Capítulo 25. La cabaña de verano
Lo primero que recordó Elspeth, después, fue el dolor en las manos.
No el frío. El frío había sido una cosa blanda, casi amable, como una manta que te echan encima cuando ya no quieres levantarte.
El dolor vino después, cuando Niall le metió las manos debajo de su propia camisa, contra la piel del pecho, y las sujetó allí con las suyas, y la sangre empezó a volver a los dedos como mil agujas de encuadernar.
—Duele —dijo ella.
—Bien. Lo que duele está vivo.
Estaban dentro. Paredes de piedra seca, sin argamasa, gruesas como un brazo.
Un techo de turba y cañas que se había hundido por la mitad y dejaba entrar la nieve en un montón blando, en el rincón del fondo.
La otra mitad aguantaba. Debajo de esa mitad, un hogar de piedras planas, negro de otros veranos.
Un banco de tierra contra la pared, con un lecho viejo de brezo seco encima.
Y el viento fuera, aullando por la puerta como un perro que quiere entrar.
Una shieling. Una cabaña de pastos de verano. Los pastores subían con las vacas en mayo y bajaban en septiembre, y en noviembre no quedaba allí nadie más que los ratones.
—El fuego —dijo Elspeth.
—No tengo manos.
Era verdad. Las de él estaban peor que las suyas: blancas, rígidas, con los dedos doblados como garras.
Las costras de las muñecas se le habían abierto con el roce del cinturón.
Elspeth sacó las manos de debajo de la camisa de él, le cogió las suyas y se las metió bajo los brazos, contra sus propias costillas, y apretó.
Él no dijo nada. Ella tampoco. Se quedaron así un rato largo, de rodillas en el suelo de tierra, mirando cada uno hacia un lado, como dos que rezan en bancos distintos.
Después, Elspeth hizo el fuego.
Lo hizo ella porque podía. Encontró la pila de turba que los pastores habían dejado bajo la parte buena del techo, seca, apilada con cuidado para el año siguiente.
Arrancó puñados de brezo del lecho viejo.
Con el raspador sacó virutas finas del lado de dentro de una viga caída, donde la madera no se había mojado nunca, y las amontonó como quien amontona pan de oro: sin respirar encima.
Niall le pasó el eslabón y el pedernal, y ella golpeó hasta que se le durmió la muñeca y le saltó la chispa.
El humo subió por el agujero del techo. El brezo prendió, luego las virutas, luego, despacio, con un olor que Elspeth habría besado, la turba.
Niall se sentó junto al fuego y la miró.
—¿Dónde aprendiste eso?
—En la cocina del priorato. La hermana cocinera era muy vieja y muy perezosa.
Colgado de la viga que quedaba en pie, dentro de un saco de cuero atado con una correa, los pastores habían dejado un puñado de harina de avena para el año siguiente. Los ratones habían llegado antes. Quedaba la mitad.
—Compartiremos con ellos —dijo Elspeth—. San Cutberto compartía el pan con las nutrias.
—Las nutrias no se comían la mitad antes de preguntar.
La tormenta no aflojó en toda la tarde.
Cocieron la avena en agua de nieve, en un cuenco de barro rajado que los pastores habían dejado junto al hogar y que Elspeth tapó por abajo con una pasta de ceniza y agua, como se tapa una grieta en un tintero.
Durmieron un rato, a trozos, sentados contra la pared.
Cuando Elspeth abrió los ojos, fuera seguía nevando, y dentro el fuego seguía vivo, y se dio cuenta de que no tenía miedo.
Le pareció tan raro que se lo dijo.
—No tengo miedo.
Niall levantó la vista del arco. Lo estaba secando con un trapo, cuerda por cuerda, madera por madera.
—Es la avena —dijo—. Se pasa.
Ella desenvolvió el libro.
No lo había hecho desde el hospital de Morag. Lo sacó del hábito viejo con cuidado, le limpió con la manga la humedad del cuero rojo, y lo abrió sobre las rodillas junto al fuego. Buscó la página sin pensarlo. Sus dedos la encontraban solos.
—Ven.
Él se acercó. Se sentó a su lado en el banco de tierra, lo bastante cerca para ver y lo bastante lejos para no tocarla.
La inicial de San Juan ocupaba media página. Una I larga, azul de lapislázuli, con los bordes de rojo. Y encima, agarrada a la letra con las garras, un águila con las alas abiertas, de oro.
—El oro es pobre —dijo Elspeth—. El obispo pagó poco.
Se bate una moneda entre dos pieles hasta que queda tan fina que se ve la vela a través.
Se pinta la letra con yeso y cola, en capas, hasta que abulta.
Se sopla encima para que el yeso se ponga pegajoso con el aliento.
Y se pone el oro. —Rozó el ala del águila con la yema, sin tocarla del todo—.
Luego se bruñe con un diente de perro, hasta que brilla.
—¿Un diente de perro?
—Se lo quité a un perro muerto. No protestó.
—¿Y los ojos?
Elspeth los miró. El águila tenía los ojos pequeños, negros, con un punto blanco en cada uno, y una expresión de reproche que ella conocía muy bien.
—Son los de la hermana portera —dijo—. No se lo digas a nadie.
Niall se rio. Fue la primera vez que ella lo oía reírse así, sin nada detrás, de golpe, echando la cabeza hacia atrás contra la piedra. Tenía una risa más joven que él.
Antes de que se fuera la luz, él le enseñó el arco.
Fuera no se podía. Lo hicieron dentro, con la puerta abierta al viento y un tepe de turba mojada puesto de pie contra la pared del fondo, bajo la parte hundida. Niall le colocó los pies, los hombros, la mano izquierda en el mango.
—Tres dedos en la cuerda. Uno encima de la flecha, dos debajo. No la pellizques. Tira con la espalda, no con el brazo.
Elspeth tiró con la espalda. La cuerda se movió lo que se mueve una puerta atrancada.
—No se mueve.
—Tira más.
—Estoy tirando más. A San Edmundo los daneses lo dejaron como un erizo a flechazos y no murió de ninguno —dijo, con los dientes apretados—. Tuvieron que cortarle la cabeza. Esto demuestra que las flechas no sirven.
—Esto demuestra que los arqueros daneses eran muy malos. Otra vez.
Lo intentó cuatro veces. A la quinta, la cuerda llegó hasta la barbilla, y él estaba detrás de ella, sujetándole el codo, con la boca muy cerca de su oreja.
—Ahora. Suelta.
Soltó. La flecha salió torcida, rozó la pared y se clavó en la turba del techo hundido, dos palmos por encima del blanco.
—Muerto —dijo Niall—. Un ratón. Seguramente culpable.
Elspeth bajó el arco. Tenía la mejilla caliente, y no era por el fuego, y él no se había apartado todavía.
Recogieron la flecha. Él la limpió y la guardó con las otras once. Cenaron la última avena. La noche cayó sobre el monte, y el viento empezó a aflojar, y en la pausa entre dos ráfagas se oyó por primera vez el silencio de la nieve.
Elspeth estaba tumbada en el banco de tierra, bajo la capa, mirando las brasas. Él estaba sentado al otro lado del fuego, con la espalda en la pared, afilando el cuchillo contra una piedra.
Había una pregunta que llevaba días en la punta de la lengua. Desde la hondonada de la cifra. Desde la mesa de Morag, cuando él dijo que en la mesa del barón le tocaba la punta.
—Niall.
—Mm.
—¿Qué hiciste por el barón para que te creyera?
La piedra dejó de rascar el cuchillo.
Elspeth esperó. Contó hasta diez, como le habían enseñado a contar las líneas de un pautado. Luego hasta veinte.
Él no contestó.