Capítulo 31. Tinta fresca
La carta pesaba lo que pesa una hoja doblada en cuatro, y Elspeth llevaba toda la noche sintiéndola en la manga como si fuera una piedra.
La había escrito de madrugada, a la luz de las brasas, mientras Niall y el viejo Iomhar roncaban.
La tinta del cuerno de Morag, hollín con una gota de cerveza, porque la cerveza fija el negro.
La pluma de ganso, recortada con el raspador.
La tira de pergamino que había guardado en el hospital de San Fillan.
Doce líneas. Letra pequeña, redonda, la mejor que tenía.
La letra de los libros que se regalan a los obispos.
Antes había venido la conversación junto al fuego. El salterio, la manta, el anillo verde. Niall escuchando sin interrumpir, y luego diciendo lo que ella sabía que iba a decir: «No lo esperes».
Y después, cuando ella ya fingía dormir, él se había despertado y le había mirado los dedos.
No había preguntado. Ella tenía preparada una mentira, una lista de hierbas para la hermana Morag por si volvían a pasar por San Fillan, y no le había hecho falta. Eso era casi peor. Una mentira que no se usa se queda dentro, como un hueso de ciruela que uno no se atreve a escupir en la mesa.
La cabaña estaba a oscuras, salvo las brasas.
Olía a turba, a pescado seco y a cabra. La cabra dormía junto a la puerta con los ojos abiertos, que era como dormían las cabras de Iomhar y, según Iomhar, los buenos cristianos.
El viejo roncaba en su rincón. Niall dormía de lado, cerca del fuego, con el arco al alcance y la mano derecha cerrada sobre nada.
Elspeth se levantó sin ruido. Llevaba quince años levantándose a maitines sin despertar a nadie. Era lo único que el priorato le había enseñado que servía también fuera.
La cabra la siguió con la mirada y no dijo nada. De todos los presentes, era la más discreta.
Fuera no había amanecido del todo. El loch era una lámina de plomo y el crannog, en medio, un montón oscuro de troncos y juncos que parecía el nido de un pájaro demasiado grande.
En la orilla, de rodillas sobre los guijarros, había un hombre con hábito pardo y la capucha echada atrás.
Rezaba laudes en voz alta, con un latín de aldea que se comía las terminaciones.
Elspeth esperó a que terminara. No por piedad: le temblaban las manos.
—Si venís a rezar, hay sitio —dijo el fraile sin volverse—. Si venís a pedir, no tengo nada.
—Vengo a dar.
Él se volvió. Era flaco, con la nariz roja de frío y la tonsura mal afeitada. Llevaba sandalias, y los dedos de los pies se le habían puesto del color de las ciruelas.
—Eso es nuevo —dijo—. Fray Anselm, de los pobres de Cristo. Más pobre que de Cristo, últimamente.
—Os vi ayer en la orilla. Dijisteis que ibais a Santa Bríd.
—Voy. Me han contado que allí tienen a la priora presa en su propia celda y que el obispo va a venir a ver por qué. —Se levantó con un crujido de rodillas—. Los frailes vamos donde hay desgracia. Es donde mejor se pide.
—¿Y el arcediano Thurstan? ¿Está en Santa Bríd?
Fray Anselm resopló por la nariz.
—El arcediano no está donde debería, que es rezando.
Anda por los montes con los caballeros del barón, buscando a una monja que se escapó con un preso.
—Se rascó la tonsura—. Anoche me dijeron que está en Baile na Croise, en la posada, con los normandos.
Por el camino del valle, medio día. Paso por allí.
Medio día.
A ellos les había costado seis, dando vueltas como las mulas del molino.
«Mejor», pensó. «Así llegará antes.»
Sacó la carta de la manga. Doblada como las de la priora, con la esquina metida dentro.
—Para el arcediano Thurstan. En mano. En la suya, no en la de nadie más.
El fraile la cogió. La sopesó, como si el peso dijera algo.
—¿Y de parte de quién digo que viene?
Lo tenía pensado desde la noche. Había buscado una frase que fuera verdad entera, porque no quería mandarle a su padre, con su primera carta, una mentira.
—De una hija a su padre.
Fray Anselm sonrió como sonríen los frailes cuando creen haber entendido algo piadoso.
—Todos somos hijos del arcediano, en cierto modo.
—Yo, en más modos que otros.
Él no lo entendió, y ella no se lo explicó. Guardó la carta en la escarcela, junto a un mendrugo. Luego le miró las manos.
—Tenéis dedos de copista.
Elspeth no bajó la vista. En Baile na Croise había aprendido que quien baja la vista pierde.
—Tengo dedos de pescadera. Es hollín. Con él marcamos las cestas, para que no nos las roben.
«Segunda mentira del día», pensó. «Y todavía no ha salido el sol.»
El fraile asintió, satisfecho, y trazó una cruz en el aire, un poco torcida.
—Que Dios os pague la carta.
—No hace falta que me la pague. Con que la lea.
Se quedó mirándolo mientras él recogía su hatillo.
Lo había pensado todo durante la noche, como se prepara una página: primero el pautado, luego el texto, luego el oro.
No había escrito nada de un libro. Solo lo justo.
Que Niall MacRannoch era inocente de la sangre del hermano Aimeric.
Que tenían pruebas escritas contra el barón y contra quienes cobraban de él.
Que iban al Bealach nan Sgàil, para que su padre supiera adónde mandar a los hombres del obispo, si los mandaba, antes de que los alcanzaran los del barón.
Y al final, en una línea sola, lo que llevaba quince años sin decir.
San Ignacio de Antioquía había escrito siete cartas camino de Roma, donde lo esperaban los leones. Ninguna le sirvió para no morir. Pero todas se conservaron, y ella misma había copiado dos. Eso tenían las cartas bien escritas: que sobrevivían a la gente.
Volvió a la cabaña con los pies helados. Niall estaba despierto, sentado junto a las brasas, encerando la cuerda del arco con un cabo de sebo.
—¿Dónde estabas?
—En la orilla. Laudes.
—¿Sola?
—Con un fraile que rezaba muy alto. —Se sentó frente a él y extendió las manos hacia el fuego—. Tenía un latín espantoso. San Jerónimo se habría tirado al loch.
Niall sonrió sin levantar la vista de la cuerda. No preguntó más. Había jurado no mentirle nunca, y a veces Elspeth pensaba que por eso mismo no hacía preguntas: porque un hombre que no miente da por hecho que los demás tampoco.
Ella no había jurado nada.
Iomhar los cruzó con la primera luz, en una barca de cuero y mimbre que hacía agua por la popa. La cabra fue con ellos. Nadie la había invitado; se subió de un salto, se instaló en la proa y desde allí miró a Niall como se mira a un pariente que viene a pedir dinero.
—¡Dice que pesáis demasiado! —gritó Iomhar, que no oía nada y por eso lo decía todo a gritos—. ¡Que con el ciervo de ayer y vosotros dos nos vamos al fondo!
—El ciervo ya os lo hemos pagado —dijo Niall.
—¿Qué?
—¡Que el ciervo es vuestro!
—¡Ya lo sé que es mío! ¡Por eso lo digo!
La cabra baló. Iomhar le contestó en gaélico algo que sonó a insulto antiguo, y la cabra le dio la espalda, y los dos estuvieron sin hablarse el resto de la travesía.
En la orilla oeste, cuando ya habían saltado a los juncos, el viejo se agachó en el fondo de la barca y les tendió un bulto envuelto en arpillera. Un cuarto trasero de ciervo, desollado, frío, con la pezuña todavía puesta.
—¡Tomad! ¡Os lo devuelvo!
—¿Por qué? —preguntó Elspeth.
—¡Porque la cabra no come carne!
Niall cogió el bulto con las dos manos, muy serio.
—Es un argumento que no se puede discutir.
Iomhar se alejó riñendo con la cabra. Elspeth se quedó en la orilla con los pies en el barro, mirando el agua.
Al otro lado, en la ribera que acababan de dejar, el camino del este subía entre abedules hacia la colina.
Por él iba una figura parda con un hatillo al hombro.
Pequeña a esa distancia. Caminaba deprisa, casi al trote, con ese paso ligero de quien lleva algo que pesa poco y tiene ganas de entregarlo.
Elspeth la miró hasta que se perdió entre los árboles.
Hacía frío. Llevaba once días teniendo frío, en el río, en la cueva, en la nieve. Aquel era otro. Le empezaba por dentro, como si se hubiera tragado el loch.