LA NOVICIA Y EL HIGHLANDER TRAIDOR (AMORES PROHIBIDOS DE LAS HIGHLANDS nº 1) Capítulo 24. Nieve temprana
48%

Capítulo 24. Nieve temprana

Hicieron la cuenta a media ladera, detrás de la roca, mientras abajo la hermana Morag seguía acordándose de la madre del buhonero.

Un arco y doce flechas. Una espada que Niall no había soltado ni para mirar el sendero.

Un cuchillo. El eslabón y el pedernal de la bolsa del cinto, que venían de la choza del carbonero.

El raspador de Elspeth y, en su manga, lo que una copista no suelta: la impronta de cera, la tira de pergamino, el cuerno de tinta y la pluma. Y el libro.

Nada más. Las tortas de avena, el queso, las mantas que Morag les había preparado, todo se había quedado debajo del banco, junto a los fardos de un asesino.

—Podemos bajar por el valle —dijo Elspeth.

—Él está en el valle.

—Entonces subimos.

Niall miró hacia arriba. El sendero de los pastores trepaba por la ladera hasta perderse en una nube baja, de color de sebo sucio, que se había tragado la cima entera. Por allí iba el paso alto. Por allí se había ido Eachann al alba, con las piernas de cigüeña y el mensaje cosido bajo el sobaco.

—Subimos —dijo.

La lluvia se volvió aguanieve a mediodía y nieve antes de la media tarde.

Al principio era bonita. Copos grandes, lentos, que se posaban en la capa de Elspeth y se quedaban un momento antes de deshacerse.

Ella levantó la cara para verlos caer, como una niña, y Niall pensó que en el priorato, en el valle, nevaría poco y tarde, y que quizá nunca había visto nevar así, en el monte, con el mundo borrándose alrededor.

Después dejó de ser bonita.

El viento subió del norte y empezó a meter la nieve de lado, en agujas.

El sendero desapareció. Las piedras desaparecieron.

Niall iba delante tanteando con la vara de un abedul que había cortado, y Elspeth detrás, agarrada a su cinturón, y a veinte pasos ya no se veía nada más que blanco y gris y otra vez blanco.

Pasaron la noche bajo una laja de piedra que salía de la ladera como un tejadillo.

No pudieron hacer fuego; no había nada seco en el mundo.

Niall la sentó contra la roca, se sentó delante para cortarle el viento y se echó la capa por encima de los dos.

Ella tiritaba tanto que le castañeteaban los dientes contra el hombro de él.

—San Lorenzo —dijo, en algún momento de la noche— se quejaba de calor.

—Te pedí que no me contaras lo de San Lorenzo.

—Por eso lo cuento. Para que te enfades. Enfadado das más calor.

Callaron un rato. El viento silbaba en el borde de la laja como quien sopla en una botella.

—¿Y Eachann? —dijo ella—. Con esta nieve.

—Eachann va por abajo, por las majadas. Los pastores tienen chozas cada media jornada. —Niall no sabía si era verdad. Lo dijo como si lo fuera—. Estará durmiendo junto a un fuego, con las orejas al calor, comiéndose las tortas de su tía.

—¿Y Morag?

—Morag tenía un caldero de agua hirviendo y la puerta de su casa. Yo, en su lugar, tendría más miedo por el buhonero.

Ella se rio contra su hombro, una risa corta, con los dientes todavía castañeteando.

—Mentiroso —dijo—. Juraste no mentirme.

—No miento. Espero. Es distinto.

Elspeth no contestó a eso. Se apretó un poco más contra él, y al rato su respiración se hizo lenta, y Niall se quedó despierto escuchándola, contando cada aliento como un avaro cuenta monedas.

Al amanecer seguía nevando.

Niall no sabía dónde estaba. Lo supo de repente, al salir de debajo de la laja, con las piernas dormidas y la boca llena de nieve: no tenía ni idea.

Arriba y abajo eran lo mismo. El viento cambiaba.

Durante la noche la nieve había borrado sus propias huellas y cualquier cosa que pudiera parecerse a un camino.

Buscó el sol. No había sol. Buscó el viento del norte y se puso de manera que le diera en la mejilla derecha, como le enseñó su padre en el monte de Glen Dubh cuando tenía nueve años: «Si te pierdes, hijo, elige un viento y cásate con él».

—Vamos —dijo.

Elspeth se levantó sin contestar.

Eso fue lo primero que le dio miedo.

Caminaron. Toda la mañana, o lo que fuera aquella luz sucia.

Niall abría camino con la vara y con las piernas, hundiéndose hasta la rodilla, y cada tanto se volvía para mirarla.

Ella venía detrás, pequeña, con el libro envuelto contra el pecho bajo la capa, la cabeza gacha.

Al principio le contestaba. «¿Estás bien? » «Sí.» «¿Puedes?» «Puedo.»

Luego dejó de contestar.

Niall se detuvo y volvió hasta ella. Tenía la cara blanca, más blanca que la nieve, y el moratón de la mejilla se había vuelto de un color morado sucio. Los labios, grises. Las pestañas cargadas de escarcha. Lo miró como se mira a un desconocido que te para en un camino.

—Elspeth.

—Mm.

—Dime algo.

—Tengo sueño.

Niall conocía esa frase. La había oído una vez, de niño, en boca de un pastor al que encontraron al día siguiente sentado contra una piedra, sonriendo, con la nieve hasta el pecho.

Se abrió la capa. La metió dentro, contra él, con el libro entre los dos, y la cerró por delante con las dos manos, de modo que ella quedó pegada a su pecho como un niño en un fardo. Olía a lana mojada y a masa de pan, todavía, y a tinta.

—Camina conmigo —dijo—. Al mismo paso. Izquierda. Derecha.

Así avanzaron, pegados, torpes, como un animal de cuatro patas que acaba de nacer.

Él le hablaba sin parar. De cualquier cosa.

De los caballos de Glen Dubh, de su madre, que una vez tiró un plato a la cabeza de un recaudador normando, de Rhona, que a los diez años le ganó a él tirando al blanco y no se lo perdonó nunca. Ella a veces contestaba. A veces no.

—Dime un santo —le pidió—. Uno que muriera de frío.

Pasaron diez pasos. Veinte.

—San Gregorio —dijo ella, con la boca contra su camisa— se congeló en...

Se calló.

—¿En dónde?

—En el monte.

—Elspeth.

—Me lo invento. —Una pausa. Algo que en otro sitio habría sido risa—. Pero sonaba bien.

Niall se rio. Le salió una risa rota, espantosa, que se llevó el viento. Y fue en mitad de esa risa, con la nieve en los ojos y el cuerpo pequeño de ella temblando contra el suyo, cuando lo supo.

No fue como en las canciones. No hubo ninguna luz. Fue más bien como cuando uno se da cuenta, de golpe, de que lleva mucho rato con una piedra en la bota.

En la celda, durante dos meses, Niall había tenido miedo de morir.

Un miedo sordo, razonable, que se podía mirar a la cara y hasta hacer chistes con él.

Aquello no se parecía en nada. Aquello era otra cosa.

Aquello era mirar hacia abajo y ver la coronilla de su pelo mal cortado, llena de nieve, y saber que si ella se sentaba contra una piedra a sonreír, él se sentaría al lado.

«Juraste llevarla viva», pensó. «No juraste esto.»

No se lo dijo. No era momento. Nunca iba a ser momento, probablemente. Le apretó la capa alrededor y siguió andando, casado con el viento.

Pasado el mediodía, la nieve se espesó tanto que pareció que la luz se iba.

Niall ya no sentía los pies. Tampoco las manos, y sabía que eso era malo.

Ella pesaba cada vez más contra su pecho, y cada vez hablaba menos, y él ya no sabía si caminaban en línea o en círculos alrededor de la misma piedra.

—Un poco más —dijo, y no sabía a quién se lo decía.

Tropezó. Cayó de rodillas en la nieve, con ella encima, y se quedó así, respirando, con la frente contra la de ella.

Levantó la cabeza.

Delante, a cincuenta pasos, la nieve tenía una forma que no era de monte. Un bulto bajo, redondeado, demasiado regular. Una línea recta de piedra asomando bajo el blanco. Y en un extremo, un hueco oscuro.

Una puerta.