LA NOVICIA Y EL HIGHLANDER TRAIDOR (AMORES PROHIBIDOS DE LAS HIGHLANDS nº 1) Capítulo 11. El precio de una monja
22%

Capítulo 11. El precio de una monja

La despertó una mano sobre la boca.

Elspeth abrió los ojos y vio el techo de la choza, negro de hollín, y encima de ella la cara de Niall, muy cerca, con un dedo en los labios. El fuego era un montón de brasas grises. Olía a gachas frías y a carbón mojado.

—No grites —le dijo al oído—. Y no preguntes. Levántate.

Le quitó la mano. Ella no gritó. Tampoco preguntó, aunque le costó más.

Se incorporó. Los niños dormían amontonados al fondo, cuatro cabezas negras de hollín bajo una sola manta. El jergón de Dughall estaba vacío. Seonag, sentada junto a la puerta, tenía los ojos muy abiertos. Por la cara, no había dormido en toda la noche.

Elspeth buscó el libro a tientas. Estaba donde lo había dejado, en su regazo, envuelto en el paño. Lo apretó contra el pecho y se puso los zapatos.

Niall ya estaba en la pared del fondo, apartando los tepes de turba de entre los troncos con las dos manos vendadas. Había hecho un agujero del tamaño de un perro. Por él entraba un aire gris que olía a lluvia.

Y a caballos.

Elspeth los oyó entonces. Cascos en el barro, lejos todavía, al otro lado del claro. Muchos.

—Dughall —dijo.

—Dughall —dijo Niall—. Por detrás. Agáchate.

Salió ella primero, a gatas, con el libro en una mano y el barro hasta las muñecas. Detrás de la choza, las carboneras humeaban bajo sus capas de tierra como tumbas recién tapadas. Llovía.

Echaron a correr hacia los árboles.

A mitad del claro, la puerta de la choza se abrió de golpe y Seonag salió al barro, descalza, con el pelo suelto.

—¡Lo siento! —gritó, y no les gritaba a los jinetes. Les gritaba a ellos—. ¡Lo siento! ¡Tengo cinco hijos!

Elspeth no se volvió. Oyó a los caballos entrar en el claro por el otro lado, y una voz que daba órdenes en francés, y a los niños llorar, y siguió corriendo.

El bosque los tragó. Pinos, abedules, helechos muertos del color del óxido. Niall iba delante, escogiendo el suelo sin mirarlo. Elspeth iba detrás, con el hábito recogido en un puño y el libro en el otro, y a los cien pasos el zapato izquierdo se le quedó clavado en el barro de una rodera.

Lo sintió irse. Frenó.

—¡Déjalo! —dijo Niall.

—Es mi zapato.

—Era.

Siguió corriendo con un pie calzado y otro no. El suelo del bosque estaba hecho de piñas, raíces y piedras puestas allí a propósito.

«San Andrés anduvo descalzo hasta Patras», pensó. «Y en Patras lo crucificaron. No sé por qué me consuela.»

Subieron una ladera. Arriba había un grupo de rocas grandes, cubiertas de musgo, con un hueco entre dos de ellas donde crecía un acebo.

Niall se metió en el hueco y tiró de ella.

Se quedaron allí, encajados, empapados, con el acebo pinchándoles la cara y el claro de los carboneros abajo, a tiro de piedra, visible entre los troncos.

Niall le puso una mano en el hombro. No para consolarla. Para que respirara más bajo.

Abajo había doce jinetes. Elspeth los contó dos veces. Dos perros grandes, de pecho ancho, sujetos por un hombre a pie, olían el agujero de la pared de la choza. Y en medio del claro, en un caballo castaño, un hombre rubio con cota de malla y la cabeza descubierta bajo la lluvia.

Lo había visto el día anterior, desde la turbera, entre los juncos. Lo reconoció por la nariz, que era como el pico de un ave de presa, y por la voz, que llegaba hasta las rocas sin esfuerzo.

—¿Por dónde?

Dughall estaba delante del caballo, con el gorro en las manos. Parecía más pequeño que la noche anterior, cuando había partido el pan con ellos.

—Por detrás, señor. Por el agujero. Hace nada. Estaban ahí, lo juro, los tenía dormidos...

—Los tenías dormidos y se han despertado.

—El hombre tiene oído de zorro, señor. —Dughall retorció el gorro—. Pero los he traído. Los tuve toda la noche. Eso cuenta. El pregonero dijo que...

—El pregonero dijo diez marcos por él y cinco por ella. —Varenne se inclinó en la silla—. Cuando estén atados en mi caballo. No cuando los hayas tenido.

Dughall abrió la boca y la volvió a cerrar.

Elspeth sintió que algo se le ponía muy recto dentro del pecho.

—Cinco marcos —susurró.

Niall no dijo nada.

—Cinco marcos. Una vaca buena vale más. A Nuestro Señor lo vendieron por treinta monedas. —Se apartó una hoja de acebo de la mejilla—. No sé si sentirme ofendida.

—Siéntete aliviada —murmuró él—. Si valieras diez, te buscarían el doble.

—Tú vales diez.

—Soy muy buscado. Es lo único que se me ha dado bien en la vida.

Abajo, Varenne se enderezó en la silla y señaló con el brazo.

—El arroyo. Van al valle. Todos van al valle. —Dio una voz a los hombres de los perros—. Seguid el agua hasta el río. Cuatro conmigo por la orilla. Los demás, por el camino de abajo.

Los jinetes se dividieron. Cuando pasaron junto a Seonag, ni siquiera la miraron. Dughall se quedó solo en medio del claro, con el gorro en la mano, bajo la lluvia.

Elspeth pensó que le habría gustado odiarlo más.

Esperaron a que el ruido de los cascos se perdiera ladera abajo. Luego Niall salió del hueco, miró hacia el valle y volvió a meterse.

—Bajan por el arroyo —dijo—. El valle se abre dos leguas más abajo. Hay un río. Si llegamos al río antes que ellos...

—No vamos a llegar antes que ellos.

—Tienen que ir despacio con los perros.

—Tienen caballos. Nosotros tenemos un zapato.

—Elspeth se puso de pie. Le temblaban las piernas y le dio igual—.

Él lo ha dicho: todos van al valle. Es lo que haría cualquiera.

Es lo que harías tú, y él te conoce. —Levantó la barbilla hacia arriba, hacia donde el bosque se aclaraba y se convertía en brezo y en piedra—. Vamos por arriba. Por la cresta.

—Por la cresta no hay agua para cortar el rastro.

—Por la cresta no hay nadie. Y desde arriba se ve el valle. Si nos siguen, los veremos venir. Si no nos siguen, los veremos irse.

Niall la miró. Tenía la cara de un hombre que hace una cuenta y no le sale el resultado que quería.

—Es más largo —dijo.

—San Andrés anduvo más.

—Sé quién es San Andrés. No me gusta cómo acaba.

—Crucificado en aspa. —Elspeth se ató el pie descalzo con una tira que arrancó del bajo del hábito—. Pero llegó.

Fueron por la cresta.

Tardaron toda la mañana en salir del bosque y buena parte de la tarde en recorrer el lomo pelado del monte, doblados contra el viento. Elspeth perdió la tira del pie dos veces. No se quejó. Tenía un pie en carne viva y una idea fija: que si se quejaba, él tendría razón.

A media tarde, Niall se paró en seco y se tumbó en el brezo. Ella se tumbó a su lado.

Abajo, muy abajo, el valle era una cinta verde oscura con un río plateado en medio.

Y por la orilla del río, pequeños como hormigas, subían y bajaban los jinetes.

Doce. Los dos perros iban delante, dando vueltas en la misma curva, perdidos, olfateando el agua.

En los vados. En los caminos. En todos los sitios donde habrían estado ellos si hubieran bajado al valle.

Niall los estuvo mirando mucho tiempo.

—Bien —dijo al fin.

Fue todo lo que dijo. Elspeth decidió que le bastaba, y lo guardó.

Al anochecer bajaron a una hondonada al otro lado de la cresta, con un regato, unos pinos torcidos y turba seca bajo un saliente de roca. Niall encendió fuego con el pedernal de los carboneros, que había cogido sin que nadie se lo diera. La turba no daba llamas; daba calor y un humo pardo.

Elspeth se quitó el zapato que le quedaba y se miró los pies. Luego dejó de mirárselos.

Niall se sentó al otro lado de las brasas y estuvo callado un rato. Luego habló.

—La carta del barón —dijo—. Dámela. Quiero leerla despacio.

Elspeth se llevó la mano al pecho, donde la carta, sacada otra vez de la tapa en la primera hondonada, llevaba desde entonces doblada contra su piel, bajo el hábito, caliente como una cosa viva.

—No.

—Elspeth.

—Te la daré cuando yo sepa qué pone tu cifra. Toda. Hoja por hoja. —Lo miró por encima del fuego—. Hasta entonces, la carta duerme conmigo.