LA NOVICIA Y EL HIGHLANDER TRAIDOR (AMORES PROHIBIDOS DE LAS HIGHLANDS nº 1) Capítulo 23. El buhonero
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Capítulo 23. El buhonero

—Si entra un cojo —dijo la hermana Morag—, me pides el vinagre.

Elspeth levantó la vista de la artesa. Tenía las manos en la masa hasta las muñecas.

—No tenéis vinagre.

—Por eso. Nadie en esta casa pide nunca el vinagre. Si me lo pides, sabré que es el tuyo.

Niall había bajado de la ventana al amanecer con una cara que Elspeth ya le conocía: la de quien ha visto algo y no está seguro de haberlo visto.

Una figura con cayado en el camino, lejos.

Se había parado a mirar la casa y había seguido.

Podía ser un pastor. Podía ser un peregrino de verdad, de los que suben a San Fillan a curarse la locura con agua del pozo. Podía ser cualquiera.

—En noviembre no sube nadie —había dicho Morag.

Y Niall había cogido el arco y había salido a mirar el sendero alto, el del paso, antes de que decidieran nada. Hacía una hora de eso.

A media mañana, llamaron a la puerta.

Era un buhonero. Lo supieron antes de abrir, por el tintineo: cascabeles de latón cosidos a los fardos, para que los perros de las granjas se acostumbraran a él antes de que llegara.

Morag abrió de mala gana y el hombre entró con la lluvia, doblado bajo dos fardos de lona atados a una vara, con un sombrero de fieltro chorreando y una bufanda de lana parda enrollada al cuello hasta la barbilla.

—Dios guarde esta casa —dijo—. Y a sus hermanas.

Tenía una voz agradable. Educada. De esas que se oyen poco en las colinas.

Elspeth siguió amasando.

—Aquí no compramos nada —dijo Morag—. Somos pobres por voto y por falta de dinero.

—Nadie es tan pobre que no necesite una aguja.

Se quitó los fardos de la espalda y los dejó en el banco, junto al fuego. Desató uno. Salieron cintas de colores apagados, agujas de hueso y de hierro clavadas en un paño, dedales, peines de asta. Y una cajita de madera que el buhonero abrió con reverencia.

—Y para las almas, reliquias.

Morag se acercó, porque Morag no se resistía a nada que se abriera. Elspeth también miró, por encima del hombro de la monja, con las manos llenas de masa.

Dentro de la cajita, sobre un trapo de lino, había un hueso pequeño, amarillento, curvo.

—Un dedo de San Andrés —dijo el buhonero—. Traído de Constantinopla por un caballero que lo recibió de manos de un obispo griego.

—Ya —dijo Morag—. ¿Y cuántos dedos tenía San Andrés?

—Siete, hermana. —El buhonero no sonrió—. Era un santo muy generoso.

Morag soltó una carcajada. Elspeth no. Elspeth estaba mirando al hombre, que se había apartado un paso para dejar sitio a la monja, y lo había hecho arrastrando el pie derecho.

Un arrastre corto. Un tirón de la cadera, casi nada. Media Escocia cojea, le había dicho ella a Niall, hacía una vida, en la celda. Es noviembre.

El buhonero levantó la cabeza. Bajo el ala del sombrero tenía los ojos muy oscuros. Tan oscuros que no se les veía dónde terminaba la niña.

Elspeth notó que la masa se le enfriaba entre los dedos.

«Santa Águeda», pensó, «a la que le cortaron los pechos y siguió rezando. Amasa. No dejes de amasar.»

—Hermana Morag —dijo, y la voz le salió bien, le salió igual que siempre—. ¿Me acercáis el vinagre?

Morag no se volvió en seguida. Terminó de reírse, cerró la cajita del buhonero con un golpe, se limpió las manos en el mandil.

—El vinagre. Claro. Está en la despensa, hija, en el fondo. Voy yo, que tú no llegas.

Y salió por la puerta del huerto, sin prisa, sin mirar atrás, bamboleándose como un tonel que baja una cuesta.

Elspeth se quedó sola con él.

El fuego crujía. El caldero de agua para la colada hervía en la cadena, soltando vapor.

El libro estaba debajo del banco, a dos pasos de ella, envuelto en el hábito viejo, entre un cesto de coles y el fardo de mantas que Morag les había preparado para el camino.

El buhonero estaba sentado en el mismo banco, al otro extremo. Si miraba abajo, lo vería.

No miró abajo. La miraba a ella.

—Vos no sois monja —dijo.

—Soy una criada.

—Con esas manos. —Él le señaló los dedos. La tinta se veía hasta por debajo de la masa—. Las criadas se manchan de hollín. Esas manchas son de hiel de roble. La conozco bien.

Elspeth se limpió las manos en un trapo, despacio. Luego cogió el paño de las agujas y lo miró como si le importara.

—¿Cuánto por esta?

—Un penique.

—Es de hueso. Vale medio.

—Es de hueso de santo.

—¿También de San Andrés?

—De San Fillan —dijo él—. El del brazo que brillaba.

Elspeth levantó la vista. Él le sostuvo la mirada, y en la comisura de la boca apareció algo que no llegaba a sonrisa. Había aprendido la lección. En el scriptorium le había citado mal la vida de San Fillan, y ella lo había cazado. Ahora se la sabía.

Tenía las manos apoyadas en las rodillas. La izquierda, en el dorso, llevaba una costra larga y fea, todavía rosa en los bordes.

El raspador. La noche de la tapa del libro.

—Medio penique —repitió Elspeth, y le puso delante la moneda, la última de cobre que les quedaba de las del sargento.

El buhonero no la cogió. Se inclinó hacia ella por encima del paño de las agujas. Olía a lana mojada y a algo dulzón, como a vino rancio.

—Qué bien te sienta el pelo corto, hermana —dijo, muy bajo.

Elspeth no se movió.

Oyó la puerta del huerto. Oyó los pasos de Morag, pesados, y luego otros, rápidos, en el barro. No miró. No podía mirar. Tenía los ojos del hombre a un palmo, y en ellos no había odio, no había nada, solo una paciencia de gato junto a una ratonera.

—Yo que tú —dijo el buhonero— me quedaría muy quieta.

—Yo que vos —dijo Elspeth— me apartaría del fuego.

Le tiró la artesa.

Masa, harina y agua, todo de golpe, a la cara y al pecho. El buhonero se echó atrás. Elspeth se tiró al suelo, metió el brazo bajo el banco, agarró el bulto del libro por la tela y rodó hacia la puerta del huerto.

Niall estaba allí. Con el arco tenso y la flecha en la cuerda. Pero en la línea de la flecha estaba Morag, que entraba de nuevo con los brazos abiertos como una gallina, y no había tiro.

—¡Corre! —gritó Niall.

Elspeth corrió. Pasó por debajo del brazo de Niall, salió al barro, resbaló, se levantó. A su espalda oyó el banco caer, y la voz del buhonero, ya no educada.

Se volvió en la cerca del huerto.

La hermana Morag llenaba entera la puerta de la casa, de espaldas a ellos. Había descolgado el caldero de la cadena con las dos manos envueltas en el mandil, y lo sostenía delante del pecho, humeando, como un sacerdote sostiene el cáliz.

—Da un paso, buhonero —la oyeron decir, con toda la voz del mercado de pescado—, y te hago la colada.

Niall agarró a Elspeth del brazo y tiró de ella monte arriba.

Subieron sin mirar atrás. Entre brezos, entre piedras, con la lluvia de cara y el bulto del libro apretado contra el pecho. Elspeth llevaba las manos todavía pegajosas de masa y se le pegaban a la tela. Niall iba detrás, cubriéndole la espalda, con el arco en la mano.

A media ladera, se detuvieron detrás de una roca, sin aliento.

Abajo, desde el hospital, subió un grito.

Elspeth se agarró a la piedra. El grito era de Morag. Largo, ronco, espantoso.

Y luego las palabras. No se entendían todas. Se entendieron bastantes. Ninguna figuraba en un salterio, varias no figuraban en ninguna lengua cristiana, y una de ellas, repetida tres veces, se refería con mucho detalle a la madre del buhonero.

Niall soltó el aire de golpe.

—Eso no es dolor —dijo.

—No. —Elspeth apoyó la frente en la roca mojada, y por primera vez en todo el día se permitió temblar—. Es rabia. Está viva.