LA NOVICIA Y EL HIGHLANDER TRAIDOR (AMORES PROHIBIDOS DE LAS HIGHLANDS nº 1) Capítulo 20. El puente
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Capítulo 20. El puente

Niall bajó la escalera con la espada envuelta en la mano y la certeza tranquila de que iba a morir en una posada que olía a caballo, lo cual le pareció poco digno después de haberse librado de una horca de roble.

La sala común estaba casi vacía. Ascuas en el hogar. Dos perros tuertos. Y al pie de la escalera, agarrado al pasamanos como a la borda de un barco en tormenta, un hombre grande con el halcón negro bordado en el pecho de la túnica y una jarra en la otra mano.

Niall se detuvo en el penúltimo escalón.

El hombre levantó la cabeza. Tenía los ojos rojos, la nariz roja y una expresión de profunda tristeza.

—¿Tú eres el mercader?

—Soy un mercader.

El sargento lo miró de arriba abajo. Tardó mucho. Se balanceó. Niall contó los latidos y cambió el peso al pie de atrás.

—No —dijo el sargento al fin, desolado—. No eres tú. El otro era gordo. Se ha llevado a mi hermana a Perth. Un mercader gordo con una mujer que no es su mujer. Mi hermana. —Se le cayó una lágrima gorda por la nariz—. Tú eres flaco.

—Muy flaco.

—Qué pena. Te habría matado.

Se sentó en el escalón de abajo, apoyó la cabeza en el pasamanos y se quedó dormido antes de que Niall terminara de soltar el aire.

Rob el Gordo, desde detrás del barril, se encogió de hombros.

—Lleva tres noches así —dijo—. Pregunta a todos los que llegan de dos en dos.

Niall subió la escalera, pasando por encima del sargento. En la habitación, Elspeth seguía sentada en la cama con el libro contra el pecho y el raspador en la mano.

—Un borracho —dijo él—. Busca a un mercader gordo que le ha robado a su hermana.

Ella soltó el aire despacio. Luego dejó el raspador.

—Pobre mujer —dijo—. Espero que sea muy gordo y muy rico.

No durmieron. Al alba, pagaron a Rob el Gordo casi todo el cobre que les quedaba, recogieron el pan que les quedaba y salieron.

El puente estaba al final de la calle, al otro lado de la plaza de la cruz.

De piedra, con tres arcos, estrecho, y el río pasando por debajo con un ruido de molino.

Los dos hombres de Varenne estaban en el extremo de la aldea, junto a un brasero, con la cara gris de quien ha hecho guardia toda la noche.

Uno era alto y tenía una lanza. El otro, bajo, con un perro atado a la muñeca que no era un alano de rastro sino un chucho de aldea con ganas de mear.

Niall caminó hacia ellos sin prisa.

Había aprendido eso en Castell Maubray, en cinco años de entrar en cámaras donde no debía entrar: no se entra nunca como quien pide permiso. Se entra como quien ya lo tiene y lamenta el retraso.

—Buenos días —dijo en francés, con acento de Moray y cara de haber dormido mal—. Tengo prisa.

El alto bajó la lanza. No del todo. Lo justo.

—Nadie cruza sin que lo miremos. Órdenes de Sir Hugues.

—Mírame, entonces. —Niall sacó el pergamino enrollado del pecho y se lo tendió—. Y luego mira esto, y luego apártate, porque el arcediano de Moray espera sus pieles antes de Adviento y no pienso explicarle por qué llegan tarde.

El alto cogió el pergamino. Lo desenrolló. Lo miró. Lo giró un cuarto. Lo volvió a girar. Niall entendió, con una alegría que no le cupo en el pecho, que aquel hombre no había leído una letra en su vida.

Pero el sello sí lo miró. Mucho rato. Con respeto. Pasó el pulgar cerca de la cera sin atreverse a tocarla, como se pasa la mano cerca de una reliquia.

—El arcediano —dijo—. El gordo. El del anillo.

—El mismo.

El alto miró a Elspeth, que esperaba un paso detrás de Niall con el chal sobre la cabeza y los ojos bajos.

—¿Y esa?

—Mi mujer.

—Tiene el pelo corto.

—Tuvo piojos en Elgin. —Niall suspiró como suspiran los maridos—. Me costó un penique el barbero y tres semanas de quejas. Si quieres oírlas, pregúntale.

Elspeth levantó la cabeza. Abrió la boca.

—No —dijo el guardia bajo, rápido. Había visto esa cara en su propia casa.

El alto enrolló el pergamino y se lo devolvió con las dos manos.

—Pasad.

Pasaron. Niall no se dio prisa. Contó los pasos sobre las losas del puente, uno a uno, sin mirar atrás, con la espalda recta y el pergamino falso en la mano como si pesara. Treinta y dos pasos. Al otro lado, el camino subía entre casas pobres y huertos de coles hacia la ladera.

—Piojos —dijo Elspeth entre dientes cuando ya no podían oírlos.

—Ha funcionado.

—Me has dejado piojosa delante de un sargento del barón.

—Te he dejado viva delante de un sargento del barón. Lo de los piojos lo puedes negar más adelante.

En la última casa de la aldea, donde el camino se volvía barro y brezo, había una anciana sentada en un banco de piedra junto a la puerta, hilando con un huso.

Muy vieja. Pequeña, doblada, con la cara como una manzana de invierno y un pañuelo negro sobre el pelo blanco.

Levantó los ojos cuando pasaron. Dejó de hilar.

—Tú —dijo.

Niall no se paró. Ella lo dijo más alto.

—Tú, a bhalaich. El de los ojos grises. Ven aquí.

Elspeth le tocó el brazo. Niall se paró.

La anciana lo miraba desde el banco con la cabeza ladeada, igual que San Nadie desde su pared. Luego sonrió. No tenía casi dientes.

—Yo vendía lana en Glen Dubh —dijo—. Hace veinte años. Iba cada primavera por el paso con dos mulas. Y había un crío con esos ojos que se me colgaba de las alforjas para robarme las manzanas secas. El tercero de Alasdair. —Lo miró de arriba abajo—. Has crecido poco.

—Señora...

—No me mientas, que soy vieja y me ofende. —Se levantó con esfuerzo, apoyándose en el huso—. Espera.

Entró en la casa. Niall miró a Elspeth. Elspeth miró el camino, hacia la aldea, hacia el puente.

La anciana volvió a salir con algo largo en las manos, envuelto en un paño de lana engrasada. Se lo tendió.

Niall lo desenvolvió.

Era un arco de caza. De tejo, sencillo, un poco más corto que el brazo de un hombre alto, con la madera oscura de años de manos y de grasa. La cuerda, de tripa, enrollada aparte. Y un haz de flechas atado con un cordel, con plumas de ganso gris. Doce. Las contó sin querer.

—Era de mi marido —dijo la anciana—. Se murió en Candelaria. No sé tirar y no quiero aprender.

—No puedo...

—Tu padre me perdonó una deuda. El año del hambre, cuando se me murieron las ovejas.

Toda una deuda, de lana que no le pude traer.

—Le cerró los dedos sobre el arco con su mano de corteza—.

Dicen que eres un traidor. Yo no sé lo que eres.

Sé de quién eres hijo. Los MacRannoch pagan tarde, pero pagan. Y los que les debemos, también.

Niall sacó de la bolsa el último penique de plata que les quedaba y se lo tendió. Ella lo miró como si le hubiera ofrecido una rata muerta.

—Guárdalo para cuando te cuelguen —dijo—. Al verdugo se le da propina.

Volvió a su banco. Cogió el huso. Se puso a hilar.

Niall se quedó en el camino con el arco en las manos.

Lo encordó allí mismo, apoyándolo contra el pie, doblando la madera con la mano sana y el peso del cuerpo, apretando los dientes cuando el brazo cosido protestó.

La cuerda entró en la muesca con un chasquido.

Tensó. La madera respondió como responde un animal que reconoce una mano.

Hacía meses que no tensaba un arco de verdad.

Las manos se acordaban. Los hombros se acordaban.

Todo el cuerpo se acordaba de algo que él había dado por perdido en una celda.

Se echó el carcaj improvisado a la espalda, junto a la espada envuelta. Se irguió.

Elspeth lo estaba mirando con la cabeza ladeada, el chal gris sobre el pelo corto y el libro abrazado bajo la capa.

—Vaya —dijo—. Ahora sí pareces peligroso.

Niall iba a contestar. No llegó a hacerlo.

Detrás de ellos, al otro lado del río, desde el camino del este que bajaba a la aldea, subía por el aire frío de la mañana la voz grave y larga de los perros.