LA NOVICIA Y EL HIGHLANDER TRAIDOR (AMORES PROHIBIDOS DE LAS HIGHLANDS nº 1) Capítulo 18. El mercader y su mujer
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Capítulo 18. El mercader y su mujer

Ella no discutió. Eso fue lo que más le sorprendió.

Elspeth se sentó en una piedra junto al regato, se quitó la toca deshilachada, la miró un momento como se mira una carta que ya no se va a contestar y la tiró al fuego. El lino prendió enseguida. Luego se deshizo el pelo.

Le llegaba a media espalda. Castaño oscuro, casi negro con aquella luz, con olor a humo de dos noches. Se lo echó todo hacia delante por encima de un hombro y sacó el raspador.

—Déjame a mí —dijo Niall.

—Tienes un brazo cosido.

—Tengo otro.

—El otro es el que tiembla.

Era verdad. Niall escondió la mano.

Ella cogió el primer mechón con la izquierda, lo tensó y pasó el raspador por debajo, a la altura de la nuca.

La hoja curva cortaba bien; la había afilado esa misma mañana contra una piedra del regato, con la paciencia de quien afila una pluma.

El mechón se quedó en su mano. Lo miró. Lo echó al fuego.

—A Santa Inés —dijo— la desnudaron para humillarla, y le creció el pelo hasta los pies para taparla.

—¿Y a ti?

—A mí me va a tocar al revés.

Cortó. Mechón a mechón. Sin prisa, sin espejo, tocándose la cabeza con la mano libre para medir. El fuego olía a pelo quemado. Niall la miraba desde el otro lado y no sabía dónde poner los ojos, porque mirar aquello le parecía más íntimo que cualquier cosa que hubiera visto en la cueva.

Cuando terminó, se pasó las dos manos por la cabeza. El pelo le quedaba corto, irregular, a la altura de la nuca, y se le rizaba un poco en las puntas ahora que no pesaba.

—¿Y bien?

Niall buscó algo que decir. No encontró nada que pudiera decir en voz alta.

—Pareces más joven —dijo al fin.

—Parezco un novicio de los otros. De los de San Benito. —Se echó la capa parda del sargento sobre los hombros y se subió la capucha—. Ahora tú.

—¿Yo qué?

—El aviso dice «barba». —Levantó el raspador—. Siéntate.

Niall se sentó. Ella se arrodilló delante de él con el raspador en una mano y agua del regato en la otra, le mojó la barba y empezó a recortar.

No a afeitar; a recortar, hasta que la barba de preso, larga y enredada, se convirtió en una barba corta de hombre libre.

Él tenía que estarse quieto. Ella tenía que estar muy cerca.

Le sujetaba la barbilla con dos dedos manchados de tinta vieja, le giraba la cara a la luz, fruncía el ceño como fruncía sobre una inicial difícil.

—Tienes una cicatriz aquí —dijo, tocándole la barbilla.

—Un golpe, hace unos pocos años. Un sargento del barón y la esquina de una mesa.

—¿Quién ganó?

—La mesa.

Ella se rio, y al reírse le tembló el raspador, y Niall contuvo el aliento.

—Si te tiembla la mano —dijo—, acuérdate de San Juan Bautista.

—San Juan Bautista perdió la cabeza por una mujer que bailaba. Yo no bailo. —Le pasó la hoja por debajo de la mandíbula, muy despacio—. Estate quieto.

Se estuvo quieto. Fue lo más difícil que había hecho en dos meses.

Bajaron a Baile na Croise a media mañana, con la espada del sargento envuelta en un trapo y atada a la espalda de Niall como un haz de varas, y el libro bajo la capa de ella.

Era una aldea de casas de piedra y techo de brezo, apiñadas en la orilla de un río allí donde el valle se abría, con una cruz de piedra en medio de la plaza, gastada por la lluvia, que le daba el nombre.

Día de mercado. Había ovejas, gallinas en cestos, un hombre que vendía cuerda, mujeres con queso y lana, un herrero con el yunque en la calle.

Olía a estiércol, a humo, a pan. Al otro extremo, un puente de piedra cruzaba el río.

En el puente había dos hombres con el halcón en el pecho.

Niall los vio y siguió andando. Elspeth también los vio y no dejó de hablar.

Hablaba todo el rato. Desde que habían entrado en la aldea no había cerrado la boca, y Niall tardó en entender que era a propósito. Nadie mira dos veces a una mujer que se queja.

—... y los ladrones se lo llevaron todo —le estaba contando a la mujer del queso—, todo, las pieles de marta, las de nutria, la mula, hasta el zapato me quitaron, fíjate, uno solo, para qué querría un ladrón un zapato, digo yo, y a él lo ataron a un pino dos días con cuerda de cáñamo, míralo, mira cómo tiene las muñecas, dos días, yo creí que se me moría, y luego para colmo se cortó con su propia espada al querer soltarse, que mi marido es muy buen mercader pero con las manos no sirve para nada...

La mujer del queso miró las muñecas de Niall, que asomaban vendadas por debajo de las mangas, y el brazo atado, y la cara flaca, y chasqueó la lengua con pena.

—Pobre hombre.

—Pobre yo —dijo Elspeth—. Que tengo que aguantarlo.

Le compraron queso. Le compraron pan a otra mujer, y a un zapatero, en un portal, unos zapatos viejos de cuero que le quedaban grandes y que Elspeth rellenó con lana.

Se llevaron del puesto de una viuda un chal de lana gris para la cabeza.

Pagaron con los peniques del sargento muerto, y Elspeth regateó cada uno como si le fuera la vida en ello, y ganó siempre.

En el puesto del chal, la viuda preguntó de dónde eran.

—De Elgin —dijo Elspeth sin pestañear—. Él es Tormod, el hijo de Tormod el Peletero, que tenía el puesto junto a la catedral, ¿no lo conocéis? Todo el mundo lo conocía. Murió en Pascua, que Dios lo tenga, de una indigestión de anguilas. Y yo soy su nuera, para mi desgracia.

La viuda asintió como si hubiera conocido de toda la vida al difunto Tormod y sus anguilas.

Niall pagó el chal y no dijo nada. Llevaba toda la mañana sin decir nada. Tenía la extraña sensación de haber entrado en la aldea como un hombre y de ir a salir como un personaje de un cuento que no había escrito.

Cuando se alejaron del puesto, se inclinó hacia ella.

—¿Tormod?

—Tenías cara de Tormod.

—¿De dónde sacas todo eso?

—De ningún sitio. Me lo invento. —Se ajustó el chal sobre el pelo corto—. Llevo quince años copiando vidas de santos. La mitad son mentira. Se aprende.

Niall la miró de lado. Hablaba con la voz de una mujer de mercado, se movía como una mujer de mercado, regateaba como una mujer de mercado, y hacía dos días era una novicia que pedía permiso a un esqueleto para usar su leña.

Pensó que había conocido espías en Castell Maubray, hombres que cobraban por mentir, y que ninguno mentía así. Con esa alegría.

Le dio un poco de miedo. No mucho. Lo justo.

—Recuérdame —dijo— no pedirte nunca que me digas la verdad.

—Te la diré igual. Es más fácil de recordar.

Habían llegado a la plaza. La gente se estaba juntando junto a la cruz de piedra, y Niall no supo por qué hasta que oyó la campanilla.

Un hombre subido a los escalones de la cruz, con un sombrero de fieltro y un bastón pintado, agitaba una campana de mano. Esperó a que se hiciera silencio. Luego desenrolló un pergamino que Niall conocía, porque Elspeth llevaba uno igual en la manga.

—¡Oíd, oíd! Por orden del muy noble Renaud de Maubray, barón y señor, y de Sir Hugues de Varenne, su caballero...

Elspeth le cogió la mano. Él no supo si para disimular o para no caerse.

—¡Diez marcos de plata —gritó el pregonero— por el traidor MacRannoch, y cinco por la monja!