LA NOVICIA Y EL HIGHLANDER TRAIDOR (AMORES PROHIBIDOS DE LAS HIGHLANDS nº 1) Capítulo 14. La cueva del ermitaño
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Capítulo 14. La cueva del ermitaño

La cueva olía a ceniza vieja y a murciélago, y al fondo había un hombre sentado.

Niall lo vio al levantar el tizón. Se detuvo con Elspeth sujeta del brazo y la mano libre buscando un cuchillo que no tenía. Luego acercó más la luz y soltó el aire.

El hombre llevaba muerto mucho tiempo. Tanto que ya no era un hombre, sino un orden de huesos pardos apoyados contra la roca, con las rodillas juntas y las manos en el regazo, y una calavera un poco ladeada hacia la entrada, como si hubiera oído llegar a alguien y se hubiera vuelto a mirar.

Le quedaban jirones de sayal en los hombros.

Junto a él, en el suelo, una escudilla de madera y una cruz de dos palos atados con tendón.

—Un ermitaño —dijo Niall.

Elspeth se soltó de su brazo. Estaba empapada, temblaba tanto que le sonaban los dientes, y aun así se acercó al muerto, se arrodilló delante de él, se santiguó y juntó las manos.

—¿Qué haces?

—Pedirle permiso.

—¿Para qué?

—Es su casa.

Niall abrió la boca. La cerró.

La cueva tenía más cosas del ermitaño. Una losa plana apoyada en dos piedras, con una cruz grabada a cuchillo: el altar.

Un hogar de piedras ennegrecidas bajo una grieta del techo por donde se iba el humo.

Y contra la pared, apilados con un orden de hombre solo y paciente, brezo seco, ramas de pino y turba cortada en ladrillos.

Llevaba allí años. Tal vez décadas. Estaba seco como un hueso. Más seco que el ermitaño.

—Te agradecemos la leña, padre —decía Elspeth a la calavera, en voz baja y rápida—. Te la devolveremos en oraciones. No sabemos tu nombre, así que te llamaremos San Nadie hasta que el obispo diga otra cosa. Amén.

—¿Ya lo has canonizado?

—Alguien tenía que hacerlo. Lleva aquí más que cualquier obispo.

Niall encendió el fuego con el pedernal de los carboneros.

El brezo prendió a la primera, con un chasquido alegre que sonó a milagro.

Metió pino. Metió turba. Al rato había llamas de verdad, altas, amarillas, y la cueva se llenó de sombras que bailaban sobre San Nadie y le daban un aire de estar divirtiéndose.

Elspeth se acercó al fuego tanto que Niall tuvo que tirarle del hábito para que no ardiera.

—Tienes que quitarte eso.

Ella lo miró.

—Está chorreando —dijo él—. Si duermes con eso puesto, mañana tendré que llamarte Santa Nadie y sentarte al lado de tu amigo.

Se quitó la camisa. Era lo único que llevaba que pudiera secarse pronto: lino viejo, fino, lleno de remiendos de la cárcel.

La escurrió en la boca de la cueva, la tendió sobre dos piedras junto a las llamas, y se quedó mirándola humear mientras el frío le mordía la espalda desnuda.

Cuando estuvo seca, o casi, se la tendió a Elspeth sin mirarla, y se sentó de espaldas al fuego, de cara a la entrada, con los brazos alrededor de las rodillas.

Oyó cómo se quitaba el hábito. El ruido de la lana mojada. Un silencio. Luego el roce del lino.

—Ya —dijo ella.

Niall se volvió.

Se había quitado también la toca. Era la primera vez que la veía sin ella.

Tenía el pelo castaño oscuro, largo, pegado a los hombros en mechones empapados, y sin la toca la cara parecía más pequeña y los ojos más grandes.

Llevaba su camisa, que le llegaba a las rodillas, y se había echado encima el manto húmedo, y estaba sentada con las piernas recogidas y el libro en el regazo. Por supuesto, el libro en el regazo.

Niall miró a otro sitio. Miró a San Nadie. San Nadie no lo ayudó.

Tendieron el hábito sobre la losa del altar, porque era la única piedra lisa. Elspeth pidió perdón al ermitaño por eso también.

Comieron lo que quedaba de las gachas de los carboneros, que Niall llevaba en un trapo y se habían convertido en una masa fría con sabor a río. Les supo a banquete.

—¿Sabes de qué vivían los ermitaños? —preguntó ella.

—De la leña de los demás, se ve.

—A San Pablo, el primer ermitaño, le llevaba el pan un cuervo. Todos los días. Medio pan. Y cuando fue a visitarlo San Antonio, el cuervo trajo uno entero.

—A mí los cuervos me traen otras cosas.

Ella levantó la vista. Él no añadió nada. No hacía falta. El moratón de su mejilla, a la luz del fuego, era una mancha oscura con forma de mano.

Estuvieron callados un rato. Afuera llovía. Dentro, el fuego crujía y el agua goteaba del hábito sobre el altar.

—¿Qué fue lo peor? —preguntó Elspeth—. De la celda.

Niall pensó en decir que el hambre. Era lo que se decía. O las ratas, o el frío, o la cadena, o el cubo. Tenía una lista de cosas peores que podía recitar como un salmo.

—Que no vino nadie —dijo.

Ella esperó.

—Dos meses. En Castell Maubray primero, luego en tu priorato.

Venían los sargentos, venía el arcediano, venía un fraile a preguntarme si quería confesarme, venía el Cuervo a mirarme desde la puerta.

—Echó un palo al fuego—. Glen Dubh está a tres días de Inverness.

Mi madre sabía dónde estaba. Mis hermanos sabían dónde estaba.

Mi hermana sabía dónde estaba. Y nadie de mi sangre vino a ver al traidor antes de que lo ahorcaran.

—Sonrió sin ganas—. Hacían bien. Es lo que se hace con los traidores. Yo habría hecho lo mismo.

—No es verdad.

—No. No es verdad. Pero es lo que me digo.

Elspeth dejó el libro en el suelo.

Fue lo que lo avisó, pensaría luego. Que dejara el libro. Se acercó por encima de las piedras del hogar, de rodillas, con el manto resbalándole de un hombro, y se quedó un momento delante de él, muy cerca, mirándolo como miraba una página antes de poner el oro. Luego lo besó.

Fue breve. Fue torpe. Le dio medio en la boca y medio en la barba, y tenía los labios fríos y sabía a humo y a gachas de carbonero, y Niall no se movió porque no se atrevía a moverse.

Ella se apartó de golpe, como si el fuego le hubiera saltado a la cara.

—No he profesado —dijo, muy deprisa—. Todavía. No hice los votos. Pero los iba a hacer en Candelaria. Los iba a hacer. —Se tapó la boca con la mano, luego la quitó—. Lo iba a hacer.

—Lo sé.

—No debería...

—Elspeth. —Él no se había movido—. Duerme.

Ella lo miró un momento más. Luego volvió a su lado del fuego, recogió el libro, se tumbó de espaldas a él con el manto hasta las orejas, y no dijo nada más.

Niall se quedó sentado donde estaba. Se tocó la boca con dos dedos, como un idiota. Luego bajó la mano.

San Nadie lo miraba desde el fondo con la calavera ladeada.

—No me mires así —le dijo Niall en voz muy baja—. Tú no tuviste que decidir nada. Te sentaste y esperaste a que se te cayera la carne.

El ermitaño no contestó. El fuego bajó. Elspeth respiró cada vez más despacio, y a la hora ya dormía, con un brazo sobre el libro y el pelo mojado extendido por la piedra como tinta derramada.

Niall veló.

Lo hacía sin decidirlo, como había velado en Castell Maubray durante años, durmiendo a ratos, con un oído en la puerta. Echaba turba. Miraba la boca de la cueva, un rectángulo de negro sobre negro. Escuchaba la lluvia.

Pasada la medianoche, la lluvia paró.

Y en el silencio que dejó, muy lejos, al otro lado del río, en algún punto del valle que habían dejado atrás, sonó un cuerno de caza.

Una nota larga. Luego otra, más corta.

Los hombres de Varenne se llamaban en la oscuridad.