LA NOVICIA Y EL HIGHLANDER TRAIDOR (AMORES PROHIBIDOS DE LAS HIGHLANDS nº 1) Capítulo 29. El loch del crannog
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Capítulo 29. El loch del crannog

Niall no le habló de la pluma hasta que la tuvo delante.

Se la enseñó por la noche, junto al fuego del bosque, mientras la carne del ciervo chorreaba grasa sobre las brasas y Elspeth comía como no había comido en su vida, con las dos manos, sin dar gracias a nadie. Él sacó la pluma de dentro de la camisa y la dejó en el suelo, entre los dos.

Elspeth dejó de masticar.

—Estaba ahí antes que el ciervo —dijo él—. O la puso mientras yo lo cazaba. No sé qué me gusta menos.

Ella miró la pluma un rato. Luego la cogió, la examinó a la luz del fuego, pasó el dedo por el cañón.

—Buena pluma —dijo—. Se podría cortar.

Y la echó al fuego.

Llegaron a la aldea del loch a media mañana del día siguiente, con el ciervo a hombros de Niall, las patas atadas sobre el pecho como un chal grotesco.

Eran seis casas de piedra y turba en una orilla de guijarros, redes colgadas a secar que no se secarían hasta mayo, barcas de cuero volcadas y olor a pescado ahumado.

En el agua, el crannog: la isla hecha a mano, con su casa redonda encima y su pasarela de tablones.

Nadie se sorprendió de verlos. En los sitios así la gente ve pasar de todo, y lo que más ve es hambre.

El barquero se llamaba Iomhar, y era sordo como una piedra de molino.

Lo encontraron en la orilla, sentado en una barca volcada, discutiendo con una cabra. La cabra era blanca, vieja, con una barba más larga que la de Iomhar, y le estaba comiendo la manga de la camisa mientras él le explicaba, a voces, por qué eso no se hacía.

—¡Buenos días! —gritó Niall.

—¡Ya sé que es mía! —gritó Iomhar, sin volverse—. ¡Pero hace lo que le da la gana!

—¡Queremos cruzar el loch!

Iomhar se volvió. Tenía la cara como un odre viejo, arrugada y sonrosada, y los ojos azules, muy claros, de niño.

—¿El loch? ¡No, el loch no es mío! ¡El loch es de Dios y de los salmones!

Elspeth se tapó la boca con la mano.

Tardaron un rato. Niall gritó más, luego señaló, luego se rindió.

Fue Elspeth la que se adelantó, se puso delante del viejo para que le viera bien la boca, señaló la otra orilla, luego a ellos dos, luego la barca.

Y luego, despacio, con toda la solemnidad de una procesión, señaló el ciervo que Niall llevaba a los hombros.

Iomhar miró el ciervo. Miró a Elspeth. Miró a la cabra.

—¿Entero?

Elspeth asintió.

—¡Hoy no! —gritó Iomhar, y señaló el agua, donde el viento del oeste levantaba ondas cortas y blancas—. ¡Hoy el loch está de mal humor! ¡Mañana, con la primera luz! ¡Dormís en mi casa! ¡La cabra, dentro! ¡No os quejéis!

—¿Cómo se llama la cabra? —preguntó Elspeth, sin pensar, y sin esperar respuesta.

Pero él le leyó los labios, porque los ojos de los sordos no se pierden nada.

—¡La Reina! —dijo Iomhar, con orgullo—. ¡Porque se lo come todo y no hay manera de echarla!

La casa del barquero estaba en la orilla, junto a las barcas.

Una sola estancia, un fuego, un rincón de paja para la cabra, otro para Iomhar, y un tercero, que Iomhar les señaló con la mano abierta como quien ofrece la cámara del rey.

Niall colgó el ciervo de una viga. Iomhar lo miró como se mira a una novia.

Elspeth salió a la orilla a lavarse las manos.

El agua estaba helada. Se frotó los dedos con arena, uno por uno, aunque sabía que la tinta no se iba a ir. No se iba nunca. Estaba en la piel como está el nombre en una lápida.

Fue entonces cuando lo vio.

Un fraile. Venía por el camino de la orilla, desde el norte, con el hábito gris remangado hasta las rodillas, las piernas desnudas y blancas de barro, un zurrón al hombro y un cuenco de madera colgado del cordón.

Joven, flaco, con la tonsura mal hecha y la nariz roja de frío.

Se paró delante de la primera casa, dijo algo, y una mujer salió con un pescado ahumado y se lo echó en el zurrón.

Luego llegó a la altura de Elspeth. Se detuvo.

—Dios te guarde, hija.

Ella se quedó quieta, en cuclillas junto al agua. Dios te guarde. Hacía diez días que nadie se lo decía. Hacía ocho que un arcediano había dicho desde un púlpito que Dios no la guardaba ya de nada.

—Y a vos, hermano.

—Fray Anselm. De los que piden. —Sonrió; le faltaba un diente—.

Voy hacia Santa Bríd, por si conoces el camino.

Dicen que las monjas tienen a su priora encerrada por culpa de una novicia que se escapó con un asesino, y que pasan necesidad.

Y donde se pasa necesidad, hace falta un fraile que pida por ellas.

—No conozco el camino —dijo Elspeth.

—Yo tampoco. Pero Dios sí. —Se ajustó el zurrón—. Bajaré a Baile na Croise. Allí seguro que alguien sabe. Y allí hay posada, que no es pecado.

Se fue, con sus piernas blancas y su cuenco, hacia la casa del otro lado, donde alguien estaba asando algo.

Elspeth se quedó mirándolo.

Un fraile que iba a Santa Bríd. A la casa donde Madre Ethna estaba encerrada en su celda, con un sargento en la puerta. Donde las hermanas cantarían completas esa noche sin ella. Donde el arcediano había pronunciado su nombre por primera vez en veintisiete años, para maldecirlo.

Algo se le movió dentro. No un plan. Todavía no. Una idea, pequeña, como la primera línea de un pautado que uno traza sin saber qué va a escribir encima.

Esa noche cenaron ciervo con Iomhar, que comió como tres y habló por seis, casi todo con la cabra. Luego el viejo se tumbó en su paja con la Reina a los pies y empezó a roncar al instante, un ronquido largo y silbante, como el viento del loch en las redes.

El fuego bajó. Elspeth estaba sentada contra la pared, con el libro en el regazo. Niall, a su lado. Más cerca que en la cabaña. No tanto como en la nieve.

—Elspeth.

—Mm.

—Hay una cosa que te quiero preguntar desde la hondonada. Desde la noche de la cifra.

Ella no se movió. Sabía cuál era. Lo sabía desde que se la había visto en la cara a él, en la mesa de Morag, cuando ella dijo «es la primera vez que un arcediano pronuncia mi nombre».

—Cuando leí los nombres de los pagados —dijo Niall, muy bajo—, leí el del arcediano Thurstan.

Y tú temblaste. No como tiemblan los que se asustan.

Como tiemblan los que se reconocen en un espejo.

—Hizo una pausa—. En casa de Morag, otra vez.

Y esta mañana, cuando me juzgaste. «Los arcedianos juzgan antes de oír. »

Iomhar roncaba. La cabra rumiaba en la oscuridad.

—Me dijiste que tenías algo que confesar —siguió él—. Que no estabas preparada. No te lo pido. Solo te pregunto esto, y si no quieres, no me contestes. —La miró—. ¿Por qué el nombre de Thurstan te hizo temblar?

Elspeth miró el libro. El cuero rojo, gastado en las esquinas, con la mancha de la turbera que no iba a salir nunca. Pensó en todas las páginas que había copiado en su vida, en todas las mentiras bien escritas y todas las verdades mal dichas.

Pensó en la manta. En el salterio.

Lo había dicho en voz alta una sola vez en su vida, a los doce años, en la celda de la priora, y la priora le había cogido la cara con las dos manos y le había dicho: «Sí. Y no lo vuelvas a decir nunca».

Lo dijo.

—Porque es mi padre.