LA NOVICIA Y EL HIGHLANDER TRAIDOR (AMORES PROHIBIDOS DE LAS HIGHLANDS nº 1) Capítulo 17. Hierbas del huerto
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Capítulo 17. Hierbas del huerto

Lo primero fue el brazo.

Elspeth se arrodilló en la senda, le arrancó a Niall la manga desde el hombro y miró.

El corte le atravesaba el antebrazo izquierdo de través, por fuera, largo como un dedo y medio.

Hondo. No había hueso a la vista, gracias a Dios y a la mala puntería de un sargento, pero la sangre salía sin prisa y sin pausa, como sale el vino de una cuba mal cerrada.

Se desató el cinto de cuero, el de la honda, y se lo ató por encima del codo, fuerte, con un palo metido en el nudo, y dio vueltas al palo hasta que Niall abrió los ojos y dijo una palabra que no venía en ningún salterio.

—Bien —dijo ella—. Estás vivo.

—Estaba mejor dormido.

—Dormido no puedes andar. Y el que se ha ido a caballo va a volver con más.

Él miró el cielo un momento. Luego asintió, y ella lo ayudó a sentarse, y lo dejó sentado contra la roca con el palo del torniquete sujeto en su mano sana.

—No lo sueltes.

—¿Adónde vas?

—De compras.

El hombre de la barba negra seguía atado en la senda, gimiendo. Elspeth le quitó el casco. Él protestó, con la voz pastosa. Ella lo miró desde arriba.

—Dios te lo devolverá —le dijo—. Con intereses. Es muy puntual con eso.

Después miró ladera abajo.

El otro estaba allí. Muy abajo, donde la piedra suelta terminaba en un rellano de hierba antes de los abedules. Un bulto pardo y quieto con los brazos en una postura que ningún hombre vivo elegiría para descansar.

Tenían que bajar de todos modos. Arriba, en la cresta, los verían desde tres valles.

Elspeth ayudó a Niall a levantarse, se pasó su brazo sano por los hombros y bajaron la ladera de lado, despacio, resbalando, con la espada del muchacho metida en su cinto y el libro atado a la espalda de ella.

Niall no dijo nada en toda la bajada. Tenía la cara del color del sebo.

Al llegar al rellano, lo sentó en una piedra y fue hasta el muerto.

Era más joven de lo que le había parecido a caballo.

Tenía la verruga en la nariz y los ojos abiertos, mirando algo que había encima de los abedules y que ella no podía ver.

Elspeth se arrodilló. Le cerró los ojos con dos dedos.

Rezó por él, deprisa pero entero, un padrenuestro y el principio del oficio de difuntos, lo que le salió. Luego le desató la capa.

Era de lana gruesa, parda, casi nueva, con un broche de hierro. Tuvo que girar el cuerpo para sacarla, y pesaba más de lo que un hombre debería pesar. Le desató también la bolsa del cinto.

—San Martín partió su capa con un mendigo —dijo en voz alta, al muerto o a sí misma—. Yo te la quito entera. Espero que cuente como media obra de misericordia.

El muerto no dijo que no.

En la bolsa había monedas. Nueve peniques de plata y un puñado de cobre.

Y un pergamino doblado en cuatro, pequeño, del ancho de una mano.

Lo abrió. Letra de escribano, apretada, en latín y debajo en romance: Se busca a Niall MacRannoch, traidor y asesino de un clérigo, flaco, pelo negro, barba, ojos grises, marcas de grilletes en las muñecas.

Y a una monja de Santa Bríd, pequeña, ojos grises, con toca, que va con él.

Diez marcos de plata por él. Cinco por ella.

«Pequeña», pensó Elspeth. «Podían haber puesto otra cosa. Cualquier otra.»

Dobló el pergamino y se lo guardó en la manga, junto a la cera.

Encontró agua a cien pasos: un regato que bajaba entre los abedules, claro y helado, con una orilla de piedras planas.

Hizo fuego allí, con ramas de abedul y el pedernal, que tuvo que sacarle a Niall de la bolsa mientras él la miraba sin fuerzas para quejarse.

Llenó el casco de agua y lo puso en las brasas.

Luego buscó hierbas.

Era noviembre. No había nada verde. Pero la milenrama no necesita estar verde; en el huerto del priorato la hermana herbolaria la cortaba en otoño y la colgaba seca de las vigas.

Elspeth encontró unas matas en el borde del bosque, tiesas y pardas, con las cabezuelas de flores muertas todavía en lo alto.

Las arrancó. Encontró musgo, del bueno, del que crece en la cara norte de las piedras. Volvió.

El agua hervía en el casco. Echó dentro la milenrama. Olía a amargo y a heno.

—¿Qué es eso?

—Sopa de sargento.

Desató el torniquete. La sangre volvió a salir, pero menos, más oscura. Lavó el corte con el agua de la milenrama, templada en una hoja de abedul doblada. Niall apretó los dientes y no dijo nada. Eso le pareció a Elspeth peor que si gritara.

Después sacó la aguja.

La llevaba siempre, desde hacía diez años, en la escarcela, metida en un canuto de caña: una aguja de hueso, larga, pulida por el uso, de las que servían para coser los cuadernillos de un libro al lomo. Para hilo deshizo el dobladillo de su toca, que era de lino fino.

Niall miró la aguja.

—Eso es para libros.

—Tú eres un libro. Uno muy mal encuadernado.

Enhebró. Pasó la aguja por la llama. Le cogió el brazo, lo apoyó en su rodilla, y juntó los bordes del corte con los dedos de la mano izquierda.

La primera puntada fue la peor. Para los dos.

Él dio un respingo y ella tuvo que empezar otra vez.

A la tercera, Elspeth dejó de pensar en que aquello era carne y empezó a pensar en que era piel, que al fin y al cabo era lo que había hecho toda su vida: coser pieles.

Puntada de encuadernadora. Pasar, cruzar, tensar, anudar.

Cada punto a la misma distancia del anterior. Recto. Limpio.

—Es la primera vez que coso algo que protesta —dijo.

—No estoy protestando.

—Estás respirando como un fuelle. En un libro sería protestar.

Doce puntadas. Musgo encima. Una tira del bajo de la camisa. Otra. Cuando terminó, le temblaban las manos, y las escondió en el regazo para que él no lo viera.

Al anochecer le subió la fiebre.

No mucha. Lo bastante para que los ojos le brillaran y hablara más de la cuenta. Elspeth lo tapó con la capa del muerto y se sentó a su lado, con la espalda contra un abedul y el libro en las rodillas, y lo dejó hablar.

Habló de su madre. De que era menuda y recta como una lanza y nunca, en toda su vida, había dicho que estaba cansada. De que contaba las ovejas del valle desde la ventana de la torre y sabía cuándo faltaba una.

—¿Y cuándo faltaba un hijo?

—También. —Se rio un poco, con la boca seca—. Mi madre lo sabe todo. Por eso no la miro a la cara.

Habló de su hermana pequeña, Rhona, a la que había enseñado a tirar con arco cuando tenía siete años, con un arco de avellano que le hizo él mismo, y de que a los diez ya le ganaba.

De que ella nunca lo perdonaría. De que tenía una trenza negra hasta la cintura y le había pegado una vez con ella en la cara.

Habló del loch.

—Huele a hierro —dijo—. Loch Dorcha. Por la mañana, cuando sube la niebla. Huele a hierro y a turba mojada, y si abres la boca te sabe a moneda vieja. —Cerró los ojos—. En Castell Maubray, las noches malas, lo olía. En la celda. No sé cómo. Lo olía.

Elspeth le puso la mano en la frente. Quemaba, pero no tanto.

—Duérmete —le dijo.

—Tú no duermes.

—Yo estoy velando a un enfermo. Es una obra de misericordia. Hoy llevo una y media.

No durmió. Echó ramas al fuego. Le cambió dos veces el paño mojado de la frente. Cada ruido de la noche era un jinete hasta que dejaba de serlo. Se le acabaron las oraciones y empezó otra vez por el principio.

Poco antes del alba, la frente de Niall se enfrió bajo su mano.

Abrió los ojos. Estaban limpios, grises, sin fiebre. La miró un rato largo, como si tuviera que acordarse de quién era.

Luego le miró la toca deshilachada. Y la cara. Y la capa parda del sargento muerto, doblada a sus pies.

—Tienes que cortarte el pelo —dijo—. Y yo tengo que parecer tu marido.