Capítulo 26. Lo que hice por el barón
Niall dejó el cuchillo sobre la piedra y la piedra en el suelo, y se miró las manos.
Tenía dos juramentos. Eso era lo que pasaba. Uno le había costado cinco años; el otro, ocho días. Uno decía: no se lo cuentes a nadie. El otro decía: no le mientas a ella. Y ella acababa de hacerle la única pregunta que los ponía a pelear.
«Callar no es mentir», pensó. Lo había pensado muchas veces en Castell Maubray, en la mesa del barón, con la copa en la mano. Era una idea muy cómoda. Le había servido cinco años.
Esa noche no le sirvió.
—Estoy decidiendo cuál de mis dos juramentos me va a mandar al infierno —dijo.
Al otro lado del fuego, bajo la capa, Elspeth no se movió.
—Tómate tu tiempo. El infierno no cierra.
Él casi sonrió. Luego dejó de sonreír, y empezó por el principio, porque no sabía hacerlo de otra manera.
—Hace cinco años, en la capilla de San Columba, en Dun Dorcha, puse la mano sobre el relicario del santo y le juré a mi hermano Torquil que iría a casa del barón como traidor y que no le diría a nadie que no lo era.
A nadie. Ni a mi madre. Hasta que él me liberase.
—Miró las brasas—. Por eso no me defendí.
En la celda. En la sala capitular, delante del arcediano. No porque no tuviera nada que decir.
—Eso ya lo sabía —dijo ella—. Lo pone en la primera hoja. «No soy traidor a mi sangre.» Lo que no pone es lo otro.
—Lo otro.
—Lo que hiciste.
Niall asintió despacio.
—El barón no es tonto. Un MacRannoch que llega a su puerta pidiendo sueldo no es un regalo; es una trampa.
Tardó un año en dejarme entrar en la sala donde se escribían las cartas.
—Se frotó la muñeca, donde la costra tiraba—.
Yo le escribía. En latín, a los obispos.
En francés, a sus parientes de Normandía.
Le leía las cartas que llegaban. Sé hacer una letra muy bonita, cuando quiero. Menos que la tuya.
—Eso es verdad.
—Y le daba cosas. Glen Dubh. Cuántas vacas bajaban en otoño.
Qué vados se helaban antes. Cuántos caballos tenía mi hermano, y cuántos servían para algo.
Todo verdad. Torquil me mandaba lo que podía dar, y yo lo daba, y el barón lo comprobaba, y era verdad, y cada vez se fiaba un poco más.
—Hizo una pausa—. Un espía que no entrega nada no dura un invierno.
Elspeth no dijo nada. Él tampoco, durante un rato. Fuera, el viento había aflojado y la nieve caía en silencio.
—Hubo un mozo de cuadra —dijo Niall—. En Castell Maubray.
Catorce años. Desapareció una copa de plata de la mesa y el senescal dijo que había sido él.
Yo sabía que no. Sabía quién había sido.
Y si hablaba, tenía que explicar por qué lo sabía.
—Tragó saliva—. El barón me pidió que escribiera la sentencia, porque yo tenía buena mano. Y la escribí. Con buena mano.
—¿Lo ahorcaron?
—No. Le cortaron una oreja y lo echaron al camino. En enero. —Niall movió la cabeza—. No sé si llegó a ninguna parte. No pregunté. Preguntar también era explicar.
El fuego chasqueó. Elspeth, bajo la capa, había cerrado los ojos. O los tenía abiertos mirando a la pared. Desde donde él estaba no se veía.
—Cuando me fui de Glen Dubh —siguió—, mi madre me esperó en la puerta de la torre. No lloró. Mi madre no llora; tira platos. Me preguntó si era verdad que me iba con el normando. Le dije que sí. Me preguntó por qué. Le dije que pagaba mejor.
—¿Y ella?
—Me escupió en los pies. —Niall se miró los zapatos, como si el escupitajo siguiera allí—. En cinco años no he vuelto a verla. Rhona tenía veinte. Tampoco la he vuelto a ver. Me han contado que tira mejor que yo.
Se calló. Tenía la boca seca y la cabeza llena de cosas que no había dicho nunca en voz alta, y la más pesada estaba todavía al fondo, como el hueso del ermitaño en su cueva, sentado contra la pared, esperando.
«Díselo todo», pensó. «O no le digas nada. Pero no le des medio.»
—Hay otra cosa.
Elspeth abrió los ojos. Ahora sí la vio mirarlo, a través del humo.
—Hace tres años, al final del verano, el barón dio una cena.
Muchos invitados. Mucho vino. Yo estaba en la punta de la mesa, como siempre.
Y oí a uno de sus caballeros decir, riéndose, que una partida iba a caer sobre Strath Aird con nuestros colores.
Con el verde y el negro. Una creach de una noche.
Para que los MacKerron culparan a Glen Dubh y se mataran entre ellos.
—Strath Aird.
—Las tierras del padre de Ailsa. La mujer de mi hermano. —Niall no apartó la vista del fuego—. Escribí esa misma noche. En la cifra, a Torquil. Le di el aviso a un pastor que bajaba ganado hacia el oeste, como tantas veces. Tres días de margen. Sobraba.
—¿Y?
—Llovió. El río del vado bajó crecido y el pastor se quedó dos días en una orilla esperando.
Mi aviso llegó a Dun Dorcha un día después de la creach.
—Tomó aire—. Cormac MacKerron salió al patio en camisa con la espada en la mano.
Murió con la cabeza en las rodillas de su hija.
Me lo contaron en la mesa del barón, en la cena siguiente, y yo me reí con los demás, porque tenía que reírme.
Nadie dijo nada.
Niall había imaginado ese momento muchas veces.
Se había imaginado contándoselo a Torquil, a Ailsa, a un cura.
Nunca a una novicia con el pelo cortado a raspador, en una cabaña de pastores medio hundida, con un evangeliario al lado.
Y en todas las veces que lo había imaginado, había alguien que decía algo al final.
«No fue culpa tuya.» «Fue la lluvia.» Cualquier cosa.
Elspeth no dijo nada.
Se quedó mirándolo un rato largo por encima del fuego, con los ojos grises muy abiertos y la cara quieta, y en esa cara no había ni perdón ni asco ni lástima.
Había algo que él no sabía leer. Él, que leía el latín y el francés y la cifra de los establos, y la letra de los obispos y la de los barones.
—Ailsa no lo sabe —dijo ella al fin. No era una pregunta.
—No.
Elspeth asintió una vez.
Luego se levantó. Recogió el libro, envuelto en el hábito viejo, lo apretó contra el pecho, cogió la capa y cruzó al otro lado del fuego.
Al otro lado de verdad, al rincón donde el techo se había hundido y la nieve entraba por el agujero en copos lentos.
Se tumbó allí, de espaldas a él, en la tierra fría, lejos del calor, y se tapó hasta la cabeza.
No dijo buenas noches.
Niall se quedó sentado donde estaba. Recogió la piedra de afilar del suelo. La miró. No sabía qué hacer con ella.
El fuego fue bajando. La nieve siguió entrando por el agujero del techo y posándose en la capa de ella, en el bulto quieto de su hombro, y ella no se movió para sacudírsela.
«Bien», pensó Niall. «Ya está. Ya no le debo nada al segundo juramento.»
Echó otro tepe de turba al fuego para que ella no se helara allí, en el rincón, aunque el calor no llegara.
Luego apoyó la cabeza contra la pared de piedra y cerró los ojos, y descubrió que la celda de Santa Bríd, con su cadena y sus ratas y su horca esperando, había sido un sitio más cálido que aquel.
Acababa de perderla. Lo supo como se saben las cosas del tiempo: por el frío.