Capítulo 32. El broch
Llovía de lado, como llueve en los valles que lo conocen a uno desde niño y no se molestan en disimular.
Niall llevaba el cuarto de ciervo al hombro, envuelto en la arpillera de Iomhar, y el arco colgado a la espalda con la cuerda metida bajo la camisa para que no se mojara. El agua le entraba por el cuello y le salía por los zapatos. Le daba igual. Hacía una hora que había visto el monte.
Estaba a la izquierda del valle, con la cumbre partida en dos como una silla de montar.
Su padre lo llamaba la Silla del Obispo, porque, decía, era el único sitio de las Highlands donde ningún obispo se había sentado nunca.
Niall lo había visto por última vez a los catorce años, desde el otro lado, cuando volvían de una feria de ganado con dos terneros y un ojo morado de Ewan.
Al pie del monte, una cascada. Allí los había llevado Alasdair a pescar truchas con las manos.
Torquil había pescado tres. Ewan, ninguna.
Niall se había caído al agua y había salido con una trucha metida en la camisa sin saber cómo, y su padre se había reído tanto que tuvo que sentarse en una piedra.
Llevaba años sin acordarse de aquella risa. Ahora la tenía entera, con el ruido del agua y todo.
—Estás sonriendo —dijo Elspeth, detrás de él.
—Es la lluvia. Me hace cosquillas.
—Llevas una hora sonriendo. Da un poco de miedo. Pareces un mártir en la parrilla que acaba de acordarse de un chiste.
Niall se volvió. Ella caminaba con la capa del sargento muerto echada sobre la cabeza y el bulto del libro apretado contra el pecho, como siempre, como si fuera un niño que pudiera escaparse.
Tenía la cara mojada y la nariz roja. El moratón de la mejilla se le había vuelto amarillo, del color de las hojas de abedul que pisaban.
—Conozco este valle —dijo él—. Esta noche estarás oyendo a mi madre.
—¿Y qué dirá tu madre?
—Primero me escupirá en los pies. Luego, quizá, me dé de comer. Por ese orden. —Se colocó el ciervo en el otro hombro—. Es una mujer de costumbres.
—¿Y a mí?
—A ti te mirará de arriba abajo como se mira una vaca en la feria. Después dirá algo desagradable sobre tu pelo. —Lo pensó—. Y después te dará un sitio junto al fuego, porque no soporta ver a nadie mojado en su salón. Le parece una falta de respeto.
Elspeth se rio. Fue una risa corta, que se le cortó sola.
Niall se lo notó. Llevaba notándoselo desde la barca. A ratos hablaba y a ratos se quedaba callada, y en los silencios se volvía a mirar hacia el este, hacia el loch que habían dejado atrás, como si se hubiera olvidado algo en la orilla.
—¿Qué miras?
—Cuento los pasos que llevamos. Para saber cuántos nos faltan.
—Te faltan muchos. Mira hacia delante; se cuentan igual.
Siguieron. El valle se estrechaba. A los lados, laderas de brezo muerto y piedra gris, y arriba, las nubes arrastrándose sobre las cumbres como ovejas perezosas.
—Háblame de tu casa —dijo ella—. De verdad. No de tu madre.
Niall caminó un rato sin contestar. No porque no quisiera. Porque llevaba cinco años sin hablar de su casa en voz alta, y se le había olvidado cómo se hacía.
—Hay un loch —dijo al fin—. Negro. No por el agua; el agua es como todas.
Por el fondo, que es turba. Y cada mañana, antes de que salga el sol, sube la niebla.
Negra también, o eso parece. Mi madre dice que es una maldición y que se lleva a una novia en cada generación.
Mi padre decía que era el aliento del loch.
—Se encogió de hombros—. Yo creo que es niebla.
Pero no se lo digas a nadie allí; me colgarían antes que el barón.
—¿Y quién más hay?
—Torquil. Ya sabes cómo es.
—Sé cómo es según tú. Grande y callado.
—Eso es todo lo que hay que saber de Torquil.
—Sonrió—. Está Rhona, a la que enseñé a tirar y que ahora tira mejor que yo, lo cual no le perdonaré nunca.
Está Calum, un muchacho pelirrojo al que Beathag crio y que se ha caído de todos los caballos de Glen Dubh.
De todos. Cuando yo me fui, le quedaban dos por probar.
—¿Y Ewan?
—Ewan se ha casado.
—Eso es bueno.
—Con una mujer que capitanea barcos. De una isla.
—Niall negó con la cabeza, todavía incrédulo—.
Me enteré en Castell Maubray, en la mesa del barón.
El barón rompió una jarra contra la pared cuando se lo contaron.
Fue la única vez en cinco años que tuve que morderme la mejilla por dentro para no reírme.
Elspeth soltó una carcajada de verdad, esta vez entera, y la lluvia se la llevó valle abajo.
—Tu familia —dijo— es un milagro de San Nadie.
—Mi familia es una vida de santo con demasiados pelirrojos y ningún santo.
Al mediodía, o lo que en noviembre pasaba por mediodía, el valle hizo un recodo y Niall vio el broch.
Estaba sobre un otero, a la derecha del camino, dominando el río. Una torre redonda de piedra seca, sin argamasa, ancha abajo y estrecha arriba, como un cubo de ordeñar puesto del revés. Le faltaba medio lado. El resto seguía en pie por testarudez.
—¿Qué es eso?
—Una casa muy vieja.
—¿Quién la hizo?
—Los pictos, dice Domhnall, nuestro bardo. Los gigantes, dice mi madre. —Niall empezó a subir por el otero—. Mi padre decía que unos hombres con mucho miedo. Es la explicación que más me gusta.
La puerta era baja; tuvieron que agacharse. Dentro, entre los dos muros, subía una escalera de losas, estrecha, pegada a la curva de la torre, sin baranda y sin techo encima. Olía a musgo y a oveja. En el patio central había ortigas secas y los restos de un hogar.
Subieron. Elspeth delante, con el libro, y él detrás, con el ciervo, por si ella resbalaba. No resbaló. Subía como subía las escaleras del priorato, supuso Niall: contando los escalones en voz baja, en latín.
Arriba, el muro se acababa en un borde mellado a la altura del pecho. El viento les dio en la cara. La lluvia amainó un poco, como si el cielo también quisiera ver.
Delante se abría el valle, largo, gris, con el río brillando en el fondo como una costura de plata. Y al final, donde las dos montañas se juntaban, había una muesca. Un tajo en la piedra, estrecho, oscuro.
El Bealach nan Sgàil.
Niall se quedó quieto. Le pareció que el corazón le latía en la garganta, en las muñecas, en la herida del brazo, en todas partes a la vez.
En lo alto del tajo, en la cresta, pequeña como una astilla clavada en el borde del cielo, había una torre de madera.
La conocía. La había ayudado a levantar a los dieciséis años, cargando troncos con Fingal y maldiciendo con él. Tenía los postes de pino del bosque de Glen Dubh y una plataforma arriba con un cuerno colgado de un clavo. Desde allí se veía todo lo que entraba en el valle. Todo lo que salía.
Nunca le había parecido tan bonita una cosa tan fea.
—¿Es eso? —preguntó Elspeth en voz baja.
—Eso es.
Ella se apoyó en el muro a su lado. Tenía la capucha caída y el pelo corto pegado a la frente. Miraba la torre con los ojos grises entornados, como miraba las letras difíciles.
Niall pensó que debería decir algo solemne. Algo que estuviera a la altura. No se le ocurrió nada. Cinco años de mentiras y lo único que le salía era una tontería.
—Esta noche dormirás en una cama con sábanas —dijo—. Y yo, probablemente, en una mazmorra de mi hermano. Pero con sábanas.