LA NOVICIA Y EL HIGHLANDER TRAIDOR (AMORES PROHIBIDOS DE LAS HIGHLANDS nº 1) Capítulo 19. Marido y mujer
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Capítulo 19. Marido y mujer

La posada de Rob el Gordo tenía una sala común llena de humo, un perro tuerto debajo de cada mesa y una sola habitación libre, encima del establo.

—Una cama —dijo Rob el Gordo, que no estaba gordo sino lo siguiente—. Para un hombre y su mujer, sobra.

—Sobra —dijo Elspeth, y le puso dos monedas de cobre en la mano antes de que Niall pudiera abrir la boca.

La habitación era un cuarto bajo de vigas, con olor a heno y a caballo subiendo por las rendijas del suelo.

Tenía un ventanuco con postigo, una vela de sebo en un plato, un taburete y una cama.

La cama era un marco de madera con un jergón de paja y una manta de lana parda, y ocupaba casi todo el cuarto.

Era estrecha. Era, sin ninguna duda, una cama para dos personas que se tenían mucho cariño o muy poco sitio.

Se quedaron los dos en la puerta, mirándola.

—Santa Cecilia —dijo Elspeth— convenció a su marido, la noche de bodas, de que un ángel la guardaba y lo mataría si la tocaba.

—¿Y funcionó?

—Él se hizo cristiano y acabaron los dos mártires.

—No sé si eso es un sí.

—Es un aviso.

Niall cerró la puerta, cogió la manta de la cama, se la echó al hombro y se tumbó en el suelo, entre la cama y la pared, en un hueco donde apenas cabía un perro.

—Buenas noches, esposa.

Elspeth se sentó en el borde de la cama. Lo miró allí abajo, encajado, con el brazo vendado sobre el pecho y los pies contra el taburete. Pensó en el suelo de tablas. En el frío que subía del establo. En doce puntadas de encuadernadora.

Le quitó la manta de un tirón y se la volvió a tirar encima, entera, por la cabeza.

—Yo tengo la capa —dijo—. Y el jergón. Tú tienes fiebre de anoche y un brazo que he cosido yo. Si se te abre, no pienso coserlo otra vez.

Él sacó la cabeza de la manta.

—Eres muy mala esposa.

—Soy muy buena costurera. Duérmete.

Pero ninguno de los dos se durmió. Elspeth se quedó sentada en la cama con el libro en las rodillas, oyendo a los caballos abajo y el ruido de la sala común, las voces, un hombre que cantaba mal.

Y el río. El río pasaba junto a la posada, crecido y pardo, y a cien pasos, en el puente, había dos hombres de Varenne con una antorcha.

—No podemos cruzar el puente —dijo Niall desde el suelo, como si le hubiera oído pensar—. Mañana los guardias habrán oído al pregonero tres veces. Y el vado, con el río así...

—El vado, no.

—El siguiente puente está a un día río abajo. Hacia el este. Hacia Varenne.

—Entonces cruzamos este.

—¿Cómo?

Elspeth sacó de la manga el pergamino del sargento muerto. Lo desdobló sobre el libro. Se busca a Niall MacRannoch. La letra apretada del escribano. El sello de cera, arrancado.

—Con esto —dijo.

Niall se incorporó sobre un codo.

—Eso es un aviso de búsqueda.

—Esta noche es un aviso de búsqueda. —Sacó el raspador—. Mañana será un salvoconducto del arcediano de Moray para Tormod el mercader y su esposa, que viajan por asuntos de la Iglesia y no deben ser molestados por nadie, bajo pena de excomunión.

—No puedes...

—Llevo quince años raspando pergamino. Para eso sirve esto. —Levantó el raspador a la luz de la vela—. No para cortar pelo. Ni para peregrinos.

Pidió a Rob el Gordo, por la trampilla, un huevo, un poco de agua y hollín de la chimenea en una escudilla, y Rob el Gordo se lo subió mirando a Niall con cara de pensar cosas de los mercaderes de Elgin y de sus costumbres.

En el patio del establo, Elspeth encontró una pluma de ganso. La cortó a bisel con el raspador.

Luego se puso a trabajar.

Raspó la tinta del escribano con el filo curvo, a pasadas cortas y planas, como le había enseñado la hermana Ide.

Pulió la piel con una piedra del ventanuco y un poco de ceniza.

Mezcló el hollín con la clara del huevo y unas gotas de agua, con el dedo, hasta que la tinta quedó negra y espesa. Pautó dos líneas con la uña.

Escribió.

Thurstanus, archidiaconus domini episcopi Moraviensis, omnibus Christi fidelibus ad quos praesentes litterae pervenerint, salutem. Latorem praesentium, Tormodum mercatorem, cum uxore sua, in negotiis nostris euntem, libere et sine impedimento transire permittatis.

No era su letra. Era la del arcediano. Redonda, gorda, inclinada hacia la derecha, con las astas de la d demasiado largas y un rizo innecesario en cada mayúscula, como un hombre que se pone tres anillos donde bastaría uno.

Elspeth la había visto en veinte cartas a Madre Ethna.

La había estudiado. Era una letra fácil de imitar, porque era una letra que solo sabía una cosa: hacerse notar.

Al llegar a la firma, la pluma se paró.

Se quedó un momento con la punta sobre el pergamino, sin tocarlo. Una gota de tinta se formó en el bisel. Elspeth la miró temblar.

«Es un nombre», pensó. «Solo es un nombre. Lo he escrito cien veces en el libro de visitas.»

Lo escribió. Thurstanus. Con el rizo en la T.

No le tembló la mano. Eso lo notó después, y se sintió orgullosa de ello, y enseguida le dio vergüenza estar orgullosa.

Faltaba el sello.

Sacó el cabo de vela de cera y lo calentó en la llama de sebo.

Cogió uno de los peniques de plata que les quedaban, el más gastado, y lo apretó por la cara de la cruz en la cera blanda.

Luego, con la punta del raspador, muy despacio, fue grabando alrededor de la cruz un óvalo, y dentro del óvalo, al revés, letras diminutas.

Las del sello que venía colgado de las cartas del arcediano.

SIGILLVM THVRSTANI ARCHIDIACONI. Letra a letra.

Al revés. Sin mirar el modelo, porque no tenía modelo. Lo tenía en la cabeza.

Tardó mucho. La vela de sebo bajó dos dedos.

Cuando levantó la vista, Niall estaba sentado en el suelo con la espalda contra la pared y la manta sobre los hombros, mirándola.

No sabía cuánto tiempo llevaba mirándola.

Tenía una cara que ella no le había visto nunca: la de un hombre que ha abierto un cofre esperando encontrar monedas y ha encontrado otra cosa, y no sabe si alegrarse o asustarse.

—¿Dónde has aprendido eso? —preguntó.

Elspeth dejó caer una gota de cera caliente al pie del pergamino, contó hasta cinco y apretó el sello nuevo.

—Copiando la letra de las prioras muertas —dijo— para que las cartas siguieran llegando.

Él esperó a que dijera más. No dijo más.

Levantó el sello. En la cera había una cruz, un óvalo, y unas letras que ningún guardia de puente sabría leer y que cualquier guardia de puente reconocería. Sopló. Enrolló el pergamino. Se lo tendió.

Niall lo cogió como se coge algo que puede morder.

—Madre Ethna —dijo despacio— tiene una red de mensajeros que llega hasta Inverness. Y una novicia que escribe con la letra de quien haga falta.

—Madre Ethna tiene un priorato pequeño y muchas visitas. —Elspeth se limpió los dedos en la capa—. Yo solo copio.

Fue entonces cuando llamaron a la puerta.

Tres golpes. No fuertes. Los dos se quedaron quietos. Niall ya tenía la mano en la espada envuelta, y Elspeth tenía el libro contra el pecho sin recordar haberlo cogido.

—¿Mercader? —La voz de Rob el Gordo, baja, pegada a la madera—. Abajo hay un hombre que pregunta por vosotros.

—¿Por nosotros? —dijo Elspeth.

—Pregunta por un mercader y su mujer —dijo Rob el Gordo—. Que no parecen casados.