LA NOVICIA Y EL HIGHLANDER TRAIDOR (AMORES PROHIBIDOS DE LAS HIGHLANDS nº 1) Capítulo 12. Lo que dice la cifra
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Capítulo 12. Lo que dice la cifra

Niall había negociado con clérigos del barón, con carceleros, con un sheriff borracho y con un obispo que no sabía que negociaba. Nunca con una novicia sentada sobre una carta.

—Es mi confesión —dijo—. La escribí yo.

—Y la encontré yo. —Elspeth no se movió—. Y el libro lo pinté yo. Tú tienes la cifra. Yo tengo la carta. Es un trato justo.

—Es un trato de mercader.

—Me crie entre monjas. Las monjas son las mejores mercaderes de Escocia. Pregúntale a cualquier molinero que le haya vendido harina a Madre Ethna.

Niall se rindió. Descubrió, al hacerlo, que no le costaba tanto como esperaba.

Ella sacó de dentro del hábito el cuadernillo de las cuatro hojas cosidas con hilo de lino crudo, con el cuidado con que otras mujeres desenvuelven a un niño, y se lo tendió. Él lo cogió con las dos manos. Las vendas de las muñecas estaban negras de barro.

La primera hoja ya se la había leído en voz alta, en latín, y había sido lo más parecido a desnudarse delante de alguien que había hecho en años. Pasó a la segunda.

Letras del revés. Palabras del revés. La cifra que habían inventado tres niños en un establo de Glen Dubh para que su madre no supiera quién había roto la jarra de miel. Niall la leía como leía el latín: sin pensar.

—Fiesta de San Miguel del año cincuenta y dos —leyó—.

Doce marcos al escribano del sheriff de Inverness, por perder un pleito.

Navidad del mismo año, treinta marcos al canónigo tesorero de Elgin, por un voto en el cabildo.

—Pasó el dedo por la línea—. Candelaria del cincuenta y tres, veinte al prior de una casa del sur que no nombro porque se murió en Cuaresma y Dios ya se ha encargado.

—¿Y tú cómo lo sabes todo?

—Porque yo escribía las cartas. El barón no sabe latín. Yo sí.

Siguió. Nombres, fechas, sumas. Un juez de la corte que había cobrado en caballos. Elspeth escuchaba con la barbilla sobre las rodillas y los ojos fijos en el fuego, y Niall tuvo la impresión de que lo estaba copiando todo por dentro, en limpio, con la letra más clara del priorato.

—San Juan del cincuenta y seis —leyó—. Cuarenta marcos, un anillo de oro y la promesa de hablar al rey de una mitra, a Thurstan, arcediano del obispo de Moray.

Elspeth se movió.

Fue muy poco. Soltó el palo con el que removía la turba, y el palo cayó en las brasas, y ella se quedó mirándolo arder sin recogerlo.

—Repítelo.

—Thurstan. Arcediano. Cuarenta marcos. —Niall levantó la vista—. El mismo que preside la indagación. El mismo que ha ordenado la horca para mañana. Por eso nadie me escuchaba en esa sala, hermana. El que tenía que escucharme ya estaba pagado.

Ella no dijo nada. Tenía la cara blanca bajo el moratón. Recogió el palo de las brasas, con la punta ya encendida, y lo dejó en el suelo con mucho cuidado, como si fuera frágil.

Niall la estuvo mirando un momento más de lo que habría sido educado. Luego volvió a la hoja. Había aprendido en Castell Maubray que las preguntas que uno no hace son las que más información traen, si se tiene paciencia.

—La última hoja —dijo— es la peor.

—¿Peor que un arcediano comprado?

—Peor. —Buscó la línea—. La garza dice que el laird irá a Strath Aird por la cañada del norte.

La garza dice que la esposa baja sola al agua.

La garza dice que el hermano mediano bebe.

—Cerró la boca. La abrió—. Hay alguien dentro de Dun Dorcha que le cuenta al barón lo que pasa en nuestra mesa.

Desde hace años. El barón lo llama «la garza».

Nunca he podido probar quién es. Nunca he tenido una carta suya en la mano.

Solo lo que el barón decía que la garza decía.

—¿Y tu hermano lo sabe?

—Mi hermano sabe que existe. —Niall dobló la hoja—.

Y los dos creemos saber quién es. Pero sin una carta suya en la mano no se acusa a un hombre que come en tu mesa.

A veces, además, conviene que la garza siga cantando, siempre que cante lo que tú quieres.

—Se guardó la hoja—. Por eso no te diré el nombre.

No es mío para decirlo. Y ahora, además, hay alguien que lee nuestra cifra como tú lees el salterio.

El fuego hizo un ruido pequeño. Elspeth se frotó los brazos.

—¿Por qué necesitas la carta, entonces? Con esto ya tienes nombres.

—Con esto tengo la palabra de un traidor. —Niall le devolvió el cuadernillo—. Un preso que escribe que es inocente y que todos los demás son culpables. En Castell Maubray, hermana, hay tres así en cada celda. Cualquier obispo lo tiraría al fuego antes de terminar la primera hoja.

—Y la carta sola...

—La carta sola es un sello y una orden a un tal «G.

» para que una mujer se reúna con su loch.

El barón diría que es falsa. O que hablaba de una criada que se escapó.

O de una barca. —Tendió la mano abierta por encima del fuego—.

Juntas, la carta dice que mi confesión no miente.

Y mi confesión dice qué quiere decir la carta.

Quién es «G.». Qué loch. Qué esposa. Una sin la otra no ahorca a nadie. Las dos juntas ahorcan a un barón.

Elspeth miró la mano abierta. Luego metió la suya en el hábito, sacó la carta doblada, caliente todavía de su piel, y se la dio.

—Un trato es un trato —dijo.

Niall la leyó despacio. La había robado del cofre del barón con los dedos temblando y la había leído cien veces a escondidas, deprisa, con un oído en la puerta.

Ahora la leyó sin prisa. Que la segunda esposa del laird se reúna con su loch antes de San Juan.

La letra del escribano normando, redonda y limpia.

Veinte marcos. Mairi, que se reía de todo y le había remendado la capa la última vez que estuvo en casa.

Dobló la carta. Se la devolvió.

Ella no la guardó. Sacó de la manga un cabo de vela de cera, del largo de un dedo.

—¿De dónde has sacado eso?

—Del scriptorium. No lo robé. El priorato tiene muchas.

Acercó el cabo a la brasa hasta que la cera se ablandó. La amasó entre los dedos manchados de tinta, soplando para no quemarse. Luego la apretó con cuidado contra el sello del halcón negro, la dejó un momento, y la despegó con la uña.

El halcón quedó en la cera. Las alas abiertas. La garra. Hasta la muesca pequeña de la garra izquierda, donde el sello del barón estaba mellado.

—¿Para qué es eso?

—Costumbre de copista. En Santa Bríd guardamos la impronta de todos los sellos que pasan por la casa. —Envolvió la cera en un trapo y se la metió en la manga—. Por si acaso.

—¿Por si acaso qué?

—Por si acaso.

Niall decidió que no quería saber qué hacía una priora con la impronta de todos los sellos que pasaban por su casa. Decidió también que Madre Ethna le habría caído bien.

—Dame las manos —dijo Elspeth.

Él se las dio. Ella deshizo las vendas sucias.

Debajo, las muñecas eran una pulsera de carne roja que empezaba a cerrarse por los bordes.

Las lavó con agua del regato, calentada en el hueco de una piedra, y les puso musgo nuevo y tiras nuevas del bajo de su camisa, que cada día era más corta.

Tenía las manos frías y rápidas. No lo miraba a la cara.

Miraba las heridas como miraba una página: buscando el error.

Niall sí la miraba a ella.

El moratón de la mejilla había pasado del morado al verde por los bordes. Le ocupaba medio pómulo. El Cuervo tenía la mano pesada; Niall lo sabía mejor que nadie.

—¿Te duele?

—Solo cuando me río. —Apretó el nudo de la venda—. Así que no.

—Mañana es San Martín.

—Ya lo sé. Tenías una cita.

—Tenía un verdugo. Uno de Inverness, que cobra por adelantado y no devuelve nada. —Movió los dedos dentro de las vendas—. Mañana va a ser el único hombre de Escocia que me eche de menos.

—Seguro que el barón le encuentra otro cliente.

—Eso me temo.

Ella se tumbó al otro lado del fuego, con el libro abrazado contra el pecho. Al rato respiraba despacio.

Niall echó más turba. Escuchó el regato y el viento en los pinos.

Llevaba dos meses contando los días. Primero en la pared de Castell Maubray, con una piedra. Luego en Santa Bríd, con los dedos. Siempre hacia el mismo día.

Mañana era San Martín. Y ya no tenía horca.

Lo cual, por primera vez en meses, lo dejaba sin planes.