Capítulo 22. Mensaje a Glen Dubh
Para escribirle a su hermano, Niall necesitaba cuatro cosas que no tenía: pergamino, tinta, pluma y una razón para fiarse de la cifra.
Las tres primeras se las dio Elspeth en lo que se tarda en rezar un miserere.
La hermana Morag guardaba las cuentas de la casa en un cuaderno de pergamino tan viejo que las tapas eran de pura mugre.
Elspeth lo hojeó junto al fuego con la cara con que otros miran a un enfermo, eligió la última hoja, la de la cerveza, y la raspó con el raspador hasta dejarla blanca como la palma de una mano.
—Eso era la deuda del molinero —dijo Morag desde el banco.
—El molinero os lo agradecerá.
Con la tinta fue más rápida. Hollín de la campana del hogar, clara de huevo, un chorro de cerveza y un pellizco de algo que sacó de la bolsa de Morag y que olía a corteza.
Lo batió en un cuerno pequeño con el mango de una cuchara.
La pluma la cortó de una pena de ganso, en bisel, en cuatro tajos limpios, y se la tendió a Niall sin mirarlo, como el sacristán tiende el hisopo.
Niall la miraba hacer desde el otro lado de la mesa.
No la había visto nunca tan tranquila. En el bosque, Elspeth caminaba como quien pide perdón a cada árbol.
Con un pergamino delante, las manos se le quedaban quietas y exactas, y la boca un poco apretada, y el mundo entero dejaba de tener derecho a interrumpirla.
Cortó la hoja raspada en dos tiras. Le dio una a él. La otra la dobló y se la guardó en la manga, con el cuerno de tinta tapado con un trapo.
—¿Y eso?
—Costumbre. —No levantó la vista—. Una copista sin pergamino es como un arquero sin flechas. Tú tampoco das las tuyas.
Le quedaban doce. No lo discutió.
Eachann bajó del pajar cuando su tía volvió a gritarle. Tenía quince años, las piernas largas y un poco torcidas de los muchachos que crecen de golpe, las orejas grandes y las manos más grandes todavía. Se quedó en el umbral mirando a Niall como se mira a un oso que ha entrado en la cocina.
—Es el traidor —dijo, en un susurro que se oyó en todo el hospital.
—Es un huésped —dijo Morag—. Y tú eres un burro. Siéntate.
Niall mojó la pluma.
Y ahí se quedó, con la punta goteando sobre la tira, sin escribir.
La cifra de los establos. La habían inventado entre los tres, cuando Torquil tenía doce años y Niall seis, para que su madre no se enterara de quién rompía las jarras de miel.
Durante años había sido una broma de niños.
Después había sido lo único que lo unía a su casa: seis, siete mensajes en cinco años, por caminos raros, sin firma.
Y en septiembre, en Castell Maubray, Niall había descubierto que el Cuervo leía la lengua de los establos como quien lee un pregón, y había entendido que estaba muerto.
Alguien se la había enseñado. Alguien de dentro.
No había otra que Torquil pudiera leer. Escribirla en latín era gritarla en la plaza de Baile na Croise.
—¿Qué te pasa? —dijo Elspeth.
—Que el que tiene que leer esto no es el único que sabe leerlo.
Ella tardó un momento. Luego asintió despacio.
—El peregrino.
—El peregrino.
Elspeth miró la tira de pergamino. Miró la pluma. Miró a Eachann, que se estaba comiendo una torta de avena con la boca abierta.
—Entonces no le digas dónde. Dile algo que solo sepa tu hermano. Algo que no esté en ningún libro.
Niall se quedó mirándola. Luego, de pronto, le vino a la cabeza una roca partida en dos en el río, bajo el paso, con el agua verde alrededor.
Ewan, a los nueve años, subido a ella, gritando que era el rey de Escocia.
El salto. El ruido que hizo el diente contra la piedra.
Ewan saliendo del agua con la boca llena de sangre y diciendo, antes de llorar, que había sido culpa de Torquil.
Su madre se lo creyó una semana entera.
Escribió.
No tardó. Lo había compuesto tantas veces en la celda que las letras le salían en orden, como se sale de una casa conocida a oscuras.
Que estaba vivo y fuera. Que llevaba lo que el halcón había escrito a G.
y una mujer que sabía lo que era. Que el día veinte, a mediodía, estarían donde Ewan perdió el diente. Que viniera él.
No puso su nombre. Torquil conocería la letra.
Elspeth le echó ceniza fina encima para secar la tinta, sopló, y dobló la tira cuatro veces hasta dejarla del tamaño de una uña. Morag trajo aguja e hilo y la cosió ella misma por dentro del jubón de su sobrino, bajo el sobaco, con unas puntadas que Elspeth miró con dolor de oficio.
—Al laird de Glen Dubh —dijo Niall—. En mano. A nadie más. Ni a su mujer, ni a su madre, ni al cura.
—¿Y si me paran por el camino?
—Te lo comes.
Eachann dejó de masticar.
—¿El pergamino?
—Es de ternera —dijo Elspeth—. Alimenta.
Morag le dio un pescozón a su sobrino, que era su manera de darle la bendición, y lo mandó a dormir.
La casa se quedó en silencio. Morag roncaba en su rincón como un fuelle de herrero. Fuera, el viento bajaba de las colinas y se metía por debajo de la puerta con olor a nieve.
Elspeth no se fue a dormir. Se sentó junto al fuego con las rodillas recogidas, la saya parda sobre los pies, el libro al lado, siempre al lado, y Niall se sentó en el otro extremo del banco.
—¿Cómo es crecer en un priorato? —preguntó él.
Ella se lo pensó.
—Silencioso. Y frío hasta Pascua. —Se miró los dedos—.
Me dejaron en la puerta en una manta, con un salterio.
La portera dice que el salterio pesaba más que yo.
Aprendí a leer en él antes de saber atarme los zapatos.
A los siete años copiaba el abecedario en una tablilla de cera; a los nueve, la hermana Ide me daba con la regla en los nudillos cada vez que la punta de la pluma me salía roma.
—Sonrió un poco—. A los once ya escribía las cartas de la priora.
Cuando una priora de otra casa se moría, yo seguía escribiendo con su letra hasta que llegaba la nueva, para que no se perdieran las noticias.
—Eso es falsificar.
—Eso es caridad. —Lo miró de reojo—. Tú has vivido cinco años de mentiras. No me hables de falsificar.
Tenía razón, y Niall se rio, bajo, para no despertar a Morag.
—¿Y el salterio? ¿De quién era?
Ella tardó un poco en contestar. Cogió un palito del suelo y lo metió en las brasas.
—De alguien que sabía leer —dijo—. Hay menos de los que parece.
Y ya no habló más de eso. Le habló del huerto, del ciruelo que daba ciruelas agrias un año sí y otro no, de Madre Ethna, que le enseñó a distinguir un sello falso de uno verdadero por el borde de la cera, de la cillerera que se caía de los árboles.
Niall escuchaba. Hacía cinco años que nadie le contaba nada que no fuera útil.
Cuando ella se durmió, sentada, con la cabeza contra la pared, él siguió despierto.
Eachann se fue con la primera luz, sin desayunar, con una torta de avena en cada mano y el jubón abotonado hasta el cuello.
Niall lo vio cruzar el huerto y subir por el sendero de los pastores, hacia el oeste, a paso largo, sin volverse, hasta que las piernas de cigüeña se perdieron entre los brezos.
Se quedó en la ventana. No podía dormir. Nunca podía dormir cuando algo suyo iba por un camino que él no veía.
El cielo clareaba gris sobre las colinas. Abajo, por el camino del valle, avanzaba una figura sola.
Niall se pegó a la rendija.
Un hombre, lejos. Una capa oscura. Un cayado.
La figura se detuvo en la revuelta del camino, donde se veía el hospital entero. Se quedó allí, quieta, lo que se tarda en rezar un padrenuestro. Miraba hacia la casa.
Luego siguió su camino, despacio, y se perdió detrás de un otero.
Niall se quedó mirando el sitio vacío hasta que le dolieron los ojos.
Estaba demasiado lejos. No había podido ver si cojeaba.