Capítulo 27. El juicio de Elspeth
Elspeth no durmió.
Se quedó en el rincón frío, bajo el agujero del techo, con la nieve posándose en la capa y el libro contra el pecho, y pensó.
Había elegido aquel rincón por eso. Al lado del fuego, al lado de él, no se podía pensar: el calor ablanda el juicio, decía Madre Ethna, y por eso en Santa Bríd el capítulo de culpas se hacía en la sala más fría de la casa, con la puerta abierta en enero.
Pensó en un pastor esperando en la orilla de un río crecido.
Pensó en un hombre de cabeza descubierta saliendo al patio en camisa, en una muchacha de pelo cobrizo a la que no conocía, con la cabeza de su padre en las rodillas.
Pensó en un mozo de cuadra de catorce años caminando por un camino en enero, con una mano en la oreja.
Y pensó, porque no pudo no pensarlo, en un hombre rollizo con un anillo verde que había venido al priorato cuando ella tenía doce años y había pasado a su lado en el claustro sin mirarla.
En todos los años que había tardado. En que nunca había llegado, ni un día tarde ni diez: no había llegado nunca.
Hacia el alba, la nieve dejó de caer por el agujero. Elspeth lo notó porque el silencio cambió de forma.
Entonces se levantó.
Niall estaba sentado contra la pared, al otro lado del fuego, donde lo había dejado.
No se había tumbado. Tenía los ojos abiertos, enrojecidos, y la piedra de afilar todavía en la mano, y cuando ella cruzó la cabaña y se plantó delante de él, levantó la cabeza como levanta la cabeza un preso cuando se abre la puerta de la celda.
Elspeth se sacudió la nieve de la capa. Se alisó la saya. Juntó las manos delante, como las juntaba el arcediano en la sala capitular.
—Audita causa —dijo.
Niall parpadeó.
—¿Qué?
—Oída la causa. Así empiezan. Cállate. —Tomó aire—.
El acusado, Niall MacRannoch, de Glen Dubh, confiesa haber llegado tarde.
Esta sala ha considerado el asunto toda la noche, en la parte más fría de la casa, como está mandado.
Y encuentra que el acusado es culpable de escribir un aviso, dárselo a un pastor y no poder mandar sobre la lluvia.
—Elspeth...
—No he terminado. —Lo miró desde arriba.
Era rarísimo mirarlo desde arriba; no lo había hecho nunca—.
No es culpable de la muerte de Cormac MacKerron.
Esa muerte es del que mandó a los jinetes, del que les pintó los colores y del que se rio en la cena.
Tú te reíste porque tenías que reírte. Él se rio porque le hizo gracia. Eso no es lo mismo. Nunca es lo mismo.
Él la miraba con la boca un poco abierta.
—En cuanto al mozo de cuadra —siguió ella, y ahí la voz le falló un poco y la obligó a seguir—, de eso sí eres culpable.
Escribiste una mentira con buena letra, sabiendo que lo era.
—Se detuvo—. Yo también lo he hecho. Hace dos días le dije a un buhonero que era criada. Pero yo no le corté la oreja a nadie.
—Yo tampoco. Solo escribí.
—Por eso. —Elspeth bajó la voz—. Los que escribimos tenemos que tener más cuidado que los que cortan. Lo nuestro dura más.
Niall no dijo nada. Miró la piedra que tenía en la mano. Luego la dejó en el suelo, muy despacio.
—¿Y la pena?
—Que no lo vuelvas a hacer. Nunca. Aunque te cueste la vida. —Hizo una pausa—. Y que cuando lleguemos, se lo digas a Ailsa.
Él cerró los ojos.
—Eso es más duro que la horca.
—La horca es rápida. Por eso la usan los barones. Los conventos preferimos las penitencias largas.
Esperó que él se riera. No se rio. Se levantó del suelo de golpe, con la cara descompuesta, y ella dio un paso atrás sin querer.
—¿Y no podías decirme esto anoche? —Tenía la voz baja y rota, peor que si gritara—. Me dejaste aquí sentado toda la noche. Te fuiste al rincón como si yo tuviera la lepra. Pensé... —Se calló. Se pasó la mano por la cara—. ¿Sabes lo que pensé?
—Que te despreciaba.
—Sí.
—¿Tan poco me conoces? —Ahora era ella la que no controlaba la voz—.
Nueve días. Nueve días en el barro contigo, en el agua, en la nieve, cosiéndote como a un misal, ¿y crees que te voy a despreciar en lo que tarda en apagarse una vela?
Madre Ethna no castigó nunca a nadie antes de maitines.
Ni al ladrón de peras. Se piensa. Se reza.
Se duerme mal. Y por la mañana se juzga.
—Yo no he dormido.
—Yo tampoco. Por eso tengo tan mala cara.
—No tienes mala cara.
Se quedaron los dos callados, mirándose a un palmo, con el fuego casi apagado y la luz gris entrando por el agujero del techo, y Elspeth se dio cuenta de que tenía los puños apretados y de que él tenía los ojos húmedos, y de que acababa de decirle a un hombre que no tenía mala cara, en un tono que no era el de un juez.
Fue él el que se rio primero. Una risa pequeña, por la nariz, como quien no quiere pero no puede evitarlo.
—Me has dicho que me calle en latín.
—«Cállate» te lo he dicho en cristiano. El latín era lo de antes.
—Me has juzgado como un arcediano.
—Mejor que un arcediano. —Y aquí la risa se le torció un poco por dentro, y la dejó pasar—. Los arcedianos juzgan antes de oír.
Él lo notó. Ella vio que lo notaba. Como en la mesa de Morag, como en la hondonada. Los ojos grises se detuvieron en su cara un instante más de lo necesario.
—Elspeth.
—Yo también tengo algo que confesar —dijo ella, deprisa, antes de que él preguntara—. No es como lo tuyo. Es de otra clase. Y todavía no estoy preparada.
—¿Es peor?
Ella lo pensó con honradez.
—Es más vergonzoso. Y nadie murió. —Se encogió de hombros—. Que yo sepa.
Niall la miró un rato. Luego asintió, una sola vez, como había asentido ella la noche antes.
—Cuando quieras. O nunca. —Se agachó a recoger el arco—. Yo tardé cinco años.
—Yo tardaré menos. Soy más rápida que tú en todo.
—Eso no es verdad.
—Escribes más despacio. Te he visto.
La tormenta había amainado del todo. Cuando Niall abrió la puerta, el sol no había salido, pero el cielo era de un gris limpio, lavado, y el monte entero estaba blanco y quieto y en silencio, como una página recién raspada que nadie ha tocado todavía.
Recogieron lo poco que tenían. Elspeth envolvió el libro.
Niall echó nieve sobre las brasas, contó las flechas, se colgó el arco.
Ella se detuvo un momento en la puerta de la cabaña, mirando el hogar negro, el banco de tierra, el tepe de turba contra la pared con el agujero de su flecha torcida, y pensó que en toda su vida no había dormido en ningún sitio que no fuera de Dios, y que aquel era el primero.
Salieron.
La nieve les llegaba a media pierna. Niall iba delante, abriendo camino, y a los pocos pasos se detuvo en seco. Elspeth chocó contra su espalda.
—¿Qué?
Él no contestó. Estaba mirando el suelo.
Elspeth se asomó por detrás de su brazo.
En la nieve fresca, la que había caído después de medianoche, había huellas. No suyas. Suyas no había ninguna; ellos no habían salido.
Huellas de dos hombres. Venían de la ladera, llegaban hasta la cabaña y la rodeaban entera, despacio, pegadas a la pared de piedra, dando la vuelta completa. Se detenían junto a la puerta. Se quedaban allí, las dos, un rato: la nieve estaba más pisada, más sucia.
Luego se iban por donde habían venido.
No habían entrado.