LA NOVICIA Y EL HIGHLANDER TRAIDOR (AMORES PROHIBIDOS DE LAS HIGHLANDS nº 1) Capítulo 21. La hermana Morag
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Capítulo 21. La hermana Morag

Llegaron al hospital de San Fillan con los pies en carne viva y el ladrido de los perros todavía metido en los oídos, aunque hacía medio día que no lo oían.

Niall los había hecho caminar por el agua. Por dos arroyos y una turbera, de noche, agarrados a los brezos. Con la primera luz los perros se habían callado.

—Buena señal —había dicho Niall.

—Eso mismo pensaron los mártires de Lyon cuando dejaron de rugir los leones —había dicho ella—. Justo antes de que abrieran la puerta.

El hospital era una casa de piedra, baja y larga, con el tejado de turba cargado de lluvia y una cruz torcida sobre el dintel. Al lado, un huerto con coles negras de helada. Salía humo por el agujero del tejado. Olía a gachas.

Elspeth conocía aquella casa sin haberla visto nunca. Llevaba seis años escribiéndole cartas. Madre Ethna dictaba, Elspeth escribía «a nuestra querida hermana Morag, en San Fillan», y luego la priora le quitaba el pergamino y añadía de su puño dos líneas que Elspeth no llegaba a leer.

—¿Estás segura? —preguntó Niall.

—No —dijo Elspeth—. Pero tengo hambre, y el hambre me hace valiente.

Llamó tres veces. Dentro, alguien soltó un juramento de arriero.

La puerta se abrió y la llenó entera una mujer.

Redonda de arriba abajo, colorada como un jamón colgado al humo, con las mangas del hábito remangadas por encima del codo y un cucharón en la mano como quien lleva una maza.

Tenía los ojos pequeños y muy vivos, hundidos en la carne, y los pasó por Elspeth de la cabeza a los pies: el pelo cortado a raspador, la capa de sargento, el chal, el moratón de la mejilla, que se estaba volviendo verde.

Luego miró a Niall. Tardó más.

—Aquí no se da limosna a los que llevan espada —dijo, con una voz que habría hecho callar un mercado de pescado—. El que lleva espada, que se la coma.

—Hermana Morag. —Elspeth se echó atrás el chal—. Me llamo Elspeth. Vengo de Santa Bríd.

La mujer no se movió.

—En Santa Bríd hay once monjas y dos novicias, y a ninguna le dejarían llevar ese pelo.

—Madre Ethna os escribió por San Miguel que la cosecha de peras había sido mala y que la hermana cillerera se había caído del peral. —Elspeth tomó aire—. Os escribió que no era la primera vez. Lo escribí yo. La cillerera no me habló en una semana.

La hermana Morag la miró otra vez. Esta vez, las manos. Los dedos negros de tinta en las yemas, en las uñas, en cada pliegue, como si los hubiera metido en un pozo.

Se apartó de la puerta.

—Entra. Y el de la espada, que la deje junto a la leña. Aquí dentro mando yo, y no tengo espada.

Dentro hacía un calor de hogar grande que a Elspeth le dolió en la cara como una bofetada. Bancos largos, jergones enrollados contra la pared para los caminantes que en noviembre no venían, y un caldero sobre el fuego que la hermana Morag removió sin mirar, como se rasca una oreja.

—Sentaos. No habléis. Comed.

Gachas con mantequilla. Queso duro. Tortas de avena todavía calientes de la piedra.

Y cerveza, en unas jarras de madera tan grandes que Elspeth tuvo que cogerla con las dos manos.

La hermana Morag se sirvió otra para ella, se la bebió de pie, de tres tragos, y se limpió la boca con el dorso de la mano como un soldado de la guardia.

—San Fillan —dijo— hacía brillar el brazo izquierdo para copiar las escrituras de noche. Yo no copio nada. Yo hago brillar la cerveza.

Elspeth se atragantó con la avena. Niall no dijo nada. Comía despacio, con cuidado, como comen los que han pasado hambre mucho tiempo y temen que se les acabe.

La hermana Morag lo miraba comer.

—Así que tú eres el traidor.

Niall dejó la cuchara.

—Eso dicen, hermana.

—Diez marcos de plata. —Morag se sentó enfrente, y el banco protestó—.

Lo gritan en todas las aldeas de aquí a Inverness.

Diez marcos. Con eso me compro un buey y me sobra para cerveza hasta Pascua.

—Lo miró de arriba abajo—. Estás demasiado flaco para traidor.

Los traidores que yo he visto pasar por este camino comían en la mesa del barón.

—La mesa del barón es muy larga. A mí me tocaba la punta.

—Ya se nota. —Morag le cogió el brazo izquierdo sin pedir permiso, como se coge una pata de cordero para ver si está tierna, y le subió la manga. Miró el corte cosido, los puntos pequeños, iguales, apretados—. ¿Quién te ha hecho esta costura? ¿Un encuadernador?

—Una encuadernadora —dijo Elspeth.

—Punto de cadeneta —dijo Niall—. Me ha asegurado que aguanta cuarenta años en un misal.

—En un misal. —Morag le soltó el brazo—. Tú no eres un misal, muchacho. Tú eres un salterio de feria, de esos que se deshacen en cuanto llueve.

Después vino la ropa: una saya parda de una peregrina que murió allí el invierno anterior «de vieja, que es de lo que hay que morirse», unas abarcas, medias secas. Cuando Elspeth salió de detrás de la manta, Morag le puso las manos en los hombros y la miró de cerca.

—Te tengo que dar noticias, hija. Ninguna buena.

—Lo sé.

—No lo sabes. —Morag bajó la voz, y la voz de pescadera se volvió otra cosa—.

Anteayer subió uno de los muchachos de Ethna, de los que no llevan nombre.

A tu priora la tienen encerrada en su propia celda, con un sargento del barón en la puerta día y noche.

El primer día no quiso comer. El segundo pidió su breviario y una jarra de cerveza.

—Algo parecido al orgullo le pasó por la cara—. Ethna sabe lo que se hace.

Elspeth no dijo nada.

—Hay más —dijo Morag.

—Decidlo.

—El día de San Martín, el arcediano subió al púlpito de tu iglesia, delante de las monjas y de medio valle, y te excomulgó. Con vela y campana. —Morag no apartó la mirada—. Dijo tu nombre tres veces, alto, para que lo oyera Dios. Elspeth de Santa Bríd, esclava de Satanás y ramera de un asesino.

El fuego crujió. Niall, en la mesa, se había quedado muy quieto.

Elspeth notó que le temblaba algo en el pecho, no de miedo. Se miró las manos. La tinta.

—Es la primera vez —dijo— que un arcediano pronuncia mi nombre.

Lo dijo sin intención de que sonara a nada. Sonó a campana rajada, y supo que los otros dos también lo habían oído.

Morag la miró un momento más de lo necesario. Tenía los ojos pequeños, y no se le escapaba nada, y no preguntó. Le apretó los hombros una vez y la soltó.

—Pues que lo pronuncie bien, ya que se pone —dijo—. Que tiene la boca llena de clavo y se le entiende la mitad.

Elspeth no se volvió hacia la mesa. Sabía que Niall la estaba mirando igual que en la hondonada, la noche de la cifra, cuando el nombre de Thurstan había salido de entre las letras.

—Ramera de un asesino —dijo Niall, al cabo—. Siento lo de asesino.

—Y lo de ramera, ¿no lo sientes?

—Eso es cosa del arcediano. Yo no he tenido tanta suerte.

Morag soltó una carcajada que asustó a las gallinas del corral. Elspeth se puso colorada y se lo agradeció.

—Bueno —dijo Morag, y se sirvió más cerveza—. Ahora decidme adónde vais, que por la cara que traéis no es a Roma.

Niall se lo dijo: Glen Dubh, el Bealach nan Sgàil. No dijo por qué. Morag miró el bulto que Elspeth no había soltado ni para cambiarse y no lo preguntó.

—Por el paso alto, cuatro días si no nieva. Si nieva, los que Dios quiera. —Morag se rascó la barbilla—. Y los de Varenne tendrán gente en el camino del valle.

—Tengo que avisar a mi hermano —dijo Niall—. Que venga a buscarnos al paso.

La hermana Morag se quedó callada un rato. Luego se levantó, fue hasta la puerta del fondo y gritó hacia el pajar, con toda la voz de pescadera:

—¡Eachann! ¡Baja, amadan, que tienes trabajo!

Se volvió hacia ellos.

—Mi sobrino. Quince años, las piernas de una cigüeña y la cabeza hueca. Pero conoce el camino de los pastores mejor que las cabras. —Cogió la jarra—. En tres días puede estar en Glen Dubh con lo que tengáis que decir.