LA NOVICIA Y EL HIGHLANDER TRAIDOR (AMORES PROHIBIDOS DE LAS HIGHLANDS nº 1) Capítulo 28. Rastro
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Capítulo 28. Rastro

Niall se puso en cuclillas junto a la pared de la cabaña y leyó la nieve como había leído tantas cartas ajenas: despacio, sin tocar, buscando lo que el que escribía no quería decir.

Dos hombres. Uno grande, pesado, con botas de suela ancha que se hundían hasta el tobillo; pisaba de talón, como pisan los soldados que han marchado mucho.

El otro, más ligero. Botas estrechas, pie pequeño.

Y entre huella y huella del pie derecho, en la nieve blanda, un surco corto, como el que deja un arado de juguete.

El pie que se arrastra.

—Es él —dijo Elspeth, detrás.

—Es él.

Siguió las huellas alrededor de la cabaña, pegado a la pared, pisando por dentro de ellas para no borrarlas.

La vuelta entera. Se habían parado bajo el agujero del techo, en la parte hundida, justo encima del rincón donde Elspeth había pasado la noche tumbada.

Allí la nieve estaba muy pisada. Habían estado un buen rato. Mirando.

Luego, la puerta. Dos pares de pies, quietos, uno delante del otro. Y nada más.

Niall se levantó. Le dolían las rodillas y el antebrazo izquierdo, bajo los puntos de encuadernadora, le latía como un segundo corazón.

—Podían haber entrado —dijo Elspeth.

—Sí.

—Estábamos despiertos.

—Él no lo sabía. —Niall miró hacia la ladera, por donde las huellas se perdían, hacia arriba, hacia el sendero del paso—. O lo sabía y le daba igual. Uno con espada en la puerta, otro por el techo. Yo con una espada envainada y una piedra de afilar en la mano. Tú con un libro.

—Y un raspador.

—Y un raspador. —No sonrió—. No han entrado porque no querían entrar.

Elspeth se abrazó a sí misma bajo la capa. Tenía la cara pálida, el moratón amarillo y verde como una ciruela pasada, los labios apretados.

—¿Qué quiere?

Niall tardó en contestar. Lo estaba pensando mientras lo decía.

—En el priorato quería el libro. Te lo quiso quitar en el scriptorium. En casa de Morag, lo tenía a dos pasos, debajo del banco. Y esta noche lo tenía a una pared de distancia. —Se volvió hacia ella—. Ya no quiere el libro. O no solo. Quiere ver adónde lo llevamos. A quién se lo damos.

—A tu hermano.

—A mi hermano.

Lo dijeron los dos a la vez y se quedaron callados.

Las huellas bajaban de arriba, del sendero de los pastores.

Del mismo camino por el que se había ido Eachann con sus piernas de cigüeña y su mensaje cosido bajo el sobaco.

Niall no dijo eso en voz alta. No hacía falta: vio que ella también miraba hacia allí.

Echaron a andar hacia el oeste, cuesta abajo, por la ladera del otro lado del paso. Niall iba delante. A cada revuelta se volvía a mirar atrás, y detrás no había nada, nunca, solo la nieve y sus propias huellas, tan claras como un sendero pintado para que las siguiera cualquiera.

A media mañana se detuvo en un saliente de roca.

—Escúchame.

Ella lo escuchó. Se lo veía en la cara: ya sabía lo que iba a decir y estaba preparando la respuesta.

—Si seguimos juntos, lo llevamos de la mano hasta el Bealach.

Hasta Torquil. Él y quien venga con él. —Niall señaló con la barbilla hacia abajo, hacia el valle que se abría entre dos montes—.

Ahí abajo hay agua. Si nos separamos en el agua, él tiene que elegir.

Tú sigues sola con el libro hacia el paso.

Te explico el camino; no tiene pérdida. Yo me dejo ver.

Hago ruido. Me lo llevo hacia el sur, un día, dos, y luego vuelvo por otro lado.

—No.

—Elspeth...

—No. —No levantó la voz. No le hizo falta—. Me quiere a mí. Me lo dijo al oído en la cocina de Morag, con la masa en la cara. Si te vas tú, te deja ir y me sigue a mí. Y yo no sé tirar con arco, aunque tú digas que maté a un ratón.

—Tienes el libro. Tienes buena letra. Tienes una cabeza mejor que la mía. Llegarías.

—Juraste llevarme viva a Glen Dubh. —Lo dijo mirándolo a los ojos, despacio, como quien lee en voz alta una cláusula—. No dijiste «y sola». Lo tengo aquí. —Se tocó la frente—. Palabra por palabra. Puedo copiártelo.

Niall abrió la boca. La cerró.

Pensó en decirle que un juramento no se lee como un contrato de mercader. Luego pensó que era exactamente como ella lo leía, y que por eso mismo lo había obligado a jurar en voz alta, con la mano sobre el cuero rojo, y no con un apretón de manos.

—Eres imposible —dijo.

—Soy copista. No nos gusta que se salten palabras.

Bajaron juntos.

El monte se fue ablandando. La nieve se volvió aguanieve, luego barro, luego brezo pardo y mojado. Aparecieron los primeros abedules, blancos y desnudos, y luego pinos, y un arroyo que bajaba cantando con el agua de la nieve. Y al fondo del valle, cuando salieron a un claro, Niall vio el loch.

Largo, estrecho, gris como una hoja de espada.

En la orilla más cercana, humo de unas pocas casas.

Y en el agua, a cien pasos de la orilla, una isla que no era una isla: un montón redondo de piedras y troncos clavados en el fondo, con una casa encima, redonda también, con techo de juncos, unida a la tierra por una pasarela de tablones medio podridos.

Estaba lejos. Una jornada de marcha, quizá algo menos.

—Un crannog —dijo Niall—. Hay gente.

—¿Quién vive en medio del agua?

—Gente que no se fía de sus vecinos.

—Me caen bien. —Elspeth entornó los ojos hacia el loch—. ¿Gente buena?

—Gente con barca.

Elspeth no dijo nada. Se llevó la mano al estómago. No habían comido desde la avena de la noche anterior, y antes de eso, desde las tortas de Morag.

—No podemos llegar a una aldea con las manos vacías —dijo Niall—. No tenemos una moneda. Ni una cruz de plata.

Ella sonrió de lado, un poco. La cruz se había quedado en la choza del carbonero, pagando unas gachas y una traición.

—¿Y qué les damos?

Niall miró hacia el bosque de abedules. Había visto las marcas al bajar: cortezas raspadas a la altura de la cadera, excrementos frescos, en montoncitos, junto al arroyo.

—Espera aquí. No te muevas. Si oyes algo que no sea yo, métete entre las rocas.

—¿Y si oigo algo que seas tú?

—Entonces ven. Y trae el cuchillo.

Tardó una hora. El ciervo era joven, de un año, con la cornamenta todavía en puntas.

Estaba en el borde del arroyo, bebiendo, con el viento de cara, y no lo oyó llegar.

Niall tensó el arco de la vieja de Baile na Croise como le había enseñado su padre, con la espalda, sin respirar, y durante un instante, antes de soltar, se sintió exactamente como a los quince años en los montes de Glen Dubh, con Torquil detrás diciéndole «ahora», y el mundo en su sitio.

Soltó.

El ciervo dio un salto, corrió diez pasos entre los abedules y se derrumbó sin ruido sobre las hojas.

Niall se quedó un momento quieto, con el arco bajado. Le temblaban las manos. Hacía cinco años que no cazaba nada que no fuera información.

Luego fue hacia la presa.

Estaba tumbada al pie de un abedul grueso, con las patas dobladas. Niall se agachó, le puso la mano en el cuello caliente, sacó el cuchillo.

Y al levantar la vista, se quedó quieto.

En el tronco del abedul, a la altura de sus ojos, clavada en una grieta de la corteza blanca, había una pluma negra.

Larga. Brillante. Todavía con el azul del ala en el cañón.

Una pluma de cuervo.