Capítulo 16. La cresta
Eran tres, y los tres sonreían.
Niall conocía esa sonrisa. La había visto en Castell Maubray en la cara de los sargentos que volvían de cobrar tributos: la sonrisa del hombre que ha encontrado dinero tirado en el camino.
Cascos de hierro. Cotas cortas. Espadas al cinto y lanzas cortas atravesadas en la silla.
Caballos pequeños y peludos, de monte, que no se asustaban de las piedras.
El del medio era pelirrojo y tenía una verruga en la nariz. Niall lo recordaba del patio de Castell Maubray. Se llamaba algo con «G». Todos se llamaban algo con «G» o algo con «R».
—El traidor —dijo el pelirrojo en francés, encantado—. Y la monja. Sir Hugues dijo que nadie en su juicio subiría por la cresta.
—Sir Hugues tenía razón —dijo Niall—. Nadie en su juicio.
Detrás de él, Elspeth se había quedado muy quieta. La oía respirar.
Niall miró la senda. Estrecha. Una pared de roca a la derecha, a la altura del hombro. A la izquierda, la caída: una ladera larguísima de piedra suelta que bajaba hasta perderse en una mancha de abedules muy abajo. Por allí no pasaban dos caballos juntos. Apenas uno.
En la mano tenía un palo de pino, largo, que había cortado en la cueva para apoyarse al subir. Nada más. Ni un cuchillo. Ni una piedra.
Se agachó despacio y cogió una piedra.
El pelirrojo se echó a reír.
—Diez marcos —dijo a los otros dos—. Diez marcos por un hombre con un palo.
—Y cinco por la monja —dijo el más joven, que estaba detrás.
—La monja, viva. Dijo que la quería viva.
Niall no preguntó quién. Echó el pie derecho atrás. Sin volverse, dijo en gaélico, en voz baja:
—Cuando empiece, apártate contra la roca. Y no mires.
—Siempre miro —dijo ella.
El pelirrojo espoleó al caballo.
Lo hizo con la seguridad de quien ha atropellado campesinos en caminos anchos.
Pero la senda no era ancha. El caballo avanzó al trote, con las orejas echadas atrás, y Niall esperó a tenerlo encima, tan cerca que olió el sudor del animal y vio el blanco de sus ojos.
Entonces le metió el palo de pino en la cara.
No al hombre. Al caballo.
El animal se alzó de manos con un chillido.
Las patas traseras buscaron suelo en el borde de la senda, y el borde era piedra suelta, y la piedra se fue.
El caballo se torció, pateó, encontró de milagro un saliente con los cascos delanteros y se aferró a la ladera como un gato.
El jinete no tuvo tanta suerte. Salió por encima del cuello, con los brazos abiertos, y se perdió por la ladera.
Niall oyó la caída mucho rato. Piedras. Un grito que se cortó. Más piedras. Luego nada.
El caballo consiguió volver a la senda por su cuenta, temblando, con las riendas colgando, y se quedó más allá, pegado a la roca.
Los otros dos ya no sonreían.
Desmontaron. Fue lo más sensato que hicieron en todo el día: a caballo, en aquella senda, estaban muertos.
A pie, eran dos espadas contra un palo. El joven se quedó atrás, sujetando los caballos, y el otro, un hombre ancho con una barba negra recortada, avanzó con la espada desnuda y el escudo pequeño por delante.
Niall retrocedió un paso. Dos. Sintió la roca a la derecha y a Elspeth en algún sitio detrás, demasiado cerca.
El de la barba atacó.
Niall paró el primer golpe con el palo y el palo aguantó. El segundo también. Al tercero, el pino se partió con un crujido seco, y Niall levantó el brazo izquierdo sin pensar, como se levanta el brazo para taparse la cara, y la espada le entró en el antebrazo.
No dolió. Fue un golpe caliente, como un puñetazo. Vio la manga abrirse. Vio el rojo. Pensó, con una claridad absurda: «La venda de la muñeca se va a manchar, y a ella no le va a gustar».
El de la barba levantó la espada otra vez.
Algo silbó junto a la oreja de Niall.
El hombre de la barba se paró. Así, sin más. Se quedó con la espada en alto y la boca abierta, mirando a Niall con una expresión de sorpresa ofendida, como si le hubieran hecho una trampa en un juego. Luego se le doblaron las rodillas y cayó de lado sobre la senda, con el casco torcido.
Una piedra del tamaño de un huevo rodó despacio desde su sien hasta el borde y se despeñó.
Niall se volvió.
Elspeth estaba de pie contra la roca, con la toca torcida, el pie de los trapos bien plantado y en la mano derecha el cinto de cuero del hábito, doblado en dos, todavía balanceándose. En la otra mano tenía otra piedra.
—No he mirado —dijo—. Casi nada.
No había tiempo. El joven había soltado los caballos y venía corriendo por la senda con la espada en la mano y la cara blanca de miedo, que era la cara más peligrosa que Niall conocía.
Niall tenía media estaca de pino en la mano derecha y la izquierda chorreando.
Se metió dentro del golpe antes de que el golpe llegara.
Le clavó el hombro en el pecho. Le agarró la muñeca de la espada con la mano sana y se la retorció, y siguió retorciendo hasta que los dedos del muchacho se abrieron.
La espada cayó entre los dos. Niall la pisó.
El muchacho lo miró a él, miró la espada, miró a su compañero tirado en la senda, miró a Elspeth con su segunda piedra. Luego echó a correr. Saltó sobre su caballo sin estribo, al tercer intento, y se fue senda abajo al galope, por donde habían venido, con el otro caballo detrás.
Niall recogió la espada.
Pesaba. Se había olvidado de lo que pesaba una espada.
—San Esteban murió a pedradas —dijo Elspeth detrás de él. Le temblaba la voz de una forma nueva—. Siempre me pareció el martirio más feo. Ahora ya sé por qué.
—¿Dónde has aprendido eso?
—En el huerto. Espantando cuervos de las coles. —Dejó caer la segunda piedra—. Nunca le había dado a uno.
El de la barba no estaba muerto. Respiraba ronco, con los ojos en blanco, y a los pocos momentos empezó a gemir y a mover las piernas.
Niall le quitó el cuchillo del cinto, tiró su espada ladera abajo y lo ató de pies y manos con su propio cinturón y las correas del escudo.
Le registró la bolsa: pan duro, queso, una cebolla. Los guardó.
El hombre abrió los ojos cuando Niall estaba terminando el último nudo. Tardó en reconocerlo. Cuando lo reconoció, escupió.
—Da igual —dijo, con la lengua pastosa—. Da igual lo que hagas. Sir Hugues ha mandado aviso a todas las aldeas de aquí al mar. Todas. Tu cara. La de ella. Diez y cinco. No hay un pastor en estos montes que no vaya a venderte por la mitad.
—Gracias por el consejo —dijo Niall—. Te dejo aquí para que tus amigos te encuentren. Si pasan por aquí los lobos antes, diles lo mismo.
Se incorporó. El mundo se inclinó un poco hacia la izquierda y volvió a su sitio.
El caballo del pelirrojo seguía pegado a la roca, veinte pasos más allá, con las riendas colgando y los ojos en blanco. Un caballo. Con un caballo, Elspeth no tendría que andar con un pie envuelto en trapos. Con un caballo, llegarían al oeste en la mitad de tiempo.
Niall fue hacia él despacio, con la mano sana tendida, hablándole bajo, en gaélico, como hablaba su padre a los potros.
—Niall —dijo Elspeth—. Tu brazo.
Se miró el brazo. La manga estaba empapada hasta el codo, y del codo caía un hilo rojo que dejaba un rastro de gotas en la piedra de la senda, una detrás de otra, muy ordenadas.
«Vaya», pensó.
Llegó al caballo. Alcanzó las riendas con la punta de los dedos. Tiró.
Lo siguiente que vio fue el cielo, gris, enorme, y la cara de Elspeth encima, y muy lejos, al otro lado del mundo, el ruido de unos cascos que se alejaban al galope por la cresta.