LA NOVICIA Y EL HIGHLANDER TRAIDOR (AMORES PROHIBIDOS DE LAS HIGHLANDS nº 1) Capítulo 30. Hija del arcediano
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Capítulo 30. Hija del arcediano

Niall había oído muchas confesiones. Ninguna de cura: de borrachos, de caballeros, de un senescal que robaba copas de plata, del propio barón una noche de vino, sin saber que se estaba confesando. Había aprendido que lo peor que se puede hacer ante una confesión es hablar demasiado pronto.

Así que no habló.

Se quedó mirando el fuego, y dejó que el ronquido de Iomhar llenara la casa, y la cabra rumiara en su rincón, y esperó.

—No lo sabe nadie —dijo Elspeth al fin—. Madre Ethna. Yo. Y ahora tú.

—Y él.

—Y él. —Una sonrisa torcida—. Aunque hace como que no.

Tenía el libro en el regazo y las manos cruzadas encima, quietas, como las tenía cuando escribía. Habló mirando las manos.

—Me dejaron en la puerta del priorato una noche de enero.

Envuelta en una manta de lana buena, teñida de azul, de las que no tiene ninguna campesina.

Y con un salterio. Pequeño, de viaje, con tapas de cuero.

—Se detuvo—. Dentro había una hoja suelta, doblada y cerrada con cera.

Solo ponía un nombre. «Elspeth.» Con buena letra. Letra de clérigo.

—Y un sello.

Ella lo miró. Asintió.

—Un sello pequeño, de anillo. Un cordero con una cruz.

Madre Ethna guardó la hoja en su arcón y me la enseñó cuando aprendí a leer, porque decía que era lo único mío que tenía.

Yo me la sabía de memoria. El cordero tenía una pata rota, un defecto de la piedra.

Una muesca aquí. —Se tocó la yema del índice—. Me pasaba horas mirándola.

Niall ya sabía lo que venía. Lo sabía como se sabe la última palabra de una frase en latín cuando uno ha leído la primera.

—A los doce años vino el arcediano a hacer la visita.

Yo servía en la sala capitular porque tenía buena letra y me dejaban tomar notas.

Al terminar, él cerró una carta para el obispo.

Sacó la cera. Se quitó el anillo. —Elspeth tragó saliva—.

Un anillo con una piedra verde. Apretó. Y cuando levantó la mano, ahí estaba el cordero. Con la pata rota.

La cabra se removió en la paja. Iomhar dijo algo en sueños, a voces, sobre el precio de los salmones.

—Esa noche fui a la celda de la priora y se lo dije. Me cogió la cara con las dos manos y me dijo que sí. Que no lo volviera a decir nunca. —Soltó el aire—. De mi madre no quiso contarme nada. Solo que estaba muerta.

—¿Y él? ¿Sabe que tú sabes?

—No lo sé. Ha venido al priorato once veces desde entonces.

Las he contado. Yo he servido en la sala, he copiado sus actas, le he llevado el agua para las manos.

—Levantó la vista hacia Niall por primera vez—.

Nunca me ha mirado a la cara. Ni una vez.

Mira por encima. Mira el tintero. Mira la ventana.

Me dio un nombre en una hoja doblada y luego no lo ha vuelto a decir en veintisiete años.

—Hasta San Martín.

—Hasta San Martín. —Y aquí algo se le quebró en la voz, y lo dejó quebrado—. Lo dijo tres veces, alto, desde el púlpito, para que lo oyera Dios.

Niall notó que tenía los puños cerrados. No sabía desde cuándo.

Pensó en el arcediano. Lo había visto de cerca en la sala capitular, hacía once días, con él encadenado delante: rollizo, manos blandas, perfume de clavo que tapaba el olor de la celda.

El anillo verde. Lo había visto dictar a la copista lo que tenía que constar en el acta.

Dictárselo a ella. A su hija. Sin mirarla.

Y su nombre estaba en la cifra, entre los que cobraban del barón. Tantos marcos, tal fecha, por tal favor.

Sintió una cosa caliente y fea subiéndole por el pecho, algo que no había sentido ni con el barón ni con Varenne. Ganas de romper algo. Una cara blanda, por ejemplo.

—Ese hombre —dijo, muy bajo— vendió a su obispo por el oro de un gall. Maldijo a su hija desde el púlpito para contentar a quien le paga. Y la dejó en una puerta, en enero, con su anillo en una hoja doblada, para que por lo menos supiera a quién no tenía que darle las gracias.

Ella no dijo nada.

Niall respiró hondo. Se obligó a abrir las manos. Luego la miró de lado, la cabeza gacha, el pelo mal cortado, los dedos negros cruzados sobre el cuero rojo, y la rabia se le fue deshaciendo en otra cosa, más blanda y más difícil.

—Te voy a contar algo de mi familia —dijo.

—No hace falta.

—Hace falta. Escucha. —Se apoyó en la pared—.

Mi hermano mayor se casó con una mujer que vino a su boda con un cuchillo bajo la almohada para matarlo.

Ahora ella le cose las heridas. Mi otro hermano robó a una novia de una isla, y resulta que la novia sabía más de barcos que él y ahora le da órdenes.

Mi madre tira platos. Mi hermana dispara mejor que todos.

Y yo soy el traidor oficial del norte de Escocia.

—Hizo una pausa—. Tú tienes un padre arcediano.

De lejos, en mi familia, eres la más normal.

Elspeth hizo un ruido. Tardó un momento en entender que era una risa. Se tapó la cara con las dos manos y se rio dentro de ellas, bajito, con los hombros temblando, y él no supo en ningún momento si se reía o lloraba, y no le importó, porque las dos cosas estaban bien.

Cuando bajó las manos tenía los ojos mojados.

—Eres muy malo consolando.

—Soy nuevo en esto.

Se quedaron callados un rato. El fuego era ya un montón de brasas rojas. Iomhar había dejado de roncar y respiraba con un silbido.

—Niall.

—Mm.

—Todavía espero que haga lo correcto. —Lo dijo muy bajo, como quien confiesa algo más vergonzoso que todo lo anterior—.

Si supiera la verdad. Si alguien se la pusiera delante, escrita, clara, que eres inocente, que el Cuervo mató a Aimeric con tu cuchillo, que lo tenemos todo.

Todavía creo que haría lo correcto. Que por lo menos una vez...

—No.

Ella se calló.

—No lo esperes. —Niall no apartó la vista del fuego—. He comido cinco años en la mesa del barón con hombres como él. Hombres blandos, bien vestidos, que no han matado a nadie en su vida. No hacen lo correcto, Elspeth. Hacen lo que no les cuesta. Y lo correcto, a tu padre, le costaría todo.

No hubo respuesta.

Niall esperó. Esperó a que ella discutiera, a que le citara a algún mártir que había esperado lo imposible y lo había conseguido, a que lo llamara amargado o traidor o lo que fuera.

Elspeth no le contestó.

Se tumbó de lado en la paja, de cara a la pared, con el libro contra el pecho, y se quedó muy quieta. Él se tumbó también, a su espalda, a un palmo, y miró la oscuridad del techo, las redes, la viga de la que colgaba lo que quedaba del ciervo.

No supo cuándo se durmió.

Se despertó de madrugada. El fuego estaba casi muerto. Iomhar dormía. La cabra dormía. Elspeth dormía también, o eso parecía, vuelta ahora hacia él, con la cara medio hundida en la capa y una mano abierta sobre la paja, cerca de las brasas.

Niall se la miró sin querer.

Los dedos de Elspeth estaban siempre manchados. Los conocía ya como conocía las costras de sus propias muñecas: la tinta vieja en las uñas, en los pliegues, gris, gastada.

Pero aquella no era la tinta vieja.

Las yemas del índice y del pulgar estaban negras. Tinta fresca, espesa. Todavía brillaba a la luz de las brasas.