LA NOVICIA Y EL HIGHLANDER TRAIDOR (AMORES PROHIBIDOS DE LAS HIGHLANDS nº 1) Capítulo 13. El vado
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Capítulo 13. El vado

El día de San Martín amaneció lloviendo, y a media mañana llegaron al río.

Elspeth lo oyó antes de verlo. Un ruido grande y sordo, como el de mucha gente hablando a la vez detrás de una pared.

Luego los abedules se abrieron y allí estaba: marrón, ancho como la nave de la iglesia del priorato, corriendo con prisa hacia algún sitio donde lo esperaban.

Arrastraba ramas. En el centro, una piedra grande hacía espuma.

—Esto es un vado —dijo Niall.

—¿Dónde?

—Debajo. En verano se cruza con el agua por las rodillas.

—Qué lástima que no sea verano.

Él se agachó en la orilla y metió la mano en el agua. La sacó enseguida. Miró río arriba, río abajo, y luego a ella, y Elspeth supo lo que iba a preguntar antes de que lo preguntara.

—¿Cuánto sabes nadar?

—Lo suficiente para hundirme despacio.

—Es más de lo que esperaba.

No había otro paso en dos leguas. Niall lo sabía, o decía saberlo; de niño había cruzado aquellas tierras con su padre, a comprar ganado. Río abajo, el valle y los jinetes. Río arriba, las gargantas. Y al otro lado, el oeste.

Tardaron dos horas en hacer la cuerda.

Juncos de la orilla, largos y duros, cortados con el raspador.

Niall trenzaba de tres en tres, con las manos vendadas, torpe.

Elspeth trenzaba de cuatro en cuatro, como se trenzan los cordeles para coser los cuadernillos de un libro, y al cabo de un rato él dejó de trenzar y se puso a cortar juncos para ella.

Llovía todo el rato. Tenía los dedos blancos y arrugados, y la cuerda crecía en el suelo como una culebra verde.

—¿Aguantará?

—Aguanta un salterio de trescientas hojas. —Apretó el último nudo—. Tú pesas menos que un salterio.

—Últimamente, seguro.

Niall arrastró hasta el agua un tronco de abedul caído, blanco y ligero, del largo de dos hombres. Ató un extremo de la cuerda a un aliso de la orilla y el otro a su propia cintura.

—Cruzo yo primero, con el tronco. Ato la cuerda al otro lado. Luego cruzas tú, agarrada a la cuerda, con el tronco bajo el brazo. Si te caes, no sueltes la cuerda. Si sueltas la cuerda, no sueltes el tronco. Si sueltas las dos cosas...

—Rezo.

—Rezas rápido.

Antes de que él entrara en el agua, Elspeth se sentó en una piedra, desenvolvió el libro, sacó la carta del barón del hábito y la devolvió a su sitio: al rebaje de la madera, bajo el cuero de la tapa trasera.

Apretó el cuero con el pulgar hasta que quedó liso.

Luego envolvió el libro en el paño, y el paño en su manto, y se ató el bulto a la espalda con el cordón del hábito, bien alto, entre los omóplatos.

Niall la miraba desde el agua, con el tronco sujeto.

—Si se moja la carta —dijo ella—, no hay barón que ahorcar.

—Si te mojas tú, no hay quien lo cuente.

—Lo contarías tú.

—Yo no sé encuadernar.

Entró en el río.

Elspeth lo vio ir. El agua le llegó a las rodillas, a la cintura, al pecho.

A la mitad, donde la corriente empujaba más, se tumbó sobre el tronco y pataleó, y el río lo llevó de lado diez pasos, veinte, y ella tuvo la cuerda en las manos y no supo si tirar o soltar.

No hizo ninguna de las dos cosas. Rezó a San Cristóbal, que era el que cruzaba ríos, y en mitad de la oración se acordó de que a San Cristóbal lo habían decapitado, y cambió a San Nicolás, que salvaba marineros.

Niall llegó a la otra orilla, se arrastró por el barro y se quedó un momento a cuatro patas, respirando. Luego se levantó, desató la cuerda de su cintura y la ató a un tronco caído, tensa, a la altura del pecho. Levantó un brazo.

Su turno.

El agua estaba tan fría que al principio no le dolió.

Le pareció otra cosa: un golpe, un grito sin ruido que le subió por las piernas hasta el estómago y le quitó el aire.

Se agarró a la cuerda. Dio un paso. Otro.

El hábito se llenó de agua y empezó a pesar como una losa, y la corriente le tiraba de las faldas hacia abajo, hacia el mar, hacia donde fuera que el río tuviera tanta prisa por llegar.

Llegó al centro.

Allí el fondo desapareció.

Sus pies buscaron piedra y no encontraron nada, y durante un instante estuvo colgada de la cuerda de juncos con el cuerpo entero tendido en la corriente como una bandera.

El tronco se le escapó de debajo del brazo.

Lo vio irse girando, blanco, río abajo. Tragó agua. Tosió. La cuerda le quemaba las palmas.

Y entonces sintió que el bulto de la espalda se hundía.

No lo pensó. Soltó la cuerda con una mano, se arrancó el cordón por encima de la cabeza y levantó el libro con el brazo estirado, lo más alto que pudo, por encima del agua, por encima de todo.

La otra mano resbaló.

El río la cogió como coge una hoja. Se hundió. Todo se volvió marrón, frío y ruidoso, y abajo no había nada, ni fondo ni cielo, solo empuje, y el brazo derecho seguía arriba, fuera, rígido, con el libro en la punta como una lámpara.

Algo la agarró del pelo, a través de la toca. Luego del hábito. Luego del brazo.

Salió.

Niall la arrastraba hacia la orilla con el agua por el pecho, de lado contra la corriente, sujetándose a la cuerda con una mano y a ella con la otra.

Le gritaba algo. Ella no lo oía. Solo oía el agua en las orejas y su propia tos, y veía el libro todavía en su mano, arriba, goteando por el paño, pero arriba.

La sacó al barro. Ella cayó de rodillas y vomitó río.

Él se dejó caer a su lado. Durante un rato ninguno de los dos pudo hablar.

—El libro —dijo ella al fin.

—El libro. —Niall tenía la cara blanca y los labios morados. Le temblaba la voz, y no era de frío—. ¿Te has vuelto loca? Primero te salvas tú. Luego salvas el libro. Primero tú. ¿No te lo enseñaron las monjas? ¿No hay un santo para eso?

Elspeth desenvolvió el paño con dedos que no le obedecían. El manto estaba empapado. El paño, húmedo. El cuero rojo de la tapa tenía gotas por encima. Pasó el pulgar por la tapa trasera. Liso. Seco por dentro.

Soltó el aire.

—Tú eres fácil de sustituir —dijo—. Este libro, no.

Niall la miró como se mira a alguien que acaba de decir una blasfemia en misa. Luego se tumbó de espaldas en el barro, bajo la lluvia, con los brazos abiertos.

—Hoy es San Martín —dijo Elspeth, castañeteando—. Deberías estar colgado.

—Me lo estoy tomando con calma.

—San Martín partió su capa en dos para darle la mitad a un mendigo.

—No tengo capa.

—La mía pesa lo que un ahogado. —Se abrazó las rodillas. No sentía los pies. No sentía la cara—. Qué santo más inútil para hoy.

Niall se rio. Fue una risa corta, ronca, que se le escapó sin permiso. Se levantó, la levantó a ella de los codos, y se quedó sujetándola porque las piernas no la sostenían.

—Tenemos que encontrar dónde hacer fuego —dijo—. Ya. O mañana no habrá quien ahorcar.

Echaron a andar, pegados, por la orilla de piedras, hacia donde el valle se estrechaba y la ladera se volvía roca gris. Elspeth iba contando los pasos para no pensar en el frío. Llegó a cuarenta y uno.

En el paso cuarenta y dos, Niall se paró.

En la pared de roca, medio oculta por un espino y una cortina de helechos muertos, se abría una boca negra, alta como un hombre, de la que salía un aire que, por primera vez en todo el día, no era frío.