LA NOVICIA Y EL HIGHLANDER TRAIDOR (AMORES PROHIBIDOS DE LAS HIGHLANDS nº 1) Capítulo 15. Votos que no he pronunciado
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Capítulo 15. Votos que no he pronunciado

Elspeth se despertó con la cara caliente, y no era del fuego.

Tardó un momento en saber dónde estaba. Luego vio el techo de roca, y el altar con su hábito tendido encima como una penitente, y a San Nadie en el fondo con la calavera ladeada, y se acordó de todo de golpe. De todo. Se tapó la cara con el manto.

«Santa María Egipciaca pasó cuarenta y siete años en el desierto haciendo penitencia», pensó. «Y lo suyo fue mucho peor. Creo.»

—Buenos días —dijo Niall desde la boca de la cueva.

—No.

—Como quieras. Malos días, entonces. Hay que irse. Anoche oí un cuerno en el valle.

Eso la sacó del manto más deprisa que cualquier otra cosa.

Se vistió detrás del altar mientras él miraba hacia fuera. El hábito estaba seco y tieso y olía a humo de turba, que era mejor que oler a río. Se recogió el pelo con los dedos y se puso la toca. Con la toca se sintió un poco más ella misma. No mucho. Un poco.

Le devolvió la camisa doblada. Él la cogió sin mirarla. Ella no lo miró cogerla. Durante un rato los dos se dedicaron con mucha seriedad a apagar el fuego, a guardar el pedernal, a envolver el libro, a no mirarse, y en la cueva había tanto silencio que se oía a San Nadie no respirar.

Fue ella la que no pudo más.

—Lo de anoche...

—Fue culpa del ermitaño.

Elspeth levantó la cabeza.

—Está claro —dijo Niall, muy serio, atándose la camisa—.

Un hombre que lleva cien años sentado en una cueva sin compañía.

Lo despertamos. Le encendimos su fuego. Le tendimos un hábito de monja en el altar.

Hizo un milagro pequeño, por aburrimiento.

—Señaló la calavera con la barbilla—. Yo no me fiaría de él.

—Eso es blasfemia.

—Es teología. Tú lo canonizaste. Ahora carga con él.

Elspeth apretó los labios para no reírse y no lo consiguió del todo. Luego dejó de reírse, porque no era gracioso, y porque él también había dejado de sonreír y la estaba mirando.

—No he profesado —dijo ella—. Ya te lo dije.

—Me lo dijiste.

—Pero no sabes lo que quiere decir.

—Quiere decir que no has hecho los votos.

—Quiere decir que no he hecho los votos, y que toda mi vida está hecha para hacerlos.

—Se sentó en una piedra, con el libro en las rodillas—.

Una novicia es como una página preparada.

Raspada, pulida, pautada, con los márgenes marcados a punzón.

Todavía no tiene letra. Todavía se podría escribir en ella cualquier cosa.

Pero nadie prepara una página para no escribir en ella, ¿entiendes?

Nadie gasta la piel de un ternero para dejarla en blanco.

Niall se quedó pensando.

—Una página preparada se puede usar para otro libro —dijo.

—Eso se llama robar pergamino.

—Eso se llama aprovechar.

—En Santa Bríd se llama robar. La hermana Ide se pasó un año sin hablarme porque usé una hoja suya para una carta.

—¿Qué carta?

—No importa qué carta. —Se tocó la toca, que no necesitaba que la tocaran—.

Me dejaron en la puerta del priorato con un salterio envuelto en una manta.

Nadie vino a buscarme. Madre Ethna me enseñó a leer, a escribir, a moler el lapislázuli y a callarme a tiempo, y lo único que no me enseñó fue a qué otro sitio podía ir.

Porque no había otro sitio. No hay otro sitio para una mujer sin dote, sin nombre y con los dedos manchados de tinta.

—Lo miró—. Candelaria no era una promesa. Era la única puerta.

Niall no dijo nada. Se puso en cuclillas delante de ella, a un paso, sin tocarla.

—Anoche fuiste tú la que me besó —dijo.

—Ya lo sé. —La voz le salió más aguda de lo que quería—. Ya lo sé. Por eso estoy enfadada.

—¿Conmigo?

—Contigo sería más fácil.

Él asintió despacio, como si eso tuviera sentido. Luego se levantó y le tendió la mano para ayudarla a levantarse, y ella la cogió, y él la soltó enseguida, y eso fue peor que si no la hubiera soltado.

Antes de salir, Elspeth se arrodilló otra vez delante del ermitaño. Le dio las gracias por el fuego. Le prometió tres padrenuestros por cada ladrillo de turba, lo cual hacía un número de padrenuestros que no iba a cumplir en esta vida. Y le pidió perdón por lo del altar.

No le pidió perdón por lo otro. Se dio cuenta al levantarse, y decidió no pensar en ello.

Salieron a la mañana.

Había dejado de llover. El cielo estaba alto, gris claro, barrido por un viento del oeste que olía a nieve lejana.

Delante de la cueva, el valle del río se abría hacia abajo; detrás, la ladera subía, primero en piedras sueltas y matas de brezo, luego en roca desnuda, hasta una cresta larga y afilada como el lomo de un cuchillo.

—Por arriba —dijo Niall—. Tenías razón la otra vez. Te la doy otra vez, para que no te acostumbres.

Subieron.

Tardaron toda la mañana. Elspeth, con un pie envuelto en trapos y el otro en su único zapato, subía a cuatro patas los trechos malos, agarrándose al brezo, con el libro atado a la espalda.

Niall iba delante y a veces se volvía a darle la mano.

Ella la cogía cuando la necesitaba y cuando no la necesitaba también, y los dos fingían no darse cuenta de la diferencia.

Al llegar a lo alto, él se hizo a un lado para dejarla pasar.

Elspeth dio un paso más y se quedó quieta.

Nunca había estado tan arriba. Nunca, en veintisiete años.

El priorato estaba en el fondo de un valle, entre árboles, y el mundo de Elspeth había tenido siempre la forma de ese valle: un muro bajo, un río, un bosque, y más allá el cielo recortado por las copas de los pinos.

Había pintado cien veces el mundo en los márgenes de los libros.

Montes como montones de trigo, ríos como cintas azules, ciudades del tamaño de una uña. Nunca lo había visto.

Ahora lo veía.

Montes detrás de montes, grises, pardos, violetas, cada vez más pálidos, hasta que no se sabía dónde terminaba la tierra y empezaban las nubes.

Valles hondos con ríos que brillaban como plomo.

Lagos negros. Bosques que eran sombras. Al norte, en los picos más altos, un blanco reciente, limpio: la primera nieve.

Y el viento, que venía de todas partes a la vez y le metía el mundo entero por la nariz.

Se dio cuenta de que tenía la boca abierta. No la cerró.

—Es muy grande —dijo.

Niall estaba a su lado. No la miraba a ella; miraba lo mismo que ella, con los ojos entornados contra el viento.

—Es Escocia —dijo—. Aún te falta la mitad.

—¿Y todo esto está ahí siempre? ¿Aunque nadie lo mire?

—Eso dicen.

—Qué desperdicio.

Él se rio, bajito. Elspeth pensó que había sitios, entonces. Que había otros sitios. Miles. Y que ninguno la esperaba, pero que tampoco ninguno le había cerrado la puerta todavía.

Lo pensó y lo guardó, con cuidado, en algún sitio donde no hiciera daño.

Echaron a andar por el lomo de la cresta hacia el oeste.

El camino era una senda de ovejas entre rocas, estrecha, con una caída larga de piedras sueltas a la izquierda.

Iban despacio. A media ladera, donde la cresta se hundía un poco antes de volver a subir, la senda doblaba detrás de un peñasco grande.

Niall se paró en seco.

Elspeth chocó contra su espalda. Miró por encima de su hombro.

Al otro lado del peñasco, en mitad de la senda, cerrándola de lado a lado, había tres jinetes con el halcón negro bordado en el pecho.