la cuenta de la leña.
A Elspeth se le paró algo en el pecho. Luego volvió a arrancar, torcido, demasiado deprisa.
Hizo lo que hacía siempre cuando algo le dolía o le gustaba demasiado. Buscó un santo.
—Dios tiene muchas esposas —dijo—. Estoy segura de que no lleva la cuenta.
Niall se echó a reír. Una risa ronca, cansada, que rebotó en la piedra de la cámara y salió por el hueco de la torre y seguramente asustó al cuervo, donde estuviera.
—Eso es blasfemia, hermana.
—Es aritmética. Hay cientos de monasterios. Si faltara una, tendría que ponerse a contar, y Dios tiene cosas mejores que hacer. El barón, por ejemplo.
Él dejó de reírse. Pero no dejó de mirarla. Y luego, sin decir nada, alargó la mano por encima del fuego pequeño y le cogió la suya. La de los dedos manchados.
No la apretó. Solo la tuvo. Tenía la palma dura del arco y los dedos largos de escribiente, y estaba caliente, y a Elspeth le pareció que nunca le habían cogido la mano así. A los cinco años se la había cogido Madre Ethna para enseñarle a sostener la pluma. Era lo más parecido. No se parecía nada.
Se miraron por encima del humo verde.
«Díselo», pensó. «Ahora. Con su mano en la tuya. Dile lo del fraile, lo de la carta, lo del Bealach. Dile que has hecho una cosa que quizá esté bien y quizá no. Él sabrá qué hacer.»
Pero él le tenía la mano cogida y la miraba de aquella forma, y afuera llovía, y por primera vez en once días no los perseguía nadie. Y ella no quería que él le soltara la mano.
Solo un poco más.
Se lo diría en el paso. Con la torre a la vista y la prueba a salvo, cuando ya no pudiera cambiar nada y él pudiera, como mucho, enfadarse. Se lo diría en cuanto pisaran la roca de Glen Dubh.
Lo decidió con la misma firmeza con que, a los doce años, había decidido no volver a mirar al arcediano a la cara.
Tampoco aquello lo había cumplido nunca.